El detenido líder del régimen venezolano, Nicolás Maduro, y su esposa Cilia Flores, fueron recluidos en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn (MDC Brooklyn, por sus siglas en inglés).
Allí permanecen, toda vez que es una prisión que tiene dentro de sí a personas que aguardan por sus procesos judiciales, sin importar el género.


El MDC Brooklyn está ubicado, sí, en Brooklyn, que a su vez está a unos 25 minutos en carro del mediático Time Square, en Manhattan. Se encuentra en un barrio conocido como Sunset Park y tiene la capacidad de albergar hasta 1.300 personas.
Con el paso de los años, abogados y defensores de los derechos humanos terminaron llamando coloquialmente a esta prisión como “el infierno en la Tierra”. Las razones son varias.
No cuenta con suficiente luz natural y varias veces sus reclusos se han quejado por la nula visión al exterior o las pocas posibilidades de recibir luz solar. Mallas y estructuras de seguridad agudizan aún más la estadía de los detenidos.
Se ha reportado la presencia de insectos, roedores, falta de calefacción en temporadas de invierno y poca salubridad. En algunas oportunidades se han registrado riñas entre internos, al parecer por la falta de personal vigilante en dicho lugar. En 2025, atendiendo varias quejas, el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció más pie de fuerza y mayor control dentro del penal.
La Oficina Federal de Prisiones (BOP, por sus siglas en inglés) la define como una cárcel para personas que aguardan por la resolución de sus procesos judiciales, así como para reclusos que estarán detenidos por poco tiempo, sin especificar a cuánto equivale dicho periodo.
“Las condiciones en el MDC son inaceptables e inhumanas”, dijo en 2019 la entonces fiscal general de Nueva York, Letitia James. En el año 2024 se reportó la muerte de un detenido tras ser agredido con arma blanca dentro del penal.

Estados Unidos ha detenido en esa prisión al narcotraficante Joaquín ‘el Chapo’ Guzmán, a Ismael ‘el Mayo’ Zambada, narcotraficante del Cartel de Sinaloa, y a Luigi Nicholas Mangione, ingeniero en sistemas computacionales estadounidense acusado de asesinar a Brian Thompson, director ejecutivo de United Healthcare.

También estuvo tres años preso allí el expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández, noticia del 3 de diciembre de 2025, cuando se conoció que fue perdonado por Donald Trump, presidente de Estados Unidos.

Hernández fue condenado a 45 años de cárcel, condena proferida en 2024, por haber ayudado a introducir cientos de toneladas de drogas a Estados Unidos en alianza con capos como el mexicano Joaquín ‘el Chapo’ Guzmán.

Poco después de dejar la Presidencia, fue extraditado en abril de 2022 por el gobierno de Xiomara Castro. Trump anunció el indulto en medio de sus intereses en las elecciones de ese país.

Ghislaine Maxwell, expareja del pedófilo Jeffrey Epstein, también pasó por ese penal, al igual que miembros de Al Qaeda detenidos por los atentados a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001. Es un penal que, por fuera, parece un edificio común.

“Soy un hombre decente”
Nicolás Maduro entró el lunes en una sala abarrotada de un tribunal federal de Nueva York con los hombros hacia atrás. Miró a la galería y saludó en español antes de declarar al juez: “Soy inocente”.
El depuesto presidente venezolano, vestido con una camisa oscura sobre el traje naranja de presidiario, aseguró que las fuerzas estadounidenses lo habían secuestrado y dijo ser un prisionero de guerra.

“Soy un hombre decente, sigo siendo el presidente de mi país”, afirmó Maduro en una audiencia de 30 minutos. “No soy culpable”, dijo sobre los cargos de tráfico de drogas y armas que enfrenta ante la justicia estadounidense.

Abogados, agentes y periodistas llenaron la sala revestida de madera y el suelo enmoquetado en azul de un tribunal de Manhattan.

Maduro parecía saber que los ojos y los oídos del mundo estaban puestos en él. Durante su comparecencia condenó la operación militar en la que fue capturado junto a su esposa por militares estadounidenses en Caracas.
El juez le interrumpió cuando contestó mucho más de lo que le había preguntado. “Estoy aquí secuestrado desde el sábado 3 de enero. Fui capturado en mi casa en Caracas”, afirmó Maduro, de 63 años.
El juez del caso, el nonagenario Alvin Hellerstein, interrumpió su perorata para explicarle que ya habría “momento y lugar” adecuados para dar su versión de lo sucedido.
Uno de los momentos más dramáticos se produjo al final de la vista, cuando un hombre del público le gritó que pagará por sus crímenes. “Soy un prisionero de guerra”, le respondió Maduro antes de ser conducido fuera de la sala.
El mandatario detenido habló solo en español y usó el traductor para atender las preguntas del juez, que recibía a su vez las respuestas traducidas al inglés por un intérprete.
Con lápiz y papel, Maduro tomó notas durante todo el proceso y rara vez levantó la vista de su escritorio.
Policía fuertemente armada
Su esposa, Cilia Flores, vestida con un atuendo similar y con el cabello rubio recogido, se sentó junto a Maduro con uno de los tres abogados de la pareja entre ellos. Dos alguaciles desarmados se situaron detrás de la pareja.

Una imagen que contrastaba con el exterior del juzgado, donde la policía condujo a la pareja en un auto blindado desde la prisión de Brooklyn hasta el tribunal de Manhattan. Allí la policía, fuertemente armada, había vallado el perímetro del edificio.
Decenas de manifestantes también se reunieron para celebrar y criticar la detención de Maduro. Hubo algún intercambio de pareceres entre los dos grupos, separados por las fuerzas del orden cuando subían de tono.
Un grupo, con banderas venezolanas y carteles con el lema “EE. UU., manos fuera de Venezuela”, coreaba: “Viva, viva Maduro”. A este grupo pertenecía Sydney Loving, de 31 años, que viajó desde Minneapolis para participar en la manifestación: “Decimos ‘no’ a la intervención de Estados Unidos. No nos beneficia”.
En el otro grupo, la alegría reinaba de ver, por fin, a Maduro detenido por Estados Unidos, daba igual cómo. “Hoy es mi cumpleaños y este es el mejor regalo que he recibido en toda mi vida”, dijo Ángel Montero, de 36 años, un venezolano residente en Estados Unidos. “Estoy muy feliz de que esto esté sucediendo hoy. Estoy feliz de que todos estén aquí apoyando la justicia”.










