Se celebró una lánguida reunión de ministros de Relaciones Exteriores de la OEA para analizar la situación de Nicaragua. Se aprobó una resolución en la que se le exige adoptar una serie de medidas, entre otras la de suspender el estado policial establecido en el país, así como la celebración de elecciones libres.
Para entablar el diálogo con las autoridades nicaragüenses, se constituyó un grupo ministerial de seguimiento. Nicaragua rechazó la resolución y reiteró su desvinculación de la Organización.
Habrá que esperar cuál será la decisión de los cancilleres después de que se cumpla la tarea del Grupo de Seguimiento.
Sin embargo, seguramente nada significativo sucederá. Es muy dudoso que se vaya a repetir la decisión de los países de suspender sus relaciones económicas y diplomáticas con Managua, como sucedió con Cuba después de su expulsión de la OEA en 1962 o contra el régimen Trujillo, dictador de la República Dominicana en 1960.
La estrategia de Ortega y sus aúlicos fue la de aparecer ante el mundo como un país débil y pacífico, regentado por una revolución victoriosa apoyada no solo por Cuba, la Unión Soviética y los países de la Cortina de Hierro, sino por muchos Estados del continente.
No obstante que Nicaragua era uno de los países mejor armados de la región y que amenazaba a todos sus vecinos. A Costa Rica, que carece de ejército, con una emigración desaforada que Ortega calificó como “su Quinta Columna” y con eventuales acciones armadas si su Asamblea Nacional aprobaba un tratado de delimitación marítima concertado con Colombia. La Asamblea, temerosa, se abstuvo de impartirle su aprobación. Luego trató de cercenarle a los ticos una enorme porción de territorio desviando el río San Juan, que es la frontera entre los dos países.
Igualmente, prevalido de su Fuerza Militar, inició una invasión a Honduras cuando el Congreso de ese país, después de varios años, se atrevió a aprobar el tratado de delimitación marítima que había firmado con Colombia. Ante la grave situación, la OEA envió al secretario general alterno, Luigi Enaudi, de Estados Unidos, para tratar de evitar la confrontación armada.
En 1980, colocándose como David frente a Goliat, en una reunión del cuerpo diplomático acreditado en Managua, públicamente negó los títulos de Colombia sobre el archipiélago de San Andrés y afirmó que este le pertenecía.
Los Estados Unidos, siendo presidente Jimmy Carter, discretamente apoyaron a Ortega para congraciarse con el sandinismo. No obstante que Washington tenía un tratado firmado con Colombia desde 1972 sobre los cayos de Roncador, Quitasueño y Serrana, pendiente de la aprobación del congreso estadounidense y, además, que, en el tratado de 1928 entre Nicaragua y Colombia, que el jefe de la revolución rechazó, se había expresado que había entre Estados Unidos y Colombia un litigio por aquellos.
Como van las cosas, la dinastía de Ortega y su esposa continuará indefinidamente en el poder. De buenas dirá Nicaragua que, a pesar de estar tan lejos de la democracia, ha estado muy cerca de Estados Unidos.
A menos que Trump y Marco Rubio piensen otra cosa…
