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| 9/6/2018 2:42:00 PM

La consulta anticorrupción, la educación y el cambio cultural

El pedagogo Julián De Zubiría defiende el Pacto Nacional contra la corrupción que se está gestando, pero advierte que si éste deja por fuera a los científicos, los educadores, los artistas y los periodistas, sus impactos serán de poco alcance.

El Pacto Nacional contra la corrupción, columna de Julián de Zubiría Samper La Consulta Popular Anticorrupción sacó 11'771,420 votos. Pese a que ganó el sí con el 99% de votos válidos, no se llegó al umbral de 12'140,342 para que las medidas que proponía la consulta pasaran. Foto: Esteban Vega / SEMANA
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Semana Educación

La Consulta Anticorrupción es la movilización ciudadana más importante, diversa y plural realizada en las últimas décadas en Colombia. Un original reguetón, escrito por el periodista Daniel Samper Pizano, le dio, días antes de las elecciones, el impulso final a la iniciativa. El resultado fue mejor que lo previsto por los más optimistas. Superó con creces los 6 millones de votos de quienes apoyamos el plebiscito por la paz, los 8,5 millones logrados por Gustavo Petro en la segunda vuelta y los 10,4 millones que convirtieron a Iván Duque en el actual presidente del país.

Con 11,7 millones de votos alcanzados, los efectos políticos de la consulta no se hicieron esperar. Al final, todos los partidos políticos terminaron apoyándola. La única excepción fue el Centro Democrático, partido que la respaldó mientras estaba en campaña y que pidió aplazarla para que su resultado no interfiriera la elección presidencial, pero una vez obtuvieron la presidencia, sus principales dirigentes se fueron lanza en ristre contra la convocatoria ciudadana.

Al día siguiente de realizada la consulta, fueron convocados a palacio los líderes de todos los partidos políticos –incluyendo la dirigencia del nuevo partido de las desmovilizadas FARC–, los directores de los organismos de control del Estado y Angélica Lozano y Claudia López, las dos líderes indiscutibles de la movilización. Se creó una mesa técnica para definir el paquete de reformas legislativas que deberá ser tramitada en el congreso antes de que culmine el presente año.

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Es muy positivo que comencemos a marchar hacia un pacto nacional contra la corrupción y que aparezcan los primeros síntomas de consensos políticos en un país que hace décadas no se ha puesto de acuerdo en ninguno de los temas esenciales: la paz, la restitución de tierras, la lucha contra la desigualdad, el modelo de desarrollo, la necesaria reforma a la educación, entre otros. Es un hecho político relevante que se busquen mecanismos concretos para garantizar una contratación pública más transparente, sanciones para los corruptos y que se intente impedir que los políticos se atornillen al poder. Así mismo, es muy favorable que se piense en fortalecer la rendición de cuentas y la participación ciudadana. Sin embargo, es un acuerdo entre políticos y, como todos sabemos, a ellos se les conoce por sus actos más que por sus palabras; por lo que han hecho y no por lo que dicen que harán a futuro. Los políticos tienen en abundancia lo que inmortalizó a Pinocho, sobre todo si se trata de avalar una idea respaldada por la gran mayoría de colombianos o si están en campaña electoral (y casi siempre lo están). Así mismo –y es lo que quisiera resaltar–, el acuerdo deja de lado un aspecto esencial de la corrupción: la dimensión cultural.

En Colombia, la corrupción ha permeado por completo la estructura cultural y valorativa de la sociedad. No podemos confundirnos: será imposible superarla sin involucrar las esferas de la cultura y la educación. Para dejarla atrás será decisivo el papel de los artistas, los científicos, los educadores, los medios de comunicación y las familias. Sin contar con ellos, el acuerdo político no tendrá ideas, fuentes y argumentos que ayuden a interpretar el fenómeno; ni ojos que vigilen su cumplimiento, ni respaldo ciudadano que asegure una transformación más real que la que suele pensar y hacer la clase política del país. A la clase política le encanta el maquillaje. Los científicos y los artistas son esenciales para develarlo.

Durante mi juventud hice magia y sé que cuando un mago pide que miren la mano izquierda es porque ya ha hecho el truco o porque lo está haciendo con la mano contraria. Los políticos son como los magos: hacen sus trucos mientras el público está mirando para otro lado. Por ello son tan frecuentes las “cortinas de humo” para distraer. A los políticos no hay que oírles lo que dicen, sino lo que callan. Por eso suelen tener temor de que se consolide la lectura crítica entre los ciudadanos. La lectura y el pensamiento crítico liberan al hombre y debilitan las prácticas politiqueras. Una de ellas, es la corrupción o el uso del poder en beneficio propio.

Muchos ciudadanos pagan a contadores para evadir los impuestos que les corresponden, se cuelan en las filas con sus vehículos, subregistran el valor de las propiedades que venden para pagar menos tributos, consiguen puestos para sus amigos y familiares, aunque éstos no tengan las competencias para los cargos. Según este criterio, está bien que los gobernantes roben, siempre y cuando hagan obras. Según esto, el problema no es la corrupción, sino no beneficiarse de ella. Por eso muchos de los que hablan todo el tiempo contra la corrupción, son los primeros en evadir impuestos o en sobornar a los policías de tránsito. Por ello, dos millones de colombianos depositaron en la captadora ilegal DMG los ahorros de sus vidas esperando aumentar su capital, con dineros generados por el lavado del dinero y el tráfico de drogas. ¿Será que todas estas prácticas podrán ser modificadas con un acuerdo entre los partidos políticos? ¿Será que el pacto nacional que se está gestando entre los partidos logrará convencer al 53% de los jóvenes que están equivocados cuando dicen que les parece natural y conveniente que “un funcionario público apoye a sus amigos consiguiéndoles empleos en su oficina”, como lo revela la Encuesta Internacional de Cívica de 2016.

Para profundizar: ¿Por qué los jóvenes están de acuerdo con los dictadores y la corrupción?

Es deber de los artistas ayudar a sensibilizar a los colombianos, asumir la voz de los silenciados y expresar indignación ante los atropellos. Los educadores deberíamos enfrentar todo el tiempo a nuestros estudiantes a dilemas éticos y desarrollar lectura y pensamiento crítico, para poder formar ciudadanos más comprometidos, más libres y más independientes. Al mismo tiempo, los periodistas tienen que investigar para poder denunciar con argumentos y exigir que se examine a los presuntamente implicados en delitos. Los medios tienen que actuar como poder independiente, vigilantes y denunciantes de los abusos del poder, los cuales casi siempre conducen a actos de corrupción. Alguien puede pensar que son metas distantes en el tiempo y muy complejas de alcanzar. Es cierto, pero es el único camino para atacar el problema desde sus raíces. Es la única forma de erradicar los problemas y no de contentarnos con darle pañitos de agua tibia a un paciente enfermo de cáncer.

Para leer: ¿Cómo cambiar la cultura del avivato?

Dos hechos tomados del completo y reciente informe de la Universidad Externado de Colombia evidencian que, sin un trabajo más profundo y estructural a nivel cultural, es relativamente poco lo que podemos esperar de un acuerdo entre la clase política colombiana:

El primero es que en los últimos veinte años no hemos avanzado en la lucha contra la corrupción liderada por la clase política. A pesar de los diversos gobiernos que se han sucedido, de haber adoptado fórmulas del Banco Mundial y la OCDE para aumentar la transparencia, a pesar de las leyes de acceso a la información pública (2014), de la reducción de trámites (2012) y del Estatuto Anticorrupción, la corrupción en Colombia es muy similar en 1995 y en el 2016. ¿Por qué será?

El segundo es que el 91% de los empresarios consideran que secretamente se ofrecen dádivas para obtener contratos. Es decir, prácticamente todos piensan eso. Ellos mismos dicen que si no pagan los sobornos, se pierden los negocios. Y ellos saben por qué lo dicen, ya que la corrupción nunca la comete una sola de las partes involucradas. Todo acto de corrupción vinculado con la contratación involucra a quien da y a quien recibe el soborno.

La conclusión parece obvia: Si en el acuerdo nacional que se está gestando contra la corrupción no tienen un papel protagónico y de primera línea los científicos, artistas, educadores y periodistas, muy posiblemente en veinte años tengamos que volver a hacer otra movilización contra la corrupción. Ojalá no sea necesario esperar tanto.

*Director del Instituto Alberto Merani y consultor en educación de las Naciones Unidas. 
Twitter: @juliandezubiria

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