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¿Por qué los franceses no quieren a Napoleón?

El aniversario por los 200 años de la muerte de Napoleón encendió un debate en torno a si se debe conmemorar ese hecho histórico. Para algunos, rendirle un homenaje “al sepulturero de república” es un insulto a Francia.


Durante todo el año pasado se conmemoraron los 250 años del natalicio de Beethoven. Los homenajes al compositor se dieron por todo el mundo y su natal Alemania botó la casa por la ventana. Nadie, sin sonar exagerado, puso en duda su trascendencia histórica.

Cosa diferente está sucediendo con Napoleón Bonaparte, que este 2021 cumple 200 años de muerto. Pese a su importancia histórica, tanto para Francia como para Europa y el mundo, los franceses han abierto un intenso debate sobre la conmemoración de este aniversario con el que, al parecer, nadie está contento.

Los defensores de la gloria del emperador creen que el Gobierno de Emmanuel Macron no ha hecho nada para conmemorar con la pompa requerida la memoria de uno de los personajes más destacados de la Francia moderna. Temen que en esta ocasión vuelva a suceder lo de hace dos años, cuando los 250 años del nacimiento del conquistador francés pasaron sin pena ni gloria. Y recuerdan los festejos de los 200 años del natalicio encabezados por el presidente Georges Pompidou, en 1969. Ese es el reclamo de Thierry Lentz, director de la Fundación Napoleón, en el periódico Le Parisien: “¡Sabremos defendernos! No se trata de que nos roben este aniversario, la última oportunidad para conmemorar al personaje más ilustre de nuestra historia desde hace mucho tiempo”.

Por otra parte, otros dicen que “aquí no hay nada que celebrar” porque Napoleón fue un criminal que sumió a Francia en costosas y sangrientas guerras, acabó con la república (baluarte de los franceses ante el mundo), sepultó los valores de la Revolución francesa, acentuó el colonialismo y, lo más grave, restableció la esclavitud. Para este sector, conmemorar algún aniversario que exalte la gloria del emperador es justificar y hasta respaldar una versión elitista, conservadora y racista de la historia francesa.

Al respecto, Louis-Georges Tin, presidente del Consejo Representativo de las Asociaciones Negras de Francia, le dijo al Le Parisien: “No es una mancha, ni una falta, es un delito, e incluso un doble delito. Francia es el único país del mundo que ha restablecido la esclavitud. No entiendo por qué seguimos celebrando su recuerdo como si nada hubiera pasado. Enseñar a Napoleón está bien, pero conmemorarlo es disculparse por un crimen histórico”.

Tras dos décadas de su repatriación, los restos de Napoleón fueron depositados en el Hôtel National des Invalides. En París solo hay dos estatuas del emperador: una en donde se encuentra su tumba (foto) y otra, la columna Vendôme, en la plaza Vendôme.
Tras dos décadas de su repatriación, los restos de Napoleón fueron depositados en el Hôtel National des Invalides. En París solo hay dos estatuas del emperador: una en donde se encuentra su tumba (foto) y otra, la columna Vendôme, en la plaza Vendôme. - Foto: afp

En la mitad se encuentran algunos historiadores (en realidad pocos) que hacen un llamado a la cordura y a evitar la “histerización” de la historia. Si bien concuerdan que toda conmemoración histórica es un asunto político que revela las discusiones presentes y crea bandos a favor y en contra, también creen que esta nueva oleada de revisionismo histórico, basada en la corrección política, puede traer consecuencias nefastas como la amnesia histórica o la difusión de leyendas negras de hechos o personajes, que lejos de ayudar a comprender el pasado crean dogmas.

Esas constantes polémicas demuestran que el emperador es un peso con el que cargan los franceses, ya que 200 años después de su muerte no se han podido poner de acuerdo sobre si es un héroe o un villano, o si él puede representar la unidad del pueblo francés. ¿Por qué sucede esto? La primera respuesta es obvia y se debe a la compleja personalidad de Napoleón, que reúne tantos rasgos dignos de un encomio como defectos que lo podrían hacer parecer un inclemente dictador. Además, su vida es una seguidilla de hechos, en apariencia, contradictorios entre sí. En su juventud defendió y salvó la república que surgió de la Revolución francesa, pero años después la acabó al autocoronarse emperador, pacificó a Francia, pero sumió en una guerra total a Europa, estableció el Código Civil, pero restableció la esclavitud.

Pero hay otra respuesta que explica por qué los franceses tienen una relación de amor y odio con Napoleón que tiene que ver con su mitificación y las leyendas negras y doradas que se han construido alrededor de él. En distintos medios de comunicación, Yves Bruley, historiador, vicepresidente de la École Pratique des Hautes Études, ha dicho que cuando se discute sobre el papel histórico del emperador se toman más en cuenta los argumentos de la mitología en torno a él que los hechos históricos. Por eso, según declaró Bruley a la revista La Croix, “es fundamental que los aniversarios históricos sean la ocasión para avanzar en el conocimiento y todavía queda mucho por estudiar en torno a Napoleón”.

Las leyendas negras y doradas, base de las discusiones actuales que se han alimentado con nuevos elementos como el de la esclavitud y el racismo, comenzaron a tomar fuerza en los últimos años de vida de Napoleón, a partir de su exilio en la isla Santa Elena, que comenzó en octubre de 1815. Los ingleses fueron los principales propagandistas de imagen malvada del emperador. Y tuvieron éxito. En Inglaterra, Alemania y Rusia, Napoleón quedó reducido a un personaje egocéntrico, extravagante y vanidoso que casi lleva a la perdición a Europa. Por su puesto, esta leyenda servía para construir el relato de cómo los ingleses y rusos habían sido los héroes al derrotar al dictador francés.

La leyenda dorada hunde sus raíces en la popularidad de Napoleón en el pueblo raso francés, en especial en el campesinado. Pese a su derrota, el emperador no perdió el favor de ellos y durante la turbulenta década que siguió a su muerte fue resaltado como esa figura que puso orden y trajo prosperidad y grandeza a Francia. A partir del establecimiento de la monarquía constitucional en 1830, regida por Luis Felipe I, ese mito heroico fue explotado con fines políticos. En 1840, el último rey que tuvo Francia ordenó el traslado de los restos de Napoleón. El hecho, que causó cierta sorpresa entre la decaída realeza francesa, era un meticuloso ejercicio de propaganda para tratar de mostrar a la Monarquía de Julio como una nueva etapa de la historia en la que Francia recuperaría su grandeza como en la era napoleónica.

De allí en adelante Napoleón se ha convertido en parte de las discusiones políticas. Después de la Segunda Guerra Mundial, su imagen sirvió para recobrar el orgullo nacional, pero a partir del bicentenario de su nacimiento, Napoleón ha empezado a convertirse en un lastre histórico para los franceses. Tal es el descontento que él genera que, al igual que con otros personajes polémicos, en los últimos años el Estado francés ha optado por dejar de hacer conmemoraciones nacionales para evitar herir susceptibilidades. Pero esta posición también ha generado polémica. Más allá de si se deben conmemorar los 200 años de la muerte de Napoleón, lo importante es que este debate no culmine en una especie de eugenesia histórica en la que se termine mandando al ostracismo a personajes que, para bien o para mal, dieron curso a los acontecimientos mundiales.