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| 6/1/2019 9:00:00 PM

Jeff Koons y el conejo de los 91 millones de dólares

El estadounidense se convirtió, una vez más, en el artista vivo más cotizado del planeta. ‘Rabbit’, su obra de acero inoxidable realizada en 1986, rompió un récord que solo duró seis meses. ¿Virtud artística? ¿Trofeo de los potentados?

Jeff Koons y el conejo de los 91 millones de dólares Jeff Koons ocupa además el tercer lugar en la lista de obras más costosas con ‘Balloon Dog (Orange)’. Guste o no, su huella es innegable. Foto: getty images

El mundo del arte vive tiempos curiosos en los que el récord de la obra más costosa de un artista vivo dura apenas unos meses. La línea entre el arte monetizado, su apreciación y su estatus como trofeo para personajes absurdamente acaudalados se difumina cada vez más.

A finales de 2018, el pintor británico David Hockney acaparó titulares a sus 81 años cuando su obra Portrait of an Artist (Pool with Two Figures), hecha en 1972, alcanzó un precio de 90,2 millones de dólares y se convirtió en la más cara de un artista vivo. Solo seis meses después, el 16 de mayo, el escultor nortemericano Jeff Koons recuperó el primer lugar con la subasta de su obra Rabbit, un conejo en acero inoxidable que creó en 1986,en la línea de muchos de sus trabajos resplandecientes, La obra alcanzó los 91,3 millones de dólares, y si bien el artista no vio un peso de esta venta (no porque le haga falta), el hecho sí lo ratifica el artista más cotizado en el mundo: después de todo, ocupa el primer y tercer lugar en el top tres de las obras más costosas. Koons ya había liderado en 2013 ese listado con su Balloon Dog (Orange), su perrito de globos naranjas subastado por 58,4 millones.

Hace seis meses, ‘Portrait of an Artist (Pool with Two Figures)’, de David Hockney, alcanzó 90,2 millones. Los récords caen más y más pronto.

Rabbit, como la carrera de Koons, tiene admiradores y detractores. La revista The New Yorker desaprueba la mayoría de sus trabajos, pero considera que el conejo representa una obra tan costosa como maravillosa Lo destaca como un ícono de los excesos de los años ochenta, en los que la sociedad predicaba “fornicar como conejo, hacer más dinero, y tener más juguetes”. También cita a Kirk Varnedoe, fallecido curador del MoMa e historiador de arte, quien en su momento dijo que “casi por reflejo involuntario, este conejo me impacta como las obras que dan en todo el blanco”. En la contraparte, decenas de críticos denuncian a Koons por regurgitar lo obvio y celebrar la banalidad que encuentra en aspiradoras, balones de baloncesto y cachorritos. Pero hasta estas voces aceptan que hoy es imposible imaginar el panorama del arte estadounidense sin su impronta. Más allá de su valor artístico, Koons es un actor de importancia a prueba de cuestionamientos.

Lo critican también por liderar una empresa artística en la que sus empleados hacen reproducciones con las que muchas veces él ni entra en contacto. Pero escultores como Rodin ya lo habían hecho desde finales del siglo XIX, y por eso Koons no se apena. Tampoco por la serie Made in Heaven, que realizó en los años noventa inspirado en su esposa del momento, la recordada actriz porno italiana Ilona Staller, conocida como la Cicciolina. Y mucho menos por el absurdo valor que han conseguido sus obras, un hecho del que trata de desmarcarse infructuosamente cada vez que se expone a una rueda de prensa.

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Y ahora protagoniza en México una enorme muestra en el Museo Jumex titulada El deseo y el objeto en la obra de Marcel Duchamp y Jeff Koons. Su curaduría plantea un diálogo de Koons con el dadaísta que cambió el curso del arte en el siglo XX.

Para varios observadores como Jesús Silva-Herzog, del diario Reforma de México, la idea de poner a estos dos artistas en un mismo plano resulta insultante, pero esto no implica que la muestra, que se extenderá hasta septiembre, no sea un éxito rotundo.

Massimiliano Gioni, curador y director del New Museum de Nueva York, explica que “la exhibición propone un sistema de elecciones afines, de resonancias formales y conceptuales entre ambos, y persigue lo que Duchamp llamaba la cointeligencia de contrarios entre sus mundos artísticos”. Esta presenta la obra de ambos con énfasis en Koons, pero con trabajos de impacto histórico de Duchamp como Fountain, una obra fundamental del siglo XX que la curadora asociada Natalie Bell presenta así: Duchamp desmontó el añejo e intocable supuesto de que el gusto, la belleza y los juicios estéticos eran los ideales y estándares que definían el arte. En 1913, creó sus primeros ‘ready-mades’ y entre ellos, el que alcanzaría mayor celebridad, un orinal de cabeza”.

Una muestra en el Museo Jumex, en Ciudad de México, plantea un diálogo entre el arte de Koons y el de Marcel Duchamp, lo que muchos consideran un sacrilegio.

Las conexiones entre ambos, considerados por los curadores “los más influyentes del siglo XX”, también quedan plasmadas en el libro de autor colectivo Apariencia desnuda. Este plantea que, a pesar de las décadas que separan sus universos, los dos artistas “cuestionaron la función de los objetos y la fascinación por los bienes de consumo, desarrollaron filosofías individuales, pero complementarias, sobre el deseo y el gusto y propusieron nuevas formas de pensar el arte y el yo”.

El crítico Juan Albarrán se ubica del otro lado del espectro, y sobre la muestra concluye en el diario El Mundo de Madrid que “cada espectador extraerá conclusiones diferentes de ese diálogo asimétrico. O, simplemente, se hará una selfi ante un reluciente perro inflable de acero color fucsia”.

Y es que la obra de Koons parece diseñada para abrazarla o detestarla. Después de los atentados de 2015 en París decidió hacerle una ofrenda a la ciudad: una escultura de un racimo de tulipanes de gran escala que esperaba ubicar en el prominente Palais de Tokyo. Pero el plan cambió luego de que parisinos influyentes criticaron agriamente el proyecto. Estos exaltaron su inventiva en los años ochenta (en sus series Pre-New, the New, Equilibrium, Banality) pero lo llamaron hoy “un emblema del arte industrial, espectacular y especulativo”. Los tulipanes llegaron a París, pero terminaron en el menos notorio Petit Palais.

El buqué de tulipanes que Koons regaló a París generó controversia, y casi no se lo reciben. Por otro lado, el famoso perrito hecho de globos naranja es un ícono de su obra, tan caro como reconocible a nivel mundial.

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Conejo saltarín

Considerando su enorme precio, resulta interesante seguir el recorrido de Rabbit. Koons se inspiró en un juguete inflable y hay cuatro en el mundo. Como anota The New York Times, lo compró el coleccionista y comerciante de arte Robert E. Mnuchin, padre del secretario del tesoro estadounidense Steven Mnuchin. Pero, según versiones recientes, lo adquirió para alguien que no ha querido revelar. Se barajan los nombres de varios personajes muy dinerados pero envueltos en escándalos de evasión de impuestos. Antes de llegar a estas manos, este conejo perteneció al multimillonario S.I. Newhouse, propietario de la editorial Condé.Nast, quien la compró por un millón de dólares al pintor Terry Winters. Este había pagado 40.000 dólares por él y, hoy, quizás está pensando en qué sería de sus finanzas si no la hubiera vendido tan pronto.

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