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| 8/1/2020 6:17:00 AM

Así fue mi vida con Tirofijo: habla la nueva vicepresidenta del Congreso

Sandra Ramírez le contó a SEMANA detalles de su relación con Manuel Marulanda. "De pronto dijo 'vieja, estoy muy mareado' y se desplomó en mis brazos", narró sobre su muerte.

La vida de Manuel Marulanda "Tirofijo": habla vicepresidenta del Congreso “Aunque no lo crean, aún siendo su viuda, yo no sé dónde están enterrados los restos de Manuel” Foto: Guillermo Torres / archivo
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*El audio de este artículo está hecho con inteligencia artificial.

SEMANA: A usted le cayó todo el mundo encima por decir que en las Farc no hubo reclutamiento de menores. ¿No cree que se le fue la mano negando una verdad tan evidente?

Sandra Ramírez: Es que en la guerra no hay una verdad única. Nosotros tenemos la nuestra, ustedes pueden tener la suya, los militares otra y las víctimas otra. La nuestra se basa en la realidad campesina, que es muy diferente a la que se conoce en las ciudades, y eso ha sido así siempre. No sé si ustedes saben que en la época de la independencia el segundo militar español más importante que combatía a Bolívar era el general Barreiro. ¿Saben quién lo capturó para que pudiera ser fusilado? Pedro Pascasio Martínez, quien tenía en ese momento 13 años.

SEMANA: Pero en esa época no existía el derecho internacional humanitario. Ustedes como grupo insurgente no tenían por qué respetar la normatividad colombiana, pero sí las reglas de la guerra.

S.R.: El derecho internacional considera menores de edad a los que tienen menos de 15 años. Pero no nos metamos en esa discusión.

SEMANA: Pero ustedes reclutaron muchas personas por debajo de los 15 años.

S.R.: Como les dije anteriormente, nosotros tenemos una verdad diferente y pensamos exponerla en forma sincera ante la JEP. Esa discusión debe darse en esa instancia y no en los medios.

SEMANA: Usted dice que su verdad se basa en una realidad campesina. Esa debe ser la que usted vivió.

S.R.: Comienzo por decirles que mis padres eran campesinos y nosotros éramos 18 hermanos. Imagínese lo que era pretender alimentar y educar a una tribu de ese tamaño con unos cultivos y unas vacas. Mi sueño era estudiar medicina, pero sin un peso era imposible. Con mucho esfuerzo apenas pude terminar la primaria.

“Eramos 18 hermanos y yo tenía 17 años cuando me fui al monte”

SEMANA: ¿Y entonces cómo llegó usted a las Farc?

S.R.: Un día mi mamá se enfermó gravemente y tocó llevarla a un hospital en Bucaramanga. Y yo a los 16 años era responsable por mis hermanos menores. En esas circunstancias llegaron unos guerrilleros de las Farc a preguntarnos cosas. Entablamos una relación, ellos se quedaron en la zona unos días y empezaron a ayudarme con las tareas del hogar. Me sorprendió que la que mandaba era una mujer y yo estaba acostumbrada a que las mujeres teníamos que obedecer. Pregunté qué necesitaba una mujer para ser comandante en las Farc y me explicaron que había igualdad con los hombres y que eso era posible. Eso me llevó a tomar la decisión de unirme a ellos.

SEMANA: ¿Y se fue ahí mismo?

S.R.: Ellos no me dejaron porque decían que yo tenía que responder por mis hermanos mientras llegaba mi mamá. Apenas llegó ella, sin explicar mucho porque mi papá no estaba de acuerdo, me fui al monte y me volví guerrillera.

SEMANA: ¿Cómo fue esa experiencia?

S.R.: Allá uno arranca como tropero raso. Las mujeres hacíamos lo mismo que los hombres. Cocinar, estudiar y defenderse ante los ataques.

SEMANA: ¿Y usted en alguna de esas defensas mató a alguien?

S.R.: En la guerra uno tiene que disparar para defenderse. Es la vida de uno o la vida del adversario. Participé en muchos combates y cumplí con mis obligaciones de guerrillera.

SEMANA: Pero también se sabe que hubo muchos fusilamientos en las Farc. ¿Qué había que hacer para que uno terminara ejecutado de esa forma?

S.R.: La justicia revolucionaria tenía sus reglamentos internos estrictos. La pena de muerte nunca se aplicaba por una decisión individual. Tenía una serie de instancias antes de llegar a una asamblea, que era la que tomaba la decisión final.

SEMANA: ¿Pero la última palabra no la tenía Tirofijo?

S.R.: No. La decisión tenía que ser colegiada y sopesada con mucho cuidado. La pena de muerte era una medida extrema que se aplicaba a delitos concretos como el asesinato, la delación o la violación.

SEMANA: Lo de la violación suena como un chiste. La JEP está estudiando más de 8.000 casos de abuso sexual. No nos diga que hubo 8.000 fusilados por eso...

S.R.: Hay muchos mitos propagados por la derecha reaccionaria en Colombia y cada una de las partes enfrentará sus versiones ante la JEP.

SEMANA: ¿Y qué dice usted de los secuestros? ¿Qué sentido tenía haber tenido prisioneros por diez años o más a personas inocentes en una especie de campos de concentración rodeados de alambres de púas?

S.R.: Esas retenciones tenían un propósito específico: lograr un intercambio humanitario. Queríamos presionar al Gobierno para que liberara a los miles de muchachos de nuestras filas que tenía en las cárceles, cuyo único delito era buscar una Colombia más justa.

SEMANA: ¿En qué momento las Farc entraron al negocio del narcotráfico?

S.R.: Las Farc nunca entraron en el sentido que usted está sugiriendo. Nosotros simplemente cobrábamos un impuesto de gramaje. Así como el Gobierno tenía un impuesto del 4 x 1.000 para financiar la guerra, nosotros teníamos un mecanismo que nos permitiera lo mismo. La guerra es carísima y nosotros competíamos contra el presupuesto del Estado.

SEMANA: Pero la versión del impuesto del gramaje es minimizar las cosas. Las Farc fueron parte integral del negocio. Incluso se llegó a decir que eran el cartel de la droga más grande del mundo.

S.R.: Nosotros no controlábamos las rutas. Tampoco controlábamos los puertos. Pero reconozco que así como el narcotráfico permeó a toda la sociedad, también permeó a las Farc.

SEMANA: ¿Usted cuándo conoció a Tirofijo?

S.R.: En los primeros cuatro años yo estaba en un campamento donde él no estaba. Allá la guerrilla me dio cursos de enfermería y un día me trasladaron al campamento donde estaba Manuel. Obviamente uno no tenía ningún contacto personal con él, pues una cosa es el jefe y otra la tropa. Pero un día tuvo un accidente y se lesionó una costilla, y como yo era enfermera me llevaron para atenderlo. Hubo una atracción y de ahí en adelante nos convertimos en pareja y duramos 24 años.

SEMANA: ¿Y eran una pareja monógama? ¿O él podía tener otras compañeras durante ese tiempo?

S.R.: El respeto era la base de nuestra relación. Él tenía ese concepto en todos los aspectos de su vida, incluyendo en su relación conmigo. Ese principio se respetó hasta su muerte.

SEMANA: Si usted llevaba unos cuatro años en la guerrilla, él seguramente no fue su primera pareja.

S.R.: No. Yo había tenido un compañero antes con el cual tuve un hijo que llegó a estar conmigo unos años en las filas. Hoy él tiene su propio hogar en Bucaramanga y allá tengo mis nietos.

“No se puede combinar la maternidad con la guerra. Imagínese en medio de un bombardeo uno corriendo con un bebé”

SEMANA: ¿Por qué nunca tuvo hijos con Marulanda?

S.R.: Porque para esa época ya habían cambiado los reglamentos internos de las Farc y estaba prohibido. No se puede combinar la maternidad con la guerra. Imagínese en medio de un bombardeo uno corriendo con un bebé. No tener hijos es uno de los costos con los que teníamos que cargar las mujeres en las Farc. Tomábamos anticonceptivos y aceptábamos esa realidad.

SEMANA: ¿Cuántos hijos tuvo Marulanda antes de conocerla a usted?

S.R.: En el último conteo eran 13. Con una pareja que tuvo al inicio de la guerra tuvo ocho. Luego, con otra compañera tuvo cinco. Y después, en una relación con otra muchacha tuvo otro. Como murió uno, quedaron 13.

SEMANA: ¿Y cuántos de esos fueron guerrilleros?

S.R.: Por ahí cinco.

SEMANA: ¿Y él tuvo una relación cercana y familiar con esos hijos?

S.R.: En la guerra eso es muy difícil. Todos los que tuvimos hijos fuimos menos cercanos a ellos de lo que hubiéramos querido. Uno lo que quiere es protegerlos y eso requiere que estén lejos. A Manuel le tocaba cambiarles el nombre para que nunca pudieran identificarlos.

SEMANA: ¿Cuál fue su momento más duro en la guerra?

S.R.: Fueron tantos que no quiero ni acordarme. Contra un bombardeo aéreo no hay defensa que valga. Y de esos hubo muchos. Lo más doloroso era ver muchachos destrozados por esas bombas y no poder ayudar a los heridos. Tocaba escaparse como fuera, pues esos aviones Supertucano a veces duraban más de una hora encima del campamento soltando bombas.

SEMANA: ¿Cómo fue la muerte de Tirofijo?

S.R.: Él estaba enfermo y creímos que era una gastritis. Pero resultó que era el corazón y le dio un infarto. Estábamos comenzando a ver el noticiero de Noticias Uno y de pronto dijo “vieja, estoy muy mareado” y ahí mismo se desplomó.

SEMANA: ¿Y estaban solos?

S.R.: No. Éramos un grupo de 48 y yo empecé a gritar para que llegara alguien, pero ya era demasiado tarde.

SEMANA: ¿Dónde está enterrado Marulanda?

S.R.: La verdad no sé. Nosotros le hicimos una tumba en el campamento donde murió, pero luego fui trasladada a otro campamento. Después me enteré de que habían movido su cuerpo de lugar, pero no sé a dónde.

SEMANA: Eso no suena muy creíble. Si alguien tiene que saber en dónde está enterrado el jefe de las Farc es su viuda. ¿No será más bien que usted no quiere contar en dónde está?

S.R.: En la guerrilla las distancias son grandes y las comunicaciones son difíciles. Una vez que uno cambia de campamento pierde el contacto con los compañeros que dejó. Yo, la verdad, no sé dónde están los restos de Manuel.

SEMANA: Se dice que Tirofijo nunca conoció una ciudad más grande que Neiva. En toda su vida nunca fue a Bogotá, ni a Medellín, ni a Cali. ¿Eso es verdad?

S.R.: La vida de él fue el monte. Él nunca conoció Bogotá. Fuera de ser campesino, el único cargo que tuvo en la vida fue inspector de carreteras cuando vivía en Marquetalia. No tengo claro si eso fue bajo el Gobierno de Rojas Pinilla o el de Alberto Lleras. En todo caso, apenas bombardearon Marquetalia, fundó las Farc.

SEMANA: ¿Cuántos fueron los fundadores en ese momento?

S.R.: Cuarenta y ocho, fueron 46 hombres y dos mujeres. Así arrancó toda esta aventura.

“En las Farc teníamos menos guerrilleros en armas de lo que se creía. Máximo fuimos 12.000 o 13.000”

SEMANA: ¿Cuántos guerrilleros tenía las Farc en el punto de mayor poderío militar?

S.R.: Pues fíjese que no éramos tantos como se decía. Yo creo que llegamos a tener unos 12.000 o 13.000 hombres en armas en algún momento. Pero no más.

SEMANA: ¿De los presidentes colombianos cuál era el que Marulanda admiraba más?

S.R.: Yo creo que a Belisario. Él fue el primero que de verdad creyó en las posibilidades de la paz en Colombia, pero le faltaron pantalones para llevar a buen término su iniciativa. Aun así, se la jugó a fondo por la reconciliación, y aunque fracasó, tuvo el valor de intentarlo.

SEMANA: Las Farc tienen la reputación de haber utilizado los procesos de paz de Belisario Betancur y de Andrés Pastrana para fortalecerse militarmente. En otras palabras, que voluntad de paz realmente no había, sino una estrategia para ganar ventajas en la guerra.

S.R.: Eso no es verdad. Manuel, cada vez que aceptaba participar en una mesa de negociación, lo hacía con la intención de llegar a la paz del país. Obviamente siempre había muchos obstáculos por superar y el camino no era fácil. En los casos de Betancur y de Pastrana, en una de esas circunstancias difíciles se rompieron los diálogos.

SEMANA: En el caso del Caguán no se vio la intención de paz tan clara como la describe usted. Los 40.000 kilómetros cuadrados de la zona de distensión fueron utilizados para cometer delitos, fortalecerse militarmente y crear nuevos frentes.

S.R.: El que utilizó el proceso de paz para fortalecerse militarmente fue el gobierno de Andrés Pastrana. Mientras se hacía el que buscaba la paz con nosotros, montó el Plan Colombia, trajo a los gringos y compró los aviones bombarderos. ¿Eso sí les parece voluntad de paz?

SEMANA: Eso era un plan B por si los diálogos fracasaban, como efectivamente sucedió. Pero el presidente Pastrana, bien o mal, sí estaba jugado por la paz.

S.R.: Pues nosotros también teníamos nuestro plan B. Lo que ustedes llaman fortalecimiento militar y nuevos frentes, era simétrico con el Plan Colombia y los gringos. Simplemente una alternativa por si teníamos que volver a la guerra, como sucedió.

SEMANA: ¿Para usted por qué fracasó el proceso de paz de Pastrana?

S.R.: Para nosotros, nunca fue claro que él fuera sincero en ese propósito. Pero aceptando que lo fuera, se trataría solamente de buenas intenciones sin una hoja de ruta para volverlas realidad. Un proceso de paz requiere hacer un tejido de confianza, requiere una agenda detallada, mecanismos de negociación y acompañamiento internacional. Eso lo tuvo Santos, pero no lo tuvo Pastrana. Él creía que una foto de él con Manuel era la paz.

SEMANA: Lo que más daño le hizo al proceso de paz de Juan Manuel Santos fueron los negocios de droga de Santrich y la volada con Iván Márquez. Ya hay evidencia de que lo del narcotráfico no fue un montaje, como pretenden algunos de las Farc. No solo estaba metido Santrich, sino el sobrino de Márquez. ¿Usted es de quienes niegan esa realidad?

S.R.: Nada me ha dolido más a mí que la decisión que ellos tomaron. Estaban en manos de la justicia colombiana y debieron haber asumido sus responsabilidades. Sus procesos estaban en la Fiscalía y en la Corte Suprema, y esas son instituciones que, después de la firma del acuerdo de paz, ellos se habían comprometido a respetar. Yo no voy a defenderlos. Ellos sabrán lo que hicieron y sabrán por qué se fueron.

SEMANA: ¿Cuál diría usted que fue el error más grande que cometieron las Farc en medio siglo de guerra?

S.R.: Nosotros cometimos muchos errores. Por ejemplo en lo que tiene que ver con las retenciones. En la guerra todas las partes se equivocan. No tiene sentido negarlo.

SEMANA: ¿Qué fue más difícil para usted, ser guerrillera en el monte o ser senadora en Bogotá? ¿Cómo es su vida hoy?

S.R.: Vivo con mi pareja y con una compañera que llevaba muchos años con nosotros en la guerrilla. Yo llegué aquí hace solo cuatro años y me he ido adaptando a esta nueva vida. No ha sido del todo fácil. De mi experiencia en el Senado diría yo que es una prueba de que el proceso de paz era necesario. Todo se puede arreglar con el diálogo. El país llegó a un punto en que no aguantaba más la guerra y esta tenía que terminar.

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