ECONOMÍA

Infraestructura en pausa: el costo de llegar al final del camino sin proyectos

El país se acerca al final de un ciclo político. El gobierno entra en su ocaso, en medio de una contienda electoral de extremos y con un balance que, en materia de infraestructura, deja más desazón que satisfacción.

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Paola A. Larrahondo C. - Socia Infraestructura Pérez Llorca, Gómez-Pinzón
17 de febrero de 2026, 5:53 p. m.
Foto de referencia sobre trabajos de infraestructura adelantados en Colombia
Foto de referencia sobre trabajos de infraestructura adelantados en Colombia Foto: Sacyr

Para un sector acostumbrado a pensar en horizontes de largo plazo, este cierre de cuatrienio resulta particularmente inquietante.

Los resultados son, siendo generosos, discretos. No hubo un impulso decidido a la infraestructura como motor del crecimiento, la competitividad y el empleo. Por el contrario, hoy enfrentamos un escenario marcado por una profunda estrechez fiscal, problemas serios de liquidez y un déficit que hereda al próximo gobierno una tarea compleja: reconstruir la confianza y ordenar la casa antes de volver a invertir.

Un cuatrienio sin grandes apuestas

En cuatro años, el país vio salir a licitación apenas dos proyectos de envergadura: un proyecto ferroviario y un corredor vial. Para un sector que venía de una década de dinamismo, con un flujo constante de iniciativas, financiaciones y estructuraciones, el contraste es evidente.

El pipeline de proyectos —ese inventario vital que permite planear, financiar y ejecutar— prácticamente se agotó. No solo no se alimentó, sino que se desmanteló. El énfasis se concentró en proyectos férreos de gran escala, cuya sostenibilidad financiera despierta dudas legítimas: demandan niveles muy altos de CAPEX y OPEX, sin que exista claridad sobre una demanda de pasajeros o carga suficiente que permita financiarlos vía tarifas. Basta con decir que uno solo de estos proyectos equivale a casi toda la inversión en infraestructura de una década.

Las regiones, a la espera

El impacto de esta falta de impulso se sintió con mayor fuerza en las regiones. Muchos proyectos de trenes, corredores viales, accesos urbanos y aeropuertos quedaron esperando respaldo nacional. La infraestructura regional no encontró eco ni acompañamiento efectivo.

Paradójicamente, ahí se encuentra una de las mayores oportunidades hacia adelante. Esos proyectos que hoy duermen en los anaqueles pueden convertirse en las victorias tempranas de un nuevo gobierno que entienda que la infraestructura no puede depender de alianzas políticas coyunturales, sino de criterios técnicos, financieros y de impacto territorial.

Infraestructura social: una apuesta que no cuajó

El balance tampoco es alentador en infraestructura social. Aunque fue presentada como una gran bandera del gobierno, la realidad es que los proyectos de agua, saneamiento y educación no lograron despegar. Las carteras responsables nunca los asumieron como propios.

Faltó liderazgo, coordinación y, sobre todo, convicción. En agua potable, acueductos y plantas de tratamiento (PTAR), los avances fueron marginales. En colegios y equipamientos educativos, la desidia administrativa terminó imponiéndose. El resultado: proyectos todavía bajo promesa de estar en estructuración, ninguno sin salir al mercado.

Un problema adicional: menos recursos, más tarde

A este panorama se suma un factor crítico: el déficit fiscal. La estrechez de caja del gobierno nacional implica que los recursos públicos para infraestructura se desplazan en el tiempo. Las obras públicas tradicionales, financiadas con presupuesto, simplemente se vuelven inviables en el corto y mediano plazo. Esto no es un problema ideológico; es una realidad fiscal. Y el sector lo sabe.

Volver a lo que sí funcionó

En este contexto, el modelo de Asociaciones Público-Privadas (APP) y concesiones vuelve a cobrar relevancia. No como una solución mágica, sino como una herramienta probada que permite ejecutar inversiones hoy y pagarlas en el largo plazo, sin frenar el desarrollo.

Fue este modelo el que generó un verdadero boom en el sector: atrajo inversión extranjera, financiamiento local e internacional, grandes constructoras, operadores especializados y, sobre todo, empleo. Permitió construir carreteras, aeropuertos y proyectos estratégicos cuando el Estado sí tenía la prioridad de crecer y cerrar la brecha de conectividad.

Retomar ese camino exige reglas claras, seguridad jurídica, una institucionalidad fuerte y una visión de largo plazo. Pero también exige reconocer que sin participación privada no habrá reactivación real del sector.

El desafío del próximo gobierno

El mensaje es claro. El próximo gobierno no solo recibirá un déficit fiscal complejo, sino un sector de infraestructura sin proyectos maduros, sin pipeline y con una urgencia evidente de reactivación. La buena noticia es que el potencial está ahí: en las regiones, en la infraestructura social, en los corredores logísticos y en un modelo de APP que ya demostró su capacidad para transformar el país. La pregunta no es si se puede, sino si habrá la voluntad de hacerlo bien y sin improvisaciones.

Porque en infraestructura, como en los grandes viajes, llegar al final del camino sin proyectos no es una opción.