En Cali, el terremoto del pasado lunes 10 de agosto golpeó con especial fuerza algunos sectores del sur de la ciudad. En barrios como Capri, los edificios quedaron heridos, algunos al borde del colapso y otros convertidos en montañas de concreto. Detrás de cada muro agrietado hay una historia. Y detrás de cada historia, una persona intentando explicar cómo logró salir con vida.

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Armando Carrillo todavía busca palabras para narrar lo que ocurrió en el edificio Cantabria, en el barrio Nueva Tequendama. Aquella mañana estaba en su apartamento con su esposa. Tenían un balcón y, cuando sonó la alarma de sismo, apenas contaron con unos segundos para decidir qué hacer: bajar por las escaleras o buscar un punto de protección dentro de la vivienda.

“Eso es terrible. Es un rugido impresionante, una cosa que usted siente que nunca iba a acabar”, recuerda Armando.

El edificio comenzó a moverse y la decisión tuvo que tomarse en segundos. Armando tomó a su esposa y se dirigió hacia el balcón. No alcanzaban a bajar. La escalera dejó de ser una opción. “Yo dije: ‘Yo ya no alcanzo a bajar. O me quedo ahí, o me voy para el balcón, en una columna, y me agacho ahí’”, cuenta.

Miles de personas se volcaron a las calles de Cali para ayudar a las familias afectadas y a las personas que quedaron atrapadas en los escombros. Foto: Jamir Mina

La pareja quedó aprisionada varios metros hacia el interior de la estructura. Armando terminó sosteniendo una placa que había quedado sobre ellos. Su esposa se hallaba unos dos metros más abajo. “Yo estaba sosteniendo una placa no tan pesada. Mi esposa estaba dos metros abajo y eso estaba encima de la cabeza. Había un horno ahí que teníamos y, cuando pasó el terremoto, pude bajar la mano. Esa placa nos ayudó”, relata.

Armando tenía heridas en una de sus manos y varios hierros habían quedado incrustados en sus huesos. Permaneció atrapado hasta que algunos vecinos comenzaron a remover los restos. Fueron aproximadamente 40 minutos de espera. No sabía qué encontraría al otro lado ni cuánto tiempo tendría que permanecer allí.

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“Los vecinos de acá me pudieron sacar como a los 40 minutos”, cuenta. Fue uno de los primeros sobrevivientes en salir. Después aparecieron otras personas. También hubo quienes quedaron atrapados en pisos superiores y no tuvieron la misma suerte. Armando habla de sus vecinos, de las personas que todavía eran buscadas y de quienes fueron recuperadas sin vida. Entre los nombres que menciona están Vicky, una abogada, y otra mujer a la que conocían como “la Mona”, quienes continuaban atrapadas cuando él entregó su testimonio.

Salir con vida tampoco significó que la tragedia terminara. Armando volvió a mirar el lugar donde estaba su casa y encontró una escena que le resulta difícil asimilar. Sus pertenencias quedaron allí. También los carros que tenía en el sótano.

“Todos los días venimos a ver nuestro apartamento, cómo quedó. Perdimos todo”, dice. Armando se pregunta qué habría ocurrido si hubiese abierto la puerta y comenzado a bajar. Cree que quizá hoy seguiría atrapado. “Yo creo que estaríamos ahí porque el sismo fue a las 7:34. Eso te avisa cinco segundos antes”, explica.

Diego Morales y Armando Carrillo son dos de las caras de la tragedia en Cali. El primero lo perdió todo y el segundo salió de los escombros luego de permanecer 40 minutos atrapado junto a su esposa. Foto: Jamir Mina

Y agrega: “Cualquier cosa, me tiro con mi esposa, fractura, lo que sea, pero estamos vivos”. Esa frase resume el instinto que surgió cuando todo lo demás desapareció. En medio de un edificio que se venía abajo, la prioridad de Armando fue una sola: salir con vida junto con su esposa.

A pocas cuadras de allí, en el barrio Capri, Diego Morales vivió otra versión de la misma tragedia. Es arquitecto y conoce como pocos lo que significa observar una estructura desde sus grietas. Esta vez, sin embargo, no estaba mirando los daños de una obra ajena. Estaba viendo su propia casa convertirse en un lugar inhabitable.

Diego se hallaba en el edificio Amalfi cuando comenzó el terremoto. Su primera reacción fue proteger a su mamá. Después observó cómo los muros empezaron a agrietarse y diferentes elementos de la vivienda comenzaron a caer.

“Todo empezó de una manera muy lenta, fue escalando. Yo soy arquitecto, entonces, lo primero que hice fue resguardar a mi mamá en una zona segura de la construcción”, cuenta.

Algunas decisiones tomadas durante los segundos que dure un sismo pueden aumentar el riesgo de sufrir lesiones graves e, incluso, poner en peligro la vida. Foto: Jamir Mina

Como profesional, Diego entendió rápidamente que el problema podía ser mucho más grave. Los movimientos aumentaban y la estructura empezaba a mostrar señales que él sabía interpretar. La posibilidad de que el edificio colapsara dejó de ser una idea remota.

“Cuando comenzamos a ver que los muros empezaron a agrietarse, todo empezó a caerse. Ya fue, obviamente, el conocimiento de que la cosa estaba bien complicada”, recuerda.

Abrió la puerta y esperó a que el movimiento disminuyera. Por un momento pensó en subir al último piso. Su razonamiento era sencillo: si el edificio se derrumbaba, quizá tendrían mejores posibilidades de ser encontrados allí que atrapados en el pasillo.

“Era tan fuerte el movimiento que dije: ‘Esto se va a caer’”, relata. Pero la tragedia no terminó cuando cesó el movimiento. El edificio Amalfi quedó gravemente afectado. Las columnas de la recepción hacia el bloque lateral presentan daños, hay fisuras en la parte superior, y la escalera, que era el principal acceso para salir de los apartamentos, quedó prácticamente colapsada.

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“Las escaleras penden de un hilo. Todo está muy complejo aquí”, describe Diego. Algunos residentes ingresaron bajo su propia responsabilidad para intentar recuperar pertenencias. Otros solo alcanzaron a sacar ropa. Las camas, las neveras y buena parte de los objetos que construyeron durante años siguen adentro.

Diego tomó apenas lo indispensable, pero volvió una y otra vez por otra razón: su gato. “Yo he estado acá porque tengo un gato que se me perdió. He estado acá los dos días completos”, cuenta.

Su rutina después del terremoto se convirtió en una búsqueda. Va a la casa de su hermana para bañarse y regresa al edificio. Camina por los pasillos, sube hasta la terraza, baja nuevamente y revisa los lugares donde podría estar el animal.

“Cuando se le pierde la vida a uno, es muy complicado poder abandonarlo, querer abandonar a un animalito tan indefenso, y más en el momento en el que está”, dice.

Los trabajos de rescate contaron con la presencia de especialistas y voluntarios, quienes lograron rescatar decenas de vidas humanas y de mascotas, como perros y gatos. Foto: Jamir Mina

“Nosotros, la verdad, decidimos tomar lo que pudimos, ropa no más. No hemos podido bajar nada de lo que son neveras, camas, nada. Solamente tenemos ropa afuera”, relata.

Para Diego, además, existe una preocupación adicional. Como arquitecto, puede leer en las grietas y fisuras señales que para otras personas podrían pasar inadvertidas. Explica que Capri es un sector antiguo y que muchas edificaciones fueron construidas bajo condiciones normativas distintas a las actuales. También señala que el suelo tiene una composición blanda, un factor que puede influir en la manera como las estructuras reciben y transmiten las vibraciones de un sismo.

“Hay muchas circunstancias. Algunos edificios podrán ser reforzados, pero a la mayoría les tocará ser demolidos”, sostiene. El edificio Amalfi, según su apreciación, podría tener una posibilidad de reforzamiento estructural. Pero esa posibilidad también implica una espera larga para las familias. Reparar una estructura de estas características podría tomar un año o incluso más. Durante ese tiempo, quienes vivían allí tendrán que encontrar otro lugar.

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“Es muy triste ver que muchas personas como nosotros tenemos que salir básicamente con una bolsa, con ropa, porque no podemos sacar nada”, afirma.

Juan Carlos Castaño Giraldo, de 48 años, también quedó atrapado en esa frontera entre la vida que tenía y la que deberá reconstruir. Natural de Marinilla, Antioquia, llevaba apenas cuatro meses viviendo en Cali con sus hijos cuando el terremoto sacudió el apartamento familiar. Mientras dormía, escuchó cómo los vidrios de las ventanas comenzaron a romperse.

“Cuando menos pensé, se empezaron a reventar los vidrios de la ventana. Yo me paré inmediatamente. Lo único que cogí fueron mis tres hijos y mi esposa”, relata.

Juan Carlos vivía en un tercer piso. Con sus hijos y su esposa empezó a bajar las escaleras. Estaba llegando al segundo nivel y sintió que la torre comenzaba a desplazarse hacia un costado. En ese momento creyó que había llegado el final.

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“Cuando iba llegando al segundo piso, la torre se giró hacia el lado derecho. Yo dije: ‘Aquí fue, Dios mío bendito’. Y empecé a rezar”, recuerda.

La estructura volvió a acomodarse y ese movimiento le dio los segundos necesarios para continuar hasta la primera planta. Cuando finalmente llegó a la calle, vio cómo dos torres cercanas se desplomaban.

“Las dos torres que estaban ahí se desvanecían, como si se las hubiera tragado la tierra”, narra.

Afuera estaba con sus tres hijos. Adentro quedaron las pertenencias de una familia que apenas comenzaba a instalarse en Cali. Los documentos, los electrodomésticos y buena parte de lo que había conseguido con esfuerzo continúan en el apartamento.

“Yo soy simplemente un empleado y lo poquito que tenía ya quedó allá. Pero lo más importante era sacar a los niños de la casa”, dice.

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Algunos vecinos no alcanzaron a salir. Juan Carlos recuerda una familia que permaneció con vida durante horas entre los escombros y pudo comunicarse con quienes estaban afuera. Finalmente, fueron recuperados sin vida.

“Había una familia de tres personas que estaba viva. Ellos podían hablar y los podían escuchar desde afuera. Después los sacaron muertos. Eso fue muy duro”, cuenta.

En otra vivienda, la supervivencia tuvo una historia marcada por la fe. Carlos Alberto Patiño, abogado y terapeuta cristiano, estaba en el apartamento 202 del edificio Tequendama. Minutos antes del terremoto había terminado de orar. Después observó cómo una lámpara comenzaba a moverse.

Llamó a su hijo, Samuel Esteban, de 17 años, y a su esposa, Liliana. Ella estaba en la cocina. Los tres caminaron hacia la sala buscando la puerta principal.

“Yo estaba orando cuando se empezó a mover la lámpara y sentí el primer cimbronazo del terremoto”, recuerda.

Siguen las labores de rescate y limpieza de escombros en Cali, luego del terremoto del lunes. Foto: El País

Patiño describe dos movimientos diferentes dentro del mismo evento. Primero sintió que el edificio iba violentamente de izquierda a derecha. Después hubo una pausa y la estructura comenzó a sacudirse de adelante hacia atrás.

“Empezó a moverse estruendosamente como yo nunca lo había sentido en mi vida”, relata.

La puerta principal quedó trabada. No pudieron salir por allí. Mientras el edificio se movía, Patiño pidió a su esposa y a su hijo que se protegieran la cabeza. Tommy, el perro de la familia, estaba con ellos. En otra parte del apartamento permanecía su suegra, una mujer de 94 años con párkinson.

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Y ocurrió el colapso. “Sentí un ruido tremendo, como un huracán, pero seco. Nosotros seguíamos orando. Entonces, miré y vi, como en cámara lenta, cómo se fue bajando el techo”.

Carlos Alberto, Liliana y Samuel quedaron bajo los escombros. Sobre ellos había un espacio de unos 40 centímetros. Era poco, pero suficiente para respirar. El polvo comenzó a llenar el lugar y Samuel empezó a ahogarse.

Maquinaria pesada trabaja entre los escombros para facilitar las labores de remoción en las zonas más afectadas por el terremoto. Foto: Jorge Orozco / El País

Patiño volvió a pedir ayuda a Dios. Después vio un pequeño espacio que podía convertirse en salida. “Le dije: ‘Señor Jesucristo, ya que tú nos salvaste, te pido un favor, danos la salida, una salidita, Señor, solo danos una salida’”.

Con las manos comenzaron a mover ladrillos. El hueco creció poco a poco. Después llegó la parte más difícil: arrastrarse entre los restos de la estructura.

“Les dije: ‘Arrastrémonos, empiecen a arrastrarse’. Fuimos saliendo poco a poco hasta que pudimos coronar”, cuenta.

Los tres lograron salir. Pero la familia todavía tenía una persona atrapada: la suegra de 94 años. Durante siete años habían cuidado de ella. Tenía una habitación acondicionada para sus necesidades y estaba acostada cuando ocurrió el colapso. Desde afuera, Patiño pensó que no había sobrevivido.

“Yo pensé: ‘Aquí la suegra se nos murió’. Pero decía: ‘Señor, tú eres grande, tú la puedes salvar, tú la puedes sacar’”, recuerda.

Demolición de las entradas vehiculares de Chipichape tras el terremoto Foto: Bernardo Peña

La encontraron con vida. La adulta mayor logró salir sin lesiones graves. “Alcanzaron a sacarla y a ella no le pasó nada. Está viva. Para nosotros eso es un milagro”, asegura.

Tommy, el perro de la familia, quedó atrapado. Su destino era incierto al momento del relato. La alegría por haber recuperado a la adulta mayor convivía con la angustia por el animal que es parte de la familia.

Otra historia de supervivencia tiene como protagonista a Diana Marcela Troncoso. Fue rescatada y trasladada a un centro asistencial de Cali, donde comenzó una recuperación que todavía tendrá varios capítulos. Su familia recibió el golpe de la noticia, pero también la esperanza de verla salir adelante.

Álvaro Troncoso, su padre, explicó que Diana necesitaba nuevas intervenciones y un proceso de recuperación prolongado. Una de sus piernas quedó gravemente afectada y el movimiento de los dedos estaba comprometido por la inflamación de un nervio.

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“Mi hija, por ahora, no sale. Creo que le van a hacer otra intervención para hacerle más curaciones”, explica.

La familia recibió ayuda de allegados para conseguir alimentos, ropa y otros elementos básicos. La preocupación inmediata pasó a ser el lugar en el que van a vivir cuando termine el auxilio temporal.

“No estamos pidiendo ropa porque, gracias a Dios, la familia y los amigos cercanos nos han facilitado cómo estar de forma decente. Lo que nos preocupa ahora es un hogar”, afirma Álvaro.

La zozobra crece, pues Diana necesitará terapias después de salir de la clínica. Su recuperación no terminará cuando abandone el hospital. Comenzará otra etapa, esta vez marcada por la necesidad de encontrar un lugar seguro donde pueda recuperarse.

El terremoto cambió el paisaje del sur de Cali, calles bloqueadas por escombros y estructuras que ahora son inspeccionadas por los equipos de emergencia. Foto: Jorge Orozco / El País

“Uno quiere que ella no tenga que estar pensando: ‘Bueno, voy a estar aquí 15 días, 20 días, ¿y después para dónde cojo?’”, agrega su padre.

Las historias se repiten en distintos puntos de Colombia, pero cada una tiene un sonido, un rostro y una frase que permanece. En Cantabria, Armando recuerda el rugido y aquellos segundos en los que decidió protegerse junto a su esposa. En Amalfi, Diego camina por un edificio que ya no puede habitar mientras busca a su gato entre los restos de la vida que dejó atrás. Juan Carlos rememora las escaleras moviéndose bajo sus pies y el instante en que decidió cargar con sus hijos. Carlos Alberto Patiño, el techo bajando sobre su familia y el pequeño hueco que encontró entre los escombros. Álvaro Troncoso piensa en el día en que su hija salga del hospital y tenga un lugar donde continuar su recuperación.

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Todos sobrevivieron a los segundos más largos de sus vidas. Ahora comienza otra carrera: reconstruir lo perdido, encontrar dónde dormir, recuperar documentos, rescatar mascotas, recibir atención médica y entender qué hacer cuando la casa a la que se quería regresar ya no existe o dejó de ser segura.

El terremoto terminó, pero para ellos la emergencia continúa. En cada edificio inhabitable, en cada familia que duerme fuera de su casa y en cada bolsa con ropa rescatada de entre los escombros permanece la misma pregunta: cómo volver a empezar cuando, en cuestión de segundos, todo lo conocido cambió para siempre.