Daniel Quintero se parece cada día más a Gustavo Petro. Así asegure con contundencia que el candidato de la Colombia Humana no es su jefe, es evidente que sus discursos cada vez son más similares y denotan un hilo común en la riesgosa retórica antiempresa.
Durante la semana, el alcalde de Medellín se defendió de la determinación de la Registraduría de dar luz verde a su revocatoria. En diferentes medios, empezando por esta revista, la emprendió contra el empresariado antioqueño diciendo que detrás de la iniciativa para sacarlo de su puesto hay un grupo de interesados en perpetuar la corrupción. Una confabulación.
En esta publicación dijo: “Aquí lo que había era unos carteles, unas mafias donde sumaban el GEA, el uribismo, el fajardismo y todos tenían que hacerse pasito”. Y sobre el Grupo Empresarial Antioqueño agregó: “El GEA es un grupo de personas, no de empresas, que se tomó de forma hostil unas compañías a través de un modelo cruzado de acciones, que además es irregular y prohibido en el mundo entero, incluido Colombia, que lo que hace es quitarles el poder a los accionistas”. Graves señalamientos. Tendrá que comprobarlo y ahora, parece, ante los estrados judiciales.
En entrevista con La FM, el alcalde llegó al punto de decir que “un sicario nunca dejará de ser sicario”, cuando se le recordó que el problema de Hidroituango denunciado por su parte había sido resuelto por la Contraloría y pagado por las aseguradoras. Y que el caso de una supuesta cartelización en Estados Unidos por parte de una subsidiaria de Argos, usado por el jefe de la ciudad como ejemplo de corrupción en el GEA, había sido arreglado con las autoridades locales.
Aunque Quintero tenga razones para estar molesto con el empresariado antioqueño, que sistemáticamente le ha negado su respaldo y lo ve como un agente externo, sus exageraciones y generalizaciones lo llevan a ser un espejo de la estrategia antiempresarial que profesa Gustavo Petro.
Si bien es la estrategia política más efectiva en este mundo poscovid, se trata de un discurso que genera división, resentimiento, inestabilidad y polarización. Es un juego peligroso.
Siempre ha sido popular atacar a las élites. Los iconoclastas, por definición, son más populares que aquellos que ejercen el poder. Todos creemos en que David debía ser quien derrotara a Goliat. Es lo que nos mantiene vivos, es lo que nos genera esperanza, lo que nos reivindica. Pero una cosa es buscar réditos políticos y otra muy diferente es apalancarse en una guerra contra los que generan trabajo en el país. Es una estrategia que promueve la destrucción de valor.
Quintero debe ser cuidadoso de disparar acusaciones infundadas con el único objetivo de salvarse y mantenerse en el poder. Su administración no se ha caracterizado precisamente por ser una de las de mejor desempeño, y sí por ser una que a nivel nacional se mantiene en el radar de todos por los escándalos que genera. Tal vez esa sea una de las razones por las cuales buena parte de la gente en su ciudad está dispuesta a revocarlo. Es posible que los medellinenses noten que está más preocupado por su potencial imagen de presidenciable que por solucionar los problemas de la esquina.
En su más reciente estudio sobre la región, Latinobarómetro define esta década como una en la que todo está dado para que los populistas lleguen al poder. Hoy más que nunca, dice, el camino está listo para que el discurso antiélites gane adeptos y conquiste el poder político local: “La izquierda, otrora revolucionaria, ahora intenta llegar al poder por las urnas, no hay golpes de Estado encabezados por militares y los autoritarismos buscan legitimarse en elecciones. Se instalan autocracias. Los ciudadanos votan en las elecciones contra las élites fracasadas y sistemas de partidos obsoletos que fueron incapaces de desmantelar las desigualdades. Así se encuentra la región al momento del fin de la segunda ola de contagios y en pleno periodo de vacunación. De la lucha armada se ha pasado a la toma del poder por las urnas”.
El alcalde tiene todo menos de bobo. Es un hombre hábil, inteligente, joven y energético. Su apuesta es dobletearse en su retórica en contra del empresariado local sabiendo que, como lo expone el estudio anterior, su discurso es ganador. Su problema es que, paradójicamente, está imponiendo su oratoria en la ciudad más emprendedora del país, en la que ha demostrado a través de los años que el trabajo duro y la apuesta a la empresa privada ha sido la ganadora.
Quintero debería plantear su defensa basada en sus acciones como administrador y no como la víctima de una confabulación malévola en su contra. El mandatario todavía tiene tiempo de demostrarles a sus contradictores que no es otro Petro que justifica sus errores y defectos tirándole la culpa al sistema y señalando a los demás.
Muchos guardan la esperanza de que realmente sea un hombre de cambio positivo y no discurso negativo, como hasta ahora parece ser. Los que mantienen el discurso antiempresa le están apostando a la miseria colectiva solo con el objetivo de llegar al poder.
