Moda y sociedad

John Galliano en el Met: ¿puede el talento sobrevivir al juicio moral?

El diseñador ha decidido cancelar la exposición que el museo le dedicaría en 2027. Su caso obliga a preguntarse cómo reconocer una aportación cultural extraordinaria sin transformar ese reconocimiento en la absolución de quien la produjo.

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Sandra Bravo Durán * The Conversation
3 de septiembre de 2026 a las 11:30 a. m.
John Galliano en un fotograma del documental Auge y caída de John Galliano.
John Galliano en un fotograma del documental Auge y caída de John Galliano. Foto: Nicholas Matthews/StudioTF1, FAL

El Metropolitan Museum of Art de Nueva York anunció el pasado 31 de julio que la gran exposición de primavera de 2027 de su Costume Institute estaría dedicada a John Galliano. John Galliano: Horizons buscaba recorrer cuatro décadas de trayectoria, desde sus años de estudiante en Central Saint Martins de Londres hasta su trabajo para su propia firma, Givenchy, Christian Dior y Maison Margiela. Iba a ser la primera gran retrospectiva museística centrada exclusivamente en el diseñador, a quien el propio Met define como uno de los creadores más inventivos e influyentes de la moda contemporánea.

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La elección tenía además un carácter excepcional: Galliano sería el tercer diseñador vivo al que el Costume Institute dedicaría una exposición monográfica, después de Yves Saint Laurent, en 1983, y Rei Kawakubo, en 2017.

Pero su trayectoria quedó marcada en 2011 por varios episodios de insultos antisemitas y racistas que provocaron su despido de Dior y una posterior condena de la justicia francesa. El anuncio recuperó una discusión que excede ampliamente la moda: ¿merecía Galliano semejante reconocimiento?

Ante el revuelo montado desde el anuncio, el propio diseñador ha decidido cancelar la exposición confirmando que sigue “asumiendo plenamente la responsabilidad por el dolor causado por mis palabras en el pasado”.

El fascinante documental de Macdonald recorre la carrera de Galliano desde estudiante de moda en la Central Saint Martins hasta director creativo de algunas de las mayores casas de moda del mundo, investigando con franqueza sus luchas con la adicción y la presión de la industria a la que se enfrentó por el camino.
El fascinante documental de Macdonald recorre la carrera de Galliano desde estudiante de moda en la Central Saint Martins hasta director creativo de algunas de las mayores casas de moda del mundo, investigando con franqueza sus luchas con la adicción y la presión de la industria a la que se enfrentó por el camino. Foto: StudioTF1, FAL

Pero quizá la pregunta estaba mal planteada. Una exposición no es exactamente un premio y un museo no es un salón de la fama para figuras moralmente ejemplares. Según el Consejo Internacional de Museos, su función incluye investigar, conservar, interpretar y exhibir patrimonio, pero también favorecer la educación y la reflexión.

El caso Galliano obliga, así, a preguntarse algo más complejo: cómo reconocer una aportación cultural extraordinaria sin transformar ese reconocimiento en la absolución de quien la produjo.

Antes de Dior ya estaba Galliano

Para entender la polémica hay que comprender primero por qué Galliano importa.

En 1984 presentó en Saint Martins Les Incroyables, una colección de graduación inspirada en la Francia posrevolucionaria y atravesada por la cultura del Londres de los ochenta. Aparecían ya allí los elementos que definirían su lenguaje: historicismo, romanticismo, dramatización de la silueta y, especialmente, la utilización de la ropa para construir personajes.

Su singularidad no residió simplemente en recurrir al pasado. Galliano podía partir del siglo XVIII, del corte al bies de la diseñadora francesa Madeleine Vionnet, del cine o de un personaje literario y recombinar todas esas referencias hasta convertirlas en algo reconociblemente suyo. La historia no era un archivo que reproducir, sino una materia que desmontar y volver a ensamblar.

Detrás de la teatralidad existía además una enorme competencia técnica: dominio del corte, atención a la construcción del cuerpo y una capacidad extraordinaria para conseguir movimiento y ligereza en prendas de gran complejidad.

Por eso Dior no inventó a Galliano. Cuando llegó a la casa francesa en 1996 el británico llevaba más de una década desarrollando su lenguaje y había pasado ya por Givenchy. Dior le dio algo diferente: escala. El archivo, la alta costura, los artesanos, los recursos económicos y el alcance global permitieron proyectar aquella imaginación sobre una de las grandes instituciones de la moda.

El desfile como mundo

Galliano tampoco se limitó a hacer vestidos espectaculares. Contribuyó a transformar el desfile en una experiencia narrativa en la que prendas, música, maquillaje, escenografía, casting y movimiento construían un mismo universo.

Él, Alexander McQueen y otros diseñadores de los años noventa desplazaron el desfile hacia territorios próximos al teatro y la performance, convirtiéndolo en un espacio desde el que articular fantasías, identidades y ansiedades contemporáneas.

Galliano entendió antes de que el storytelling se convirtiera en lenguaje habitual del marketing que una colección podía contar una historia completa. Las modelos no llevaban simplemente ropa: encarnaban personajes. Sus desfiles podían funcionar como acontecimientos culturales y no únicamente como presentaciones comerciales.

En ese proceso contribuyó también a consolidar la figura contemporánea del director creativo como autor total: alguien capaz de diseñar prendas, interpretar un archivo, construir imágenes y producir un universo simbólico alrededor de una marca.

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Ahí reside buena parte de su excepcionalidad. En Galliano convergen conocimiento histórico, virtuosismo técnico, intuición visual y una capacidad narrativa poco habitual. Calificarlo de “genio” resulta problemático precisamente porque la propia noción arrastra una larga mitología cultural. Pero ignorar la excepcionalidad de su talento impediría comprender por qué su caso resulta tan incómodo. Si Galliano hubiera sido un diseñador menor, probablemente este debate no tendría la misma intensidad.

La decisión del Metropolitan de dedicarle esta retrospectiva también puede leerse en relación con el momento que atraviesa la propia moda. En un sistema cada vez más condicionado por la velocidad, la producción continua de novedad y la circulación inmediata de imágenes, la dimensión artística y cultural de la disciplina corre el riesgo de quedar subordinada a su lógica industrial y comunicativa. Volver sobre Galliano permitía precisamente recordar otra tradición de la moda: la que investiga, cita, construye lenguaje, produce memoria y dialoga con la historia del arte, el cine, la literatura o la cultura visual.

En ese sentido, no resultaba extraño que fuese un museo quien volviese a situarlo en el centro. Si una institución cultural no reivindica la moda como objeto de conocimiento, creación y patrimonio, difícilmente lo hará una industria sometida a la urgencia de la siguiente temporada. Y si se busca una figura capaz de condensar esa dimensión artística de la moda contemporánea, Galliano resultaba difícil de sustituir.

Cuando la biografía cambia nuestra mirada

Su caída en 2011 alteró inevitablemente la lectura de todo lo anterior. Tras ser despedido de Dior, regresó a la industria como director creativo de Maison Margiela.

Se puede estudiar el contexto de adicciones, presión profesional y deterioro personal que acompañó aquel periodo, pero contextualizar no equivale a justificar. La cuestión es qué ocurre cuando lo que conocemos del autor modifica nuestra experiencia de su obra.

Un vestido de Galliano de 1997 no cambió materialmente en 2011. Cambió el contexto desde el que lo mirábamos.

Vestido de alta costura de John Galliano exhibido en París en la Galería Dior. La fotografía que está de fondo es de Peter Lindbergh, en 1997. Lila Louisa/Shutterstock
Vestido de alta costura de John Galliano exhibido en París en la Galería Dior. La fotografía que está de fondo es de Peter Lindbergh, en 1997. Foto: Lila Louisa/Shutterstock

Qué exposición merecía Galliano

Ahí entra el museo. Las instituciones culturales no solo conservan objetos: producen contextos y participan en su legitimación. Desde la sociología de la cultura sabemos que el canon no depende únicamente del valor intrínseco de las obras, sino también de museos, críticos, conservadores y otras instituciones capaces de otorgarles reconocimiento.

Por eso situar a Galliano junto a Saint Laurent y Kawakubo entre los escasísimos diseñadores vivos que han recibido una monográfica del Costume Institute suponía una afirmación sobre su posición en la historia de la moda.

La pregunta deja entonces de ser si Galliano merecía una exposición para convertirse en otra: qué exposición merecía Galliano.

John Galliano y Anna Wintour en París, 1993.
John Galliano y Anna Wintour en París, 1993. Foto: BERTRAND RINDOFF PETROFF / BESTIMAGE
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El Metropolitan había adelantado que Horizons abordaría tanto su producción creativa como sus comportamientos antisemitas, racistas y anti-asiáticos de 2010 y 2011, sus consecuencias y el modo en que han modificado la recepción posterior de su trabajo. Una retrospectiva que recurriera al viejo relato romántico del “genio atormentado” corría el riesgo de blanquear su biografía. Pero eliminarlo de la historia produciría también un relato incompleto.

Ahora, tras la decisión del diseñador, el Met ha decidido también respetar sus deseos.

Admirar sin mitificar

El debate conecta con una vieja cuestión de la filosofía del arte: si la valoración estética puede mantenerse completamente separada de la moral. El filósofo americano Noël Carroll ha defendido un “moralismo moderado” según el cual, en determinadas circunstancias, los aspectos éticos pueden formar legítimamente parte de nuestra valoración artística.

John Galliano y Charlize Theron, con un modelo de Dior Haute Couture diseñado por Galliano, en la gala inaugural de la exposición AngloMania: Tradición y transgresión en la moda británica, en el Museo Metropolitano, el 1 de mayo de 2006. Everett Colletion/Shutterstock
John Galliano y Charlize Theron, con un modelo de Dior Haute Couture diseñado por Galliano, en la gala inaugural de la exposición AngloMania: Tradición y transgresión en la moda británica, en el Museo Metropolitano, el 1 de mayo de 2006. Foto: Everett Colletion/Shutterstock

Esta posición permite evitar dos extremos: ni la conducta de un creador vuelve automáticamente irrelevante toda su obra, ni la excelencia artística convierte en irrelevante su responsabilidad moral.

Ese podría haber sido precisamente el reto del Metropolitan: permitir al público apreciar la innovación de Galliano sin necesidad de mitificar al hombre. Enseñar, en definitiva, no qué debe admirarse, sino cómo mirar críticamente aquello que admiramos.

Ahí residía probablemente el verdadero interés de John Galliano: Horizons. Más que resolver la vieja cuestión de si es posible separar la obra de su autor, la exposición obligaba a pensar cómo se incorpora al patrimonio cultural una figura cuya importancia histórica convive con una biografía difícil de neutralizar.

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Porque los museos no solo conservan el pasado: también producen los marcos desde los que ese pasado será interpretado. Decidir qué se exhibe, cómo se contextualiza y qué lugar ocupa dentro del relato institucional forma parte de la construcción misma del canon.

El caso Galliano plantea así una cuestión que excede ampliamente a la moda: cómo reconoce una sociedad el valor de aquello que considera culturalmente relevante sin convertir ese reconocimiento en indulgencia.

Quizá ese sea uno de los desafíos contemporáneos de la cultura: aprender a preservar la complejidad sin convertirla ni en absolución ni en borrado.

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*Socióloga y Doctora en Creatividad Aplicada, UDIT - Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología.

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