El periodista judicial Florencio Sánchez acaba de publicar el libro ¿Asesina en serie? El misterio de las frambuesas con talio. En él reconstruye los antecedentes del lamentable caso judicial, ocurrido el año pasado y que generó indignación nacional, no solo porque murieron dos menores de edad, sino por la forma despiadada en la que fueron asesinadas.

Asimismo, el texto narra la historia de Zulma Guzmán, una mujer de 54 años señalada como la principal sospechosa del envenenamiento, quien, estando fuera del país, habría intentado suicidarse tras conceder una entrevista a Sánchez y recibir un correo electrónico en el que se le solicitaba conectarse a una audiencia de imputación de cargos por homicidio agravado.

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El primer capítulo del libro habla justamente sobre ese intento de suicidio ocurrido en el puente de Battersea, en Londres, el 16 de diciembre de 2025. Según el relato, la mujer se lanzó a las frías aguas del Támesis después de haber presentado heridas recientes en las muñecas, lo que sugería un intento previo de quitarse la vida.

La mujer fue rescatada por una unidad fluvial, aunque su reacción llamó la atención de los socorristas porque no parecía aliviada ni agradecida, sino que se resistía a recibir ayuda. El texto plantea una tensión central: si se trató de una crisis emocional genuina o si estos hechos podrían leerse como parte de una estrategia para mostrar fragilidad psicológica frente a los graves cargos que enfrentaba.

Portada del libro sobre las niñas asesinadas con talio escrito por el periodista Florencio Sánchez. Foto: Focus Ediciones

Este es el texto completo del primer capítulo titulado: ‘Intento de suicidio en Battersea’.

La llamada quedó registrada a las 6:40 de la mañana del 16 de diciembre de 2025. A esa hora, en Londres, el día todavía no empieza; apenas insinúa su llegada en una franja de claridad indecisa que se desliza sobre el agua sin terminar de asentarse. El invierno convierte al Támesis en una superficie opaca, casi inmóvil, donde el cielo y el río parecen confundirse. La temperatura rondaba los siete grados: un frío húmedo que no hiere, persiste, se filtra bajo la ropa y acompaña la respiración como una sombra.

El puente de Battersea, en el barrio del municipio de Wandsworth de la capital inglesa, estaba casi vacío. No es un punto que concentre multitudes a esa hora, sino un tramo funcional, atravesado por quienes comienzan temprano la jornada y no buscan detenerse. Deportistas con auriculares, ciclistas inclinados sobre el manubrio, algún vecino que cruza sin levantar la mirada. Sobre el agua, varias embarcaciones de remo avanzaban en silencio. Cada golpe abría una línea fugaz que el río borraba con rapidez, como si rechazara cualquier intento de dejar memoria.

Periodista Florencio Sánchez Foto: Focus Ediciones

Minutos antes de esa llamada, hubo un intercambio de palabras entre la policía local de Battersea y una mujer. Al parecer, los policías trataron de disuadirla para que no cometiera una locura. Usaron todas las estrategias posibles para esas situaciones, seguramente palabras de aliento y la promesa imposible de que todo podría mejorar. No funcionó. Al menor descuido, la mujer se lanzó al río, y la policía emitió la alerta. La unidad de rescate fluvial de Cheswick, al mando de James Anthony, tardó exactamente ocho minutos en llegar y activar el protocolo de rescate. Se trataba de —Zulma Guzmán Castro— una mujer de 54 años, en evidente estado de desesperación; todo indicaba que quería acabar con su vida.

Y no era solo que se hubiera lanzado a las heladas aguas del Támesis. Había otro detalle, hasta entonces desconocido y revelador, que terminaría por volverse clave para entender el episodio completo. Zulma presentaba heridas recientes en las muñecas, crudas, difíciles de disimular.

Horas antes de lanzarse al río —según me confirmarían días después, de manera reservada, mis fuentes en Londres— se había cortado las venas en un episodio de angustia, impulsada por una sensación persistente de persecución.

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En ese primer intento, las marcas no alcanzaron a consumar el desenlace. Los cortes en las muñecas quedaron como prueba inmediata de una desesperación que, pocas horas después, terminaría empujándola al río.

Es habitual que quienes intentan cortarse las venas lo hagan en una bañera o dentro de un cuerpo de agua. Entre las razones que suelen mencionarse está la idea de que el agua retrasa la coagulación y aliviana la hipotermia que produce la pérdida de sangre; por otro lado, quieren evitarles a sus seres queridos un efecto estético macabro. En el caso de Zulma Guzmán, ese primer intento no llegó a materializarse. Después, según permite reconstruir la secuencia de los hechos, habría buscado otra salida: no ya lesionándose con sus propias manos, sino dejándose arrastrar por las aguas del Támesis.

Crimen pasional por talio Foto: Suministrado a Semana

Pero alrededor de esos intentos también comenzó a abrirse otra lectura, menos visible y más incómoda. En paralelo a la desesperación que describían los hechos, surgía la sospecha de si esos actos respondían únicamente a un impulso autodestructivo o si podían leerse, al mismo tiempo, como una forma de construir un relato. Uno que, en el contexto de los cargos que enfrentaba —homicidio agravado y tentativa de homicidio—, pudiera insinuar una alteración mental, una fragilidad psicológica capaz de introducir duda en el terreno judicial. No era una hipótesis menor. En procesos de esta naturaleza, la línea entre el colapso emocional y la estrategia de defensa puede volverse difusa. Y aunque no hay evidencia concluyente que permita afirmar una intención calculada, la coincidencia entre el momento de mayor presión judicial y la aparición de estos episodios dejó una pregunta suspendida: si se trataba de un quiebre genuino o de una forma —consciente o no— de reconfigurar su lugar frente a la justicia.

Battersea no es un puente asociado al anonimato. En los últimos años, el entorno inmediato ha sido transformado por desarrollos inmobiliarios de alto valor que han modificado la fisonomía del barrio. La antigua central eléctrica convertida en complejo residencial domina el paisaje con su presencia restaurada. A su alrededor, edificios modernos, terrazas abiertas al agua, paseos peatonales diseñados para una calma que parece planificada. Es un espacio observado, con cámaras visibles e invisibles, con ventanales que convierten el río en una extensión del interior doméstico. Más hacia el este, el Támesis atraviesa zonas donde la arquitectura es menos pulida y la vigilancia menos densa. Allí el anonimato encuentra grietas más amplias. Battersea, en cambio, pertenece al Londres que se muestra. Por eso lo ocurrido adquiere una cualidad extraña. Si alguien quisiera desaparecer en el río, otros tramos ofrecerían mayor oscuridad y menor exposición. Aquí, en cambio, la probabilidad de ser visto es alta.

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El punto exacto del rescate permite dos lecturas que no se excluyen. La primera, que la mujer estuviera en la zona porque había pasado la noche cerca, quizá en alguno de los apartamentos de alquiler temporal que abundan en el barrio. Son residencias discretas, diseñadas para estancias breves, donde la presencia puede ser provisional sin dejar un recorrido claro. La segunda lectura sugiere lo contrario: la elección de un lugar donde la intervención rápida fuera probable. Ninguna de las dos hipótesis elimina la posibilidad de una crisis auténtica. La desesperación no siempre se expresa en lugares ocultos; a veces ocurre precisamente donde alguien pueda verla.

Aunque en ese momento los rescatistas desconocían el trasfondo de lo ocurrido, puedo enumerar al menos dos hechos concretos que pudieron haber precipitado su decisión.

Cuatro días antes de este episodio, el doce de diciembre, Zulma Guzmán Castro me había concedido una entrevista exclusiva para mi canal Focus Noticias, la cual se realizó por Zoom. Antes de comenzar a grabar, sostuvimos una conversación sobre los puntos más sensibles de la investigación. Ella se encontraba en un espacio pequeño, tranquila, y transmitía desde una laptop. El espacio que habitaba no daba el menor indicio del lugar donde estaba viviendo. Podía estar en cualquier parte del mundo.

Imágenes de la entrevista de Zulma Guzmán con Florencio Sánchez. Foto: Focus Noticias

Para entonces, las autoridades internacionales desconocían su paradero, a pesar de que la Interpol había emitido una circular roja con su nombre desde octubre de 2025. La entrevista fue emitida el día 15 de diciembre y de alguna manera también alertó a los organismos colombianos.

El primer hecho ocurrió pocas horas después de esa emisión. La fiscal del caso, Elsa Cristina Reyes, le envió un correo electrónico con una instrucción concreta: “En el término de la distancia conéctese a un enlace de Teams para una audiencia de imputación de cargos por los delitos de homicidio agravado y homicidio agravado en grado de tentativa”.

El segundo hecho ocurrió horas más tarde. Un periodista de un medio colombiano llamó a Zulma Guzmán, al teléfono que usaba en esos meses. Y es aquí donde surge la pregunta que sigue abierta: ¿cómo llegó este número celular a manos del reportero si su círculo de allegados en Reino Unido era mínimo y su estancia en Londres pretendía ser discreta?, esa llamada era una filtración, una grieta. Algo se había movido. Tal vez se sintió atrapada, acorralada y expuesta al escarnio público y mediático por ser la principal sospechosa de envenenar a tres niñas y un joven con frambuesas contaminadas con talio.

El rescatista James Anthony dijo en la prensa local londinense que al llegar no la distinguieron de inmediato. El reflector barrió la superficie y encontró un movimiento a unos veinticinco metros. Un chapoteo pequeño, irregular, que por un instante pareció un animal. Solo cuando se acercaron vieron lo que era: dos brazos agitándose, luchando por mantenerse a flote. También estaban en la zona unidades de la Policía Metropolitana y de los bomberos, pero el auxilio lo hizo el bote de la unidad de rescate fluvial, con maniobras de aproximación en un río de mareas. Anthony hizo énfasis en un detalle que le resultó extraño: la mujer no reaccionó como habitualmente lo hacen la mayoría de quienes son rescatados. No parecía aliviada, ni tuvo la reacción usual de besar y abrazar a quienes la rescataron, no parecía agradecida. Más bien, con una negativa insistente se mostró decidida a no recibir ayuda. Ese tipo de impresiones rara vez se convierte en dato verificable, pero sugiere la complejidad de esos minutos, en los que el frío del Támesis desordena el organismo. Llega el temblor, los dedos se entumecen, la ropa mojada tira hacia abajo, cada músculo pierde fuerza. Estar allí, aunque sea por un lapso breve, implica haber cruzado un umbral psicológico y físico difícil de revertir.

Los organismos de rescate ignoraban por completo de quién se trataba. Tan solo cumplían con su deber de proteger la vida de un ser humano desesperado. La subieron al bote, le ajustaron los vendajes, la cubrieron con una manta térmica y le preguntaron su nombre. Luego vino el traslado. La ambulancia de Londres la recibió en un muelle de Chelsea y la llevaron a una clínica donde los médicos le prestaron la primera atención.

La noticia no habría pasado de ser una más entre los hechos que a diario circulan en esa metrópolis del mundo. Un intento de suicidio más, uno menos, qué más da. Pero esa crónica con aparente final feliz, se convertiría en una primicia de interés mundial, cuando se comprobó horas más tarde que el nombre de Zulma Guzmán Castro, estaba asociado a una circular roja de la Interpol por el doble homicidio de las adolescentes.

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La expresión “circular roja” por lo general se asocia con persecuciones internacionales, pero en realidad describe un mecanismo de cooperación policial. Una notificación roja es una solicitud formal enviada por un país miembro a los demás Estados que integran la organización, para localizar provisionalmente a una persona buscada y facilitar su detención con fines judiciales. Interpol no procesa ni formula acusaciones; funciona como una red que conecta sistemas de información y permite que los países compartan alertas. En términos prácticos, significa que esa persona está siendo buscada simultáneamente en ciento noventa y seis países. No implica culpabilidad, pero sí una visibilidad global. El nombre circula por bases de datos, controles migratorios y sistemas policiales. La movilidad se vuelve precaria. Las fronteras dejan de ser simples líneas geográficas para convertirse en puntos de verificación compartida.

Lo que había empezado como un presunto intento de suicidio en el Támesis se convirtió en una historia internacional. Pero no había comenzado en Londres. Había empezado a miles de kilómetros. En otra ciudad. En otra fecha. Con un objeto aparentemente inofensivo: una caja de frambuesas cubiertas con chocolate.

Para entender mejor cómo esa mañana de diciembre terminó inscrita en una investigación criminal, es necesario salir del río, abandonar Londres y retroceder en el tiempo.

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