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Claudia Morales pide ayudar tras el terremoto: “Si estamos vivos, tenemos que honrar la vida sirviendo a los demás”

Desde su casa en Circasia, la periodista relata cómo vivió el terremoto en el Eje Cafetero y cómo transformó su angustia en una cruzada por los damnificados.

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13 de agosto de 2026 a las 10:10 a. m.
"Siento que los que estamos vivos, estamos vivos de milagro": Claudia Morales .
"Siento que los que estamos vivos, estamos vivos de milagro": Claudia Morales . Foto: SEMANA

SEMANA: Usted se ha convertido en un canal fundamental para visibilizar esta tragedia y articular las ayudas en el Eje Cafetero. ¿Cómo vivió los momentos del terremoto?

Claudia Morales (C.M.): Yo estaba con mi hija acá en la casa. Nosotras vivimos en Circasia, en el departamento del Quindío, en una vereda rural. Estábamos acá las dos; ella estaba durmiendo y yo estaba desayunando. Acá estamos muy habituados a los temblores. Es muy común que tiemble todo el tiempo, y cuando estás en el campo sientes el rugido de la tierra y ves que los vientos se aceleran. Casi siempre pasa un temblor y uno sigue comiendo, leyendo o durmiendo, y no pasa nada. Pero en este caso fue distinto, porque empezaron a llegar unos vientos muy fuertes y la tierra empezó a rugir muy duro.

Terremoto Pereira  Risaralda  13 agosto 2026
Pereira, entre el toque de queda, sin energía eléctrica en algunos sectores, escombros y caos tras 72 horas de ocurrido el terremoto

Con el primer cimbronazo que sentí, dije: ‘Esto no es normal’. Me levanté de la mesa, le grité a mi hija que se levantara; ella bajó y salimos al jardín. Nos agarrábamos de las manos para no caernos, porque realmente pensamos que la tierra se iba a abrir y nos iba a tragar. Toda la casa sonaba, oímos cómo se quebraban y caían las cosas y dijimos: ‘Bueno, esto ya fue’. La gente alrededor gritaba desesperada. Era muy impresionante, porque un terremoto de esta escala —que incluso fue mayor que el del 99 que destruyó Armenia— solo se puede describir cuando se vive. Siento que los que estamos vivos, estamos vivos de milagro. Eso fue lo que pasó.

SEMANA: Una vez pasa el terremoto, ¿cómo se viven esos primeros momentos?

C.M.: Entramos rápidamente a la casa y por dentro quedó en cierto sentido destruida: se cayeron los cuadros, se rompieron las cosas de cristal, los vasos, las refractarias, y los cajones y escritorios terminaron en el piso. Sin embargo, esa es una descripción menor, entendiendo que lo importante es que la casa estructuralmente quedó bien y habitable. Lo material se arregla o se desecha, pero tener un techo entero para refugiarse y descansar fue lo más relevante.

Tenemos unos gatos, así que estábamos muy asustadas por las mascotas, pues ellos sienten esto con mayor intensidad. Salimos rápidamente a ver cómo estaba la gente del condominio y a nuestro alrededor, recorriendo casas para ver a quién podíamos asistir. De ahí en adelante perdimos la comunicación; se fue la luz y el agua. Fue intentar ver cómo nos apoyábamos entre todos. Inmediatamente ofrecí mi casa como refugio. Me buscaron de la dirección del Invima para contarme que unas familias trabajadoras en el Quindío se habían quedado sin casa, y les dije que sí podía recibirlas.

En el transcurso del día, hasta que recuperamos comunicación, pudimos contactar a amigos y familiares que estaban preocupados. Yo estaba muy asustada por Pereira, porque trabajo allá. Mi gente amada del sector cultural y mis colegas sufrieron una devastación espantosa. El edificio de la Cámara de Comercio donde trabajamos no se puede usar por daños estructurales graves. Empecé a buscar señales de vida de todos; afortunadamente, al día siguiente pude confirmar que todos están vivos y bien, aunque con pérdidas.

SEMANA: ¿En qué momento se vuelve usted un punto de referencia tan importante para las ayudas y pone su voz y trayectoria al servicio de en momento tan difícil?

C.M.: La verdad, cuando pasó el momento de crisis, lo único que pensé fue: ‘¿Cómo puedo ayudar?’. Estamos rodeados de demasiado dolor y la tragedia no da tregua. A media tarde del lunes, cuando volvió la comunicación, empecé a decirle a la gente que quien necesitara refugio podía usar mi casa, y quien quisiera usar mi cuenta bancaria para destinar recursos, yo me encargaría de identificar necesidades básicas inmediatas para comprar y gestionar lo que se pudiera. Fue instintivo. Si estamos vivas, es porque tenemos que honrar la vida sirviendo a los demás.

SEMANA: ¿Y cómo ha sido la respuesta de las personas que se han articulado a su alrededor?

C.M.: Gente conocida y desconocida me ha buscado. Puse un mensaje en X ofreciendo refugio y así me contactó la gente del Invima. Luego, de forma privada, me escribían preguntando cómo donar dinero. Les dije que si preferían, les compartía la información oficial de la gobernación y alcaldías; pero si querían donar a mi cuenta, yo iría detectando focos de atención con reportes y evidencias de todo lo gastado.

Los malos hacen mucho ruido y a veces en los medios se genera la sensación de que son más, pero yo creo que no.

Mucha gente prefirió confiar en mí y han mandado desde 50.000 pesos hasta un millón. Todo ese recurso lo estoy canalizando para ayudar a una familia amiga que tiene un hotelito campestre entre Montenegro y Quimbaya. El hotel quedó semidestruido y las familias que trabajan allí lo perdieron todo. Ahorita voy a ir al centro a comprar tejas, materiales, pintura, plásticos, comida no perecedera, ropa y colchones para llevarles. Creo que es más útil concentrarse en un foco específico para cubrirlo bien y luego pasar a otro. Con los días se empiezan a ver otros sectores invisibilizados, como las familias cafeteras que también lo perdieron todo.

SEMANA: Usted escribió en un trino en el que asegura que le sorprende la bondad de tantos colombianos. Es una reflexión muy positiva, en medio de tanto dolor.

C.M.: Yo tengo por principio concentrar la mirada en la bondad de la gente. Eso me ayuda a sostener mi convicción de que lo único que realmente sirve en este mundo es servir a los demás. Los malos hacen mucho ruido y a veces en los medios se genera la sensación de que son más, pero yo creo que no. Por eso en mi trabajo y en mis columnas de El Espectador busco historias de gente luminosa. En situaciones de desastre, la bondad surge y se vuelve protagonista, como debería serlo siempre. Me conmueve profundamente la gente que confía en mí sin conocerme. Ponerme al servicio de los demás es mi forma de honrar esa confianza, y solo tengo razones para estar agradecida.