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| 6/18/2018 8:10:00 AM

Razones para seguir leyendo a Saramago

Este 18 de junio se cumplen ocho años de la muerte del escritor portugués. SEMANA le presenta una selección de fragmentos para recordarlo.

Ocho años después de su muerte, Semana recuerda a José Saramago José Saramago. Foto: Archivo Semana

Hace veinte años la academia sueca reconocía el trabajo de José Saramago con el Premio Nobel de Literatura: “Por su capacidad para volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”. El mayor reconocimiento que puede recibir un escritor en vida, le llegaba al portugués después de consagrar su repertorio literario con novelas como Levantado del suelo (1980), Memorial del convento (1982), El año de la muerte de Ricardo Reis (1984) y La balsa de piedra (1986).

Había nacido en 1922, en una fraguesia (un tipo de organización administrativa) cerca del río Tajo, a unos 120 kilómetros de Lisboa. Sus padres eran campesinos y tenían pocas tierras. Y su apellido, que ahora es uno de los más recordados en la literatura, fue un error del registrador, que en lugar de ‘Sousa’, escribió ‘Saramago’.

Años después se mudó con su familia a Lisboa y allí, a los 12 años, empezó a estudiar en una escuela industrial. Además de los saberes técnicos, tuvo una sólida formación humanística: se acercó a los clásicos y aprendió de memoria varios fragmentos de sus libros favoritos. Siempre fue un alumno destacado, hasta que sus padres no pudieron seguir pagando sus estudios.

Trabajó durante dos años en una herrería para mantener a su familia. Luego tuvo un cargo de administración de la seguridad social. Se casó, empezó a escribir, y en 1947, el mismo año que nació su primera hija, publicó sin éxito Tierra de pecado, su primera novela. Por ese tiempo escribió también Claraboya, que solo fue publicada en 2012, dos años después de su muerte.

Su relación con la literatura se rompió por casi veinte años. Decía que no tenía mucho para decir, y que cuando eso pasaba, lo mejor era callar. Entonces trabajó en una compañía de seguros, al tiempo que era periodista en un periódico portugués, del que fue expulsado por razones políticas. Fue crítico literario, comentarista cultural y participó de la Asociación portuguesa de escritores.

Fue perseguido y censurado por la dictadura de Antonio de Oilveira Salazar. Se dedicó a ser editor y en sus tiempos libres traducía a Baudelaire, Tólstoi y Maupassant. Más tarde se sumó a la ‘Revolución de los claveles’, el levantamiento militar que dio fin al ‘Estado Novo’ que promovía Salazar. Y desde 1976 recuperó su relación con la literatura, publicando casi sin descanso.

Aparecieron entonces sus obras más recordadas: El evangelio según Jesucristo en 1991, Ensayo sobre la ceguera en 1995, y Todos los nombres en 1997. Al año siguiente obtuvo el nobel. Y luego vinieron La caverna (2000), El hombre duplicado (2002), Ensayo sobre la lucidez (2004), y Las intermitencias de la muerte (2005). Todas alegorías de la vida, del hombre y del pensamiento.

Escribió hasta el final de sus días, como ha sido constante en los grandes genios, y dejó treinta páginas de una novela iniciada. En 2010, una leucemia crónica le provocó un fallo en los demás órganos y murió a los 87 años.

Ocho años después de su muerte, la literatura del siglo XX lo recuerda como uno de sus más grandes exponentes. Sus obras han sido la bisagra entre dos siglos y han puesto sobre la mesa las letras de una vida dedicada al pensamiento.

SEMANA le presenta tres fragmentos de sus obras más conocidas para recordarlo:

Ensayo sobre la ceguera (1995)

“Nadie lo diría. A primera vista, los ojos del hombre parecen sanos, el iris se presenta nítido, luminoso, la esclerótica blanca, compacta como porcelana. Los párpados muy abiertos, la piel de la cara crispada, las cejas repentinamente revueltas, todo eso que cualquiera puede comprobar, son trastornos de la angustia. En un movimiento rápido, lo que estaba a la vista desapareció tras los puños cerrados del hombre, como si aún quisiera retener en el interior del cerebro la última imagen recogida, una luz roja, redonda, en un semáforo. ¡Estoy ciego, estoy ciego!, repetía con desesperación mientras le ayudaban a salir del coche, y las lágrimas, al brotar, tornaron más brillantes los ojos que él decía que estaban muertos. Eso se pasa, ya verá, eso se pasa enseguida, a veces son nervios, dijo una mujer”.

La caverna (2000)

“Entre las chabolas y los primeros edificios de la ciudad, como una tierra de nadie separando las dos partes enfrentadas, hay un ancho espacio libre de construcciones, pero, mirándolo con un poco más de atención, se observa no sólo una red de huellas entrecruzadas de tractores, ciertas explanaciones que sólo pueden haber sido causadas por grandes palas mecánicas, esas implacables láminas curvas que, sin dolor ni piedad, se llevan todo por delante, la casa antigua, la raíz nueva, el muro que amparaba, el lugar de una sombra que nunca más volverá a estar. Sin embargo, tal como sucede en las vidas, cuando creíamos que nos habían quitado todo, y de pronto descubrimos que nos queda algo, también aquí unos fragmentos dispersos, unos harapos emporcados, unos restos de materiales de deshecho, unas latas oxidadas, unas tablas podridas, un plástico que el viento trae y lleva nos muestran que este territorio había estado ocupado antes por los barrios de marginados”. 

 Caín (2009)

“Cuando el señor, también conocido como dios, se dio cuenta de que a adán y eva, perfectos en todo lo que se mostraba a la vista, no les salía ni una palabra de la boca ni emitían un simple sonido, por primario que fuera, no tuvo otro remedio que irritarse consigo mismo, ya que no había nadie más en el jardín del edén a quien responsabilizar de la gravísima falta, mientras que los otros animales, producto todos ellos, así como los dos humanos, del hágase divino, unos a través de mugidos y rugidos, otros con gruñidos, graznidos, silbos y cacareos, disfrutaban ya de voz propia. En un acceso de ira, sorprendente en quien todo lo podría solucionar con otro rápido fíat, corrió hacia la pareja y, a uno y luego al otro, sin contemplaciones, sin medias tintas, les metió la lengua garganta adentro. En los escritos en los que, a lo largo de los tiempos, se han ido consignando de forma más o menos fortuita los acontecimientos de esas remotas épocas, tanto los de posible certificación canónica futura como los que eran fruto de imaginaciones apócrifas e irremediablemente heréticas, no se aclara la duda de a qué lengua se refería, si al músculo flexible y húmedo que se mueve y remueve en la cavidad bucal y a veces fuera, o al habla, también llamado idioma, del que el señor lamentablemente se había olvidado y que ignoramos cuál era, dado que no quedó el menor vestigio, ni tan siquiera un corazón grabado en la corteza de un árbol con una leyenda sentimental, algo tipo te amo, eva”. 

 

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