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| 6/18/2018 10:30:00 AM

Iván Duque: ¿Títere con cabeza?

Los críticos de Iván Duque reconocen que es un hombre muy talentoso, pero dudan de su autonomía frente a Uribe. ¿Qué se puede esperar?

Dudas sobre independencia de Iván Duque con Álvaro Uribe Iván Duque: ¿Títere con cabeza?

Hace tres años prácticamente nadie en Colombia sabía quién era Iván Duque. Como senador se destacó, pero más entre sus colegas que a nivel de opinión pública, que no sigue la minucia del Congreso. Su hoja de vida es la más corta de candidato alguno en la historia reciente. Y, sin embargo, este domingo ganó la Presidencia de la República con la votación más alta registrada hasta ahora en el país.

Duque despegó en política por cuenta del respaldo de Álvaro Uribe. Pero de ahí en adelante estuvo a la altura de los retos. Y no fueron fáciles. Primero tuvo que derrotar a sus cuatro rivales del Centro Democrático. Luego a Marta Lucía Ramírez y a Alejandro Ordóñez en la consulta interpartidista y, posteriormente, a Germán Vargas, Sergio Fajardo y Humberto de la Calle en la primera vuelta. Y cerró esa trayectoria con broche de oro al superar por más de 2 millones de votos al fenómeno Petro.

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Como es evidente que nunca hubiera logrado ese milagro político sin la bendición del expresidente Uribe, sus críticos anticipan que en la Casa de Nariño acabará por ser el títere de su jefe. Es muy poco probable que eso suceda. El apoyo de Uribe no fue el único elemento en la ecuación del triunfo de Duque. Aún con ese respaldo no cualquiera hubiera coronado. Incluso Petro habría derrotado a algunos de los precandidatos del Centro Democrático. Para ganar, además de Uribe, se requerían otras condiciones: conocimiento, temple, equilibrio, sangre fría y sobre todo elegibilidad. Y Duque demostró que las tenía todas.

Escuche aquí el discurso de Iván Duque

El camino a la presidencia no estuvo sembrado de rosas. Le tocó sudarla. En las últimas dos semanas tuvo que enfrentar un tsunami antiuribista de la dimensión de la inesperada ola verde a favor de Petro. En ese corto lapso su ventaja bajó de 20 puntos en las encuestas a 12 en las elecciones. Esa tormenta sacudió el barco, pero al final llegó a buen puerto.

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La llegada de Duque a la Casa de Nariño está llena de contradicciones. Es el presidente del No apoyado por los partidos del Sí. Es la esperanza contra la corrupción que llegó en hombros de todo el clientelismo. Es la ilusión del cambio bajo la sombra del continuismo. Es la renovación elegida por los mismos. En resumen, es el hombre del futuro en manos del pasado.

Lo anterior significa que el nuevo presidente tendrá la difícil responsabilidad de sortear todas esas contradicciones y hacer el tránsito hacia una Colombia diferente. Ese proceso no se puede llevar a cabo siendo el títere de Álvaro Uribe. Nadie pasa como un grande a los libros de historia si su gobierno acaba siendo el de otro en cuerpo ajeno. Eso lo saben tanto Uribe como Duque y este último tendrá interés en demostrar lo contrario. El puesto de Duque en la historia dependerá de eso y todos los presidentes tienen como prioridad ese veredicto.

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Esto permite anticipar que Uribe será más consultado que obedecido. Uribe y Duque se cuidarán de pelear. No solo por el costo que tuvo para Santos, sino por el nivel de afecto y agradecimiento que existe entre ambos. Uribe y Santos tenían un matrimonio de conveniencia. En cambio el recién elegido y su mentor tienen uno por amor. En los próximos cuatro años podrá haber diferencias y discusiones, pero es difícil un divorcio.

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Paradójicamente, puede que el menor problema del nuevo presidente con el uribismo sea el propio Álvaro Uribe. Duque recibió tantos apoyos políticos que las deudas serán impagables. En términos generales, en Colombia entre ministerios, embajadas y otras entidades hay un poco más de 50 puestos cinco estrellas a los que aspiran alrededor de 1.000 personas. Y el Centro Democrático, después de ocho años en el asfalto, llega con un apetito voraz.

Puede ser más difícil para Duque satisfacer las expectativas burocráticas de figuras del Centro Democrático que las del expresidente Uribe. Eso para no mencionar a los aliados de peso que se le fueron sumando como Andrés Pastrana, César Gaviria, Germán Vargas, Marta Lucía Ramírez, Alejandro Ordóñez, Viviane Morales y otros.

De Duque se han dicho muchas cosas. Que elegirlo a él es elegir a Uribe, que no tiene experiencia, que va acabar con el proceso de paz, que su gobierno va a ser una dictadura que se tomará el control de las tres ramas del poder público, que no tendrá oposición, que se va a dedicar a defender a Uribe y perseguir a Santos, entre otras. Algunas son verdad y otras son mitos.

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La historia ha demostrado que en la Casa de Nariño el inquilino manda. Lo de la falta de experiencia es verdad, pero tiene matices. Antes de llegar al Congreso, Duque tuvo puestos secundarios, pero como senador brilló y como candidato se lució. Aunque nunca tuvo un cargo importante ni una responsabilidad administrativa, ha tenido una nutrida vida intelectual.

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La acusación de que el nuevo presidente no tendrá oposición es inexacta. Mayorías en el Congreso va a tener, pero la oposición de Petro va a ser del nivel de la de Uribe a Santos. En cuanto a la supuesta mano dura que quiere instaurar con la unificación de las cortes, esa decisión no depende exclusivamente de él. Para comenzar, la idea de la corte única no es absurda, pues existe en más de 100 países. Además, será casi imposible de implantar en Colombia, pues requiere una reforma constitucional, tiene demasiados enemigos, hay demasiadas instituciones en juego y el contexto político judicial del expresidente Uribe tampoco ayuda porque se puede leer como revanchismo uribista contra la justicia.

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El tema más álgido seguramente será el de las rectificaciones que Duque quiere hacerle al proceso de paz. La extradición de Santrich se da por hecho y va a cumplir esa promesa. Algunos de los temas son viables, pero otros van a resultar más difíciles. Medidas como la eliminación del narcotráfico como delito conexo son convenientes. Ese era un tratamiento de excepción que se requería para que las Farc pudieran participar en el proceso de paz, pero ya está superado.

Más compleja resulta la propuesta de Duque de que las cabezas condenadas de las Farc puedan hacer simultáneamente política o tener curul en el Congreso. Su planteamiento es que sean privados de la libertad y que no puedan hacer política hasta que hayan cumplido su condena. Eso es totalmente lógico y muy popular, pero implicaría el final del acuerdo. El mayor lunar de este y el sapo más grande que el país tuvo que tragarse es el hecho de que los cabecillas condenados por la JEP pudieran ser congresistas, alcaldes o gobernadores al mismo tiempo. Los negociadores del gobierno en La Habana trataron hasta último momento de bloquear este absurdo. Pero los de las Farc no cedieron con el argumento de que sí dejaban las armas para hacer política, y ningún movimiento puede hacerla sin jefes. Al final la Corte Constitucional determinó que será la JEP, caso a caso, la que determine si la sanción impuesta es incompatible con el ejercicio político. Duque insiste en que esa posibilidad debe quedar excluida de raiz. Tratar de reversar lo acordado podría producir un éxodo de exguerrilleros al monte, pues no van a aceptar un cambio en las reglas del juego, y el próximo presidente no querrá tener esa realidad.

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Hay otras promesas electorales sobre el tema de la paz, algunas de las cuales conseguirán consenso y otras no. Entre los colombianos reina el sentimiento de que ya elegido el nuevo gobierno, el país prefiere doblar esa página y mirar hacia adelante.

Y por último está el punto según el cual el nuevo presidente va a dedicarse a defender a Uribe y a perseguir a Santos. Lo primero puede ser verdad, lo segundo no. Según lo que él mismo ha declarado, no gobernará con espejo retrovisor. Él fue protegido de Santos antes que de Uribe, y a pesar del rompimiento y las diferencias con su antiguo jefe, lo respeta. Con Uribe la cosa es más delicada. El expresidente tiene enredos judiciales complicados y su prioridad actual no es tanto gobernar como solucionarlos y que lo dejen en paz. Duque y todos los uribistas consideran que el expresidente ha sido objeto de una persecución arbitraria e injusta. Para esos efectos, tener un presidente amigo ayuda, pero no define. En un país donde hay una relativa separación de poderes, el jefe de Estado no tiene capacidad de influencia frente a las decisiones de la corte.

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Por todo lo anterior resulta muy poco probable que un hombre del talante y la formación de Iván Duque acabe como marioneta de alguien. Todos los obstáculos que ha tenido que superar para llegar a la Casa de Nariño demuestran que tiene mucha cabeza como para ser un títere.

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