Frente a una casa de ladrillo custodiada por los cerros bogotanos, una accidentada cancha de tierra le representaba a todo un barrio una combinación de templos del fútbol: el Azteca, el Bernabéu, el Monumental, el Maracaná y el Camp Nou. Una cancha en la que se inicia un relato que termina estos días con la carta de despedida de Lionel Messi de la selección argentina.

Los habituales de ese rectángulo de polvo rondábamos la edad de la primera comunión, aunque también es cierto que nos habíamos convertido al fútbol, tratando de dominar un balón que picaba donde se le daba la gana.

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Cada portería la formaban dos morrales colegiales que suscitaban disputas por goles de dudosa verificación. Nadie sabía nada del inicio de una pasión que luego se iría renovando todos los domingos en la tarde con los partidos del torneo colombiano.

Lionel Messi se despide de la selección argentina después de una carrera marcada por títulos, récords y momentos inolvidables. Foto: AP

Lo único cierto estaba en el poder potteriano del balón para inspirar a tantos aprendices, de aquí y allá, con la simulación de jugadas imposibles de tipos como Maradona y otros hechiceros de toque mágico. Esas tardes resucitan hoy con el olor de la tierra mojada después de la lluvia bogotana. Lo que nunca volverá es el sudor de esos niños que desconocían la “derrota”, pero que fueron aprendiendo su significado con el paso de los años.

Mi papá abrió el amor en nuestra casa por el fútbol argentino. Él no era un hombre de muchas palabras, más bien alguien de hondas reflexiones cuyas sacudidas espirituales nacían con su amado Deportivo Independiente Medellín. Alcanzó a ver jugar a don Alfredo Di Stéfano y había heredado de su padre los relatos futboleros que llegó a escuchar en los días de radio.

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Su recuento empezaba con la elegancia de Di Stéfano recorriendo la cancha de la defensa a la delantera. Mencionaba a Omar Sívori como el primer argentino de zurda fantástica. Abría un espacio para su amigo personal José Manuel ‘el Charro’ Moreno, que jugó en el DIM y fue el responsable de volver a mi papá uno de sus máximos fanáticos. Y reconocía a Pelé como a un tótem digno de cualquier religión, con sus tres títulos mundiales a cuestas.

La alegría de Catar contrastó con la derrota ante España en el reciente Mundial, que se jugó en Estados Unidos, Canadá y México. Foto: AFP

Esas historias tenían la dimensión de una leyenda, que, si bien no pueden verificarse del todo, terminan creyéndose íntegras por la razón contundente de que eran narradas por un hombre que encontró en el fútbol la mejor manera de amar a un hijo. Durante sus relatos se detenía el tiempo; todo cobraba sentido. Di Stéfano era más que un hombre: era el hacedor terrenal capaz de organizar el caos. Pelé no era solo un goleador, porque su alegría será siempre la impronta del estilo brasileño.

En mi caso, que tengo inoculado el fútbol desde pequeño, la pasión nació con Maradona, a quien sí vi en la televisión. En el Mundial de México, él jugaba un juego diferente al de los demás mortales que disputaron el campeonato. Años después tuve la fortuna de verlo en persona, con su cuerpo hecho añicos, aunque mantenía en los pies la genialidad intacta, pese a sus tobillos infames.

Maradona nos enseñó que el genio y la fragilidad habitan a veces un mismo cuerpo. Que la grandeza futbolística no riñe con el dolor. Y que hay jugadores que conducen mucho más que un balón, porque cargan también la ilusión entera de un país y de una tierra hermanada por el fútbol, como sucede en Latinoamérica. Vimos en él su grandeza y también el preludio de otro genio que, en una versión mejorada a la suya, lo ganaría todo unos años más tarde. Alguien que esta semana anunció su retiro de la selección argentina.

Messi, campeón de América y del mundo, deja la selección argentina como uno de los grandes futbolistas de la historia. Foto: AP Photo/Martin Meissner

Messi “nació” en Colombia

La parábola de Lionel Messi con la selección argentina se inició en el Sudamericano Sub-20 jugado en Colombia en enero de 2005. Pude presenciar dos partidos suyos, más por fanatismo. Ahí, entre chicos argentinos sin mayores referencias, había uno bajito y encorvado que portaba la camiseta argentina como si fuera prestada porque le sobraba, y que imantaba el balón en su guayo izquierdo, como también lo hicieron Sívori y Maradona.

No anotaba goles como los demás, más bien los construía y los diseñaba, como si el campo fuera su tablero de ajedrez y él conociera por anticipado la jugada precisa. Argentina terminó de tercero en aquel torneo –Colombia fue campeón–, pero Messi marcó cinco goles dejando destellos inolvidables para clasificar a su equipo al Mundial de la categoría en Países Bajos, que en esa época se llamaba Holanda (¡cómo pasa el tiempo!).

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En la antigua Holanda, la Sub-20 de Messi conquistó el campeonato y él fue el goleador. El planeta fútbol advirtió entonces el primer capítulo de una de las historias más grandes de todos los deportes. El muchacho nacido en Rosario, Argentina, con el cuerpo aún en transición y la mirada baja, o más bien perdida, tenía en sí mismo una forma irrepetible de entender el juego: menos estruendo, más precisión; menos espectáculo forzado, más inteligencia natural.

Desde entonces, millones, y luego miles de millones, siguieron su carrera como si fuera alguien cercano y el orgullo de conocerlo desde siempre. Vieron su evolución propia de genio, aunque lo ganara todo con su club y nada con la selección argentina. Luego de perder una final de Mundial y varias de Copa América, este 10 de los argentinos cantó su primer retiro.

Pero igual, en medio de las derrotas, había que querer a Messi. Quizás porque solo así nos pareció humano, con su llanto de niño apretando la mandíbula por sentirse culpable, él solo, de una derrota tras otra en torneos de selecciones.

Finalmente, llegó la reparación, la reivindicación tardía para un dios perenne. La Copa América de 2021, ganada justamente en el Maracaná, cerró la herida de los argentinos por perderlo todo durante 28 años.

Imagen incunable de Messi levantando la copa con la túnica negra que le pusieron los cataríes como a un sultán. Messi coronando a sus 35 años, una carrera urgida del título máximo del fútbol. Foto: FOTO: GETTY IMAGES

Un año después ganó el Mundial de Catar, que lo viví de una forma diferente porque lo disfruté con mi hijo Matías. Él tenía la misma edad que yo cuando gobernamos con otros amigos la cancha delante de mi casa. Repetí con Matías el mismo ritual que mi padre había hecho conmigo, esta vez con un futbolista contemporáneo cuya destreza nos hipnotizó, partido a partido, a través de la pantalla de la televisión.

Vimos a Argentina en octavos de final contra Australia en un partido que los liderados por Messi resolvieron eficazmente, sin brillo, pero con oficio. Los cuartos de final contra Países Bajos –un encuentro que es una guerra– tuvieron en una asistencia de Messi, que parecía trazada con regla, uno de los goles clave que desembocó en la definición por penales y que dejó afónicos a los seguidores de Argentina por esa victoria dramática.

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La semifinal contra Croacia, con seguridad, fue el partido más completo de Messi en todo el torneo. Su poder y su grandeza se sintieron, por ejemplo, en esa pausa delante de un defensor gigante al que amagó para hacerlo rodar por el suelo y continuar con el balón hasta alcanzar la gloria en el área contraria.

Y vimos la final. Los tres goles de Argentina, el triplete de Mbappé –que nos heló la sangre–, la prórroga, los penales y, finalmente, esa imagen incunable de Messi levantando la copa con la túnica negra que le pusieron los cataríes sobre los hombros como a un sultán. Messi coronando a sus 35 años una carrera urgida del título máximo del fútbol, para poner a tambalear la hegemonía de los escasos nombres sobre los que jamás se agota la conversación acerca de quién de ellos es el mejor de todos los tiempos.

Mi hijo saltó de la silla con emoción. Yo también, aunque las rodillas trataran de impedirlo. En un abrazo reafirmamos la función del fútbol como puente entre las generaciones que siguieron a Di Stéfano y a Pelé, a Maradona, y ahora a Messi, en vivo y en directo.

En 2005, la figura de Messi empezó su historia en el Sudamericano Sub-20, jugado en Colombia, y en el Mundial juvenil de la entonces Holanda, hoy Países Bajos. Foto: AFP

Si algo distingue a Messi de los genios que lo precedieron no es solo la estadística, aunque sus números con la selección sean abrumadores: campeón en Catar 2022, campeón de la Copa América 2021 y 2024, campeón de la Finalissima 2022, máximo goleador histórico (125 goles), el futbolista con más partidos (207), el máximo asistidor, el único argentino en disputar seis Copas del Mundo, 21 goles en Mundiales, capitán en tres finales mundiales.

Es uno más

Lo que diferencia a Messi es su condición humana, tan visible siempre, tan ajena al vedetismo. Es el hombre que lloró derrotas sin fingir entereza. Es el capitán que en los micrófonos hablaba de sus compañeros antes que de sí mismo. Es el padre que, después de cada título, corría a buscar a sus hijos entre las cámaras de televisión. Es el hijo que, semanas antes de anunciar su adiós definitivo, enterró a su padre y confesó públicamente lo que muchos no le decimos a nadie: que sin él no sabía cómo seguir adelante.

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Ese Messi, la persona sensible, el que necesita a los suyos tanto como los suyos lo necesitan a él, es el que yo prefiero para mi hijo. En un deporte cada vez más saturado de poses y de ruido, Messi eligió siempre la sobriedad, el estoicismo. Eligió el silencio para expresarse solo con el balón.

Y llegó 2026, el Mundial tripartita de Estados Unidos, México y Canadá. Messi, con 39 años –todos sabíamos, nadie lo mencionaba–, lo jugaba para despedirse. Tuve el privilegio, junto a mi hijo siendo casi un hombre, de estar en el estadio en la final. Lo presenciamos en vivo, en una experiencia sensorial inigualable. El ruido, el colorido, el color del césped recién cortado, el temblor de las gradas cuando Argentina atacaba, el sudor de los futbolistas y el de los fanáticos que se convierte en uno solo, la voz rota de decenas de miles de personas cantando un único nombre, el de Messi.

Lionel Messi estaba de nuevo en una final, esta vez frente a un país que lo acunó desde niño. Messi, que llegó a las inferiores del Barcelona F. C. cuando tenía 13 años, iba a despedirse de los mundiales enfrentando a España con el último aliento. Nuestro héroe estaba cansado tras los siete partidos que antecedieron al baile final.

Messi deja atrás una era con la camiseta argentina, después de convertir sus sueños pendientes en títulos históricos. Foto: AFP

Un gol solitario definió el partido que Argentina pudo empatar, y no pudo. Vimos a Messi, exhausto, asfixiado, con sus 39 años pesándole en las piernas. Lo vimos mirar el cielo como el profeta en busca de una señal superior, de Maradona… No la hubo. Perdió. Y semanas después, con el dolor sangrándole por la partida de su padre, Messi confirmó lo sabido por todos: le dice adiós a la selección.

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Dice no más con una carta sin solemnidad ni impostaciones, con las palabras breves de quien lo entregó todo y no tiene nada más que demostrar. Habló de 20 años de cariño que iba a extrañar, de compañeros y de un cuerpo técnico convertidos en una familia que escribió una historia que “nadie podrá borrar”. No enumeró títulos ni récords, aunque los tuviera todos. Y gritó su gratitud.

A mi hijo, en esa última tarde de Messi en la selección, sé que se le derritió algo por dentro. Vivió su primera melancolía. De mi parte, el retiro de Messi cierra un ciclo que empezó en una cancha como tantas de un barrio cualquiera y que termina, por ahora, en una final de Mundial junto a mi amado hijo.

Iván Duque recuerda la historia de Lionel Messi con la selección argentina y el legado que deja tras su despedida. Foto: Nicol√°s Galeano

El mejor jugador que he visto en vivo detrás de un balón parte de la selección argentina. Sobre todo, se fue el hombre que alineó en una misma banca a mi padre, a mí y a mi hijo. Un hombre que nos hizo hablar el mismo idioma a tres generaciones procedentes de tres eras diferentes: baby boomers, X y centennials.

Este es su título más grande. Su legado. Adiós, Messi, adiós.