Variabilidad climática

El Niño no afectará a toda Colombia por igual: así cambiará el clima en cada región

Sequías, lluvias e impactos sobre el agua, la energía y los ecosistemas no se distribuyen de manera uniforme. La diversidad climática del país explica por qué un mismo fenómeno produce efectos tan distintos entre regiones.

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25 de septiembre de 2026 a las 11:49 p. m.
Los efectos de la variabilidad climática sobre las lluvias pueden modificar el caudal de los ríos y la disponibilidad de agua en distintas regiones de Colombia.
Los efectos de la variabilidad climática sobre las lluvias pueden modificar el caudal de los ríos y la disponibilidad de agua en distintas regiones de Colombia. Foto: Camilo - stock.adobe.com

El 11 de abril de 2024, Bogotá vivió una escena inédita en su historia reciente: cerca de 9 millones de habitantes tuvieron que reorganizar su rutina debido a los turnos de racionamiento de agua. La causa estaba a más de 3.000 metros de altitud, en los embalses del sistema Chingaza, cuyas reservas habían caído a niveles históricamente bajos tras meses de déficit de lluvias asociado al fenómeno de El Niño.

Mientras la capital enfrentaba restricciones, el panorama era muy distinto en otras regiones. En Antioquia, el descenso del embalse de Guatapé dejó al descubierto playas, islotes e incluso el casco de una embarcación sumergida desde hacía años. En el Caribe, las altas temperaturas agravaban la escasez de agua, mientras que, en la costa de Nariño, paradójicamente, aumentaban las lluvias. Esa aparente contradicción resume la esencia del fenómeno: hablar de los efectos de El Niño en Colombia, en singular, resulta impreciso.

Con ese antecedente, el país se prepara ahora para un nuevo episodio de El Niño. El Gobierno nacional declaró el Desastre Nacional antes de que el fenómeno alcanzara su mayor intensidad. Mediante el decreto 0802 activó durante 12 meses instrumentos técnicos, presupuestales y jurídicos para anticipar impactos en 558 municipios con riesgo alto o muy alto de desabastecimiento de agua potable, 111 de ellos en la categoría más crítica. El Instituto Internacional de Investigación para el Clima y la Sociedad, de la Universidad de Columbia, estimó en un ciento por ciento la probabilidad de que El Niño se mantuviera hasta enero de 2027, mientras el Ideam calculó en 81 por ciento la probabilidad de que alcanzara una intensidad muy fuerte entre octubre y diciembre.

Detrás de esas cifras hay una idea esencial: El Niño no crea un clima nuevo; se superpone al que ya existe. Así lo explicó Ghisliane Echeverry Prieto, directora del Ideam: “Este fenómeno no llega a reemplazar esa climatología de base ni a cambiar de fondo todo el clima del país. Simplemente es un fenómeno más de variabilidad climática que se sobrepone sobre lo que ya existe y empieza a generar unas condiciones predominantes”.

Ese patrón climático explica por qué un mismo fenómeno produce respuestas tan distintas entre regiones. Hay zonas con lluvias todo el año; otras, con una sola temporada húmeda; y otras, con dos. Cuando El Niño coincide con la época naturalmente seca, el déficit de precipitaciones se intensifica; cuando ocurre durante la temporada de lluvias, sus efectos tienden a moderarse. La excepción más llamativa es la costa de Nariño, donde El Niño suele producir el efecto contrario, con precipitaciones por encima de lo habitual –el mismo comportamiento que se observa en la costa ecuatoriana.

La bióloga Catalina González Arango, autora líder del Séptimo Informe del IPCC de las Naciones Unidas, coincidió en que la sensibilidad del territorio es tan importante como la intensidad del fenómeno: “Sequía no significa que deje de llover de un momento a otro, sino que disminuye el volumen de precipitaciones frente a lo habitual. Esa reducción, que puede ser del 30 o 40 por ciento en el Caribe, la Región Andina o el Pacífico, genera impactos diferentes según la sensibilidad de cada territorio”. En el Caribe, esa disminución se siente mucho más que en el Chocó, una de las regiones más húmedas del planeta.

La geografía del fenómeno

La diversidad climática de Colombia es una de las mayores del planeta: en un territorio relativamente pequeño conviven desiertos, selvas húmedas, montañas andinas, sabanas y costas sobre dos océanos. Entender El Niño exige abandonar una idea extendida: no “seca” al país por igual. Modifica el comportamiento habitual de las lluvias y la temperatura en cada región, y la magnitud de esos cambios depende del clima que existía antes de que el Pacífico comenzara a calentarse.

Echeverry resumió esa diferencia en un concepto: la climatología de base. Cada región tiene un patrón propio de lluvias, temperatura y humedad; El Niño no lo reemplaza, se superpone a él y modifica su intensidad. La Región Andina y el Caribe sienten los impactos antes y con mayor fuerza. En la Orinoquia y la Amazonia suelen manifestarse más tarde y con menor severidad, aunque cuando El Niño alcanza intensidad muy fuerte, esas regiones también registran déficits de lluvia, mayor riesgo de incendios y alteraciones en sus ecosistemas.

Pero la distribución desigual de las lluvias no significa que sus efectos queden confinados a cada territorio: en Colombia, una sequía regional puede terminar afectando al conjunto del país.

Una sequía que se propaga

Colombia opera buena parte de sus sistemas hídrico y energético de manera integrada. Aunque llueva en el Pacífico, si los embalses que abastecen a Bogotá –como Chingaza– reducen de forma crítica sus niveles, la ciudad enfrenta restricciones, como ocurrió en 2024. Echeverry recordó ese episodio: “En enero de 2024 la demanda de agua se triplicó en la capital. Es como si se hubiera triplicado su población, y no fue porque se triplicó, sino porque subieron las temperaturas”.

Embalse de San Rafael en el municipio de La Calera con nivel bajo a causa del fenómeno de El Niño. Abril 2 del 2024.
Embalse de San Rafael en el municipio de La Calera con nivel bajo a causa del fenómeno de El Niño. Abril 2 del 2024. Foto: GUILLERMO TORRES REINA-SEMANA

La desigualdad también se refleja en el acceso al agua: mientras el 83 por ciento de la población urbana cuenta con acueducto, en las zonas rurales la cobertura apenas alcanza el 46 por ciento, según la UNGRD. La agricultura reproduce esa brecha: los cultivos de riego permanente, como el arroz, son mucho más vulnerables que los de secano.

La NOAA, que monitorea el fenómeno junto con el Ideam y la OMM, explicó que todo comienza cuando los vientos alisios se debilitan en el Pacífico tropical, lo que desplaza aguas cálidas hacia el este y modifica durante meses los patrones de lluvia y temperatura en buena parte del planeta. Como resumió el oceanógrafo William Sweet, se trata de un “doble golpe”: al aumento del nivel del mar se suma El Niño intenso que eleva el riesgo de inundaciones costeras.

Lo que no se ve en el pronóstico

Hay un frente del que se habla mucho menos: la salud pública. González Arango, profesora de la Universidad de los Andes, explicó dos mecanismos documentados: “Uno está relacionado con las enfermedades transmitidas por vectores, como la malaria, el dengue y el chikunguña, que tienden a aumentar durante los fenómenos de El Niño. El otro tiene que ver con las enfermedades respiratorias, asociadas a las altas temperaturas, las quemas y los incendios”. Para enfrentar ese riesgo, la UNGRD reforzó su capacidad de respuesta con dos helicópteros Firehawk y el fortalecimiento de los cuerpos de bomberos indígenas, campesinos y forestales.

Los ecosistemas responden a un ritmo más lento pero prolongado. González Arango advirtió que la disminución de las lluvias favorece la hipersalinización y mortalidad de manglares, y el desplazamiento de especies sensibles por otras más tolerantes a la sal. En la Amazonia, las sequías prolongadas afectan sobre todo a los árboles grandes y viejos, alterando el balance de carbono del bosque. Lo más preocupante, señaló, no es un evento aislado, sino la acumulación de episodios extremos que reduce la capacidad de recuperación de los ecosistemas.

Saber que viene no significa estar preparados

El fortalecimiento de los sistemas de observación y de los modelos de predicción permite hoy anticipar la evolución de El Niño con varios meses de antelación. “En la actualidad, el tema de El Niño tiene bastante más certidumbre que en años anteriores”, afirmó Julián Báez Benítez, director de la Oficina Regional para las Américas de la OMM. “El avance tecnológico ha permitido alcanzar mayores niveles de precisión y hoy conocemos mucho mejor la evolución del fenómeno y sus posibles impactos”. Sin embargo, advirtió que esa mayor certeza no elimina el riesgo.

Para ilustrarlo, Báez recurrió a un ejemplo: frente a un mismo huracán, Cuba y Haití estuvieron expuestos a condiciones similares, pero las consecuencias fueron muy diferentes. Cuba, gracias a uno de los sistemas de alerta temprana más sólidos de la región, registró muchas menos víctimas; Haití, con un sistema mucho más frágil, sufrió las mayores pérdidas humanas.

La comparación también plantea un desafío para Colombia: la información científica es cada vez más precisa, pero el reto sigue siendo convertir esos pronósticos nacionales en decisiones locales. Como explicó Echeverry, el Ideam monitorea los principales ríos del país, mientras la gestión del riesgo se desarrolla a escalas mucho más pequeñas. Sin articulación entre la nación, las gobernaciones y las alcaldías, muchos municipios podrían no contar con información suficiente para anticipar sus propios riesgos.

Con ese panorama, el país declaró la emergencia antes de que el fenómeno alcanzara su punto máximo, con el mayor nivel de certeza científica disponible hasta ahora. Sin embargo, anticipar la evolución de El Niño no basta: el verdadero desafío es transformar ese conocimiento en decisiones oportunas que reduzcan la vulnerabilidad de los territorios y permitan enfrentar un fenómeno que, una vez más, no afectará a toda Colombia de la misma manera.

Un mismo fenómeno, cinco Colombias distintas

Región Andina

Aquí se concentrará buena parte de los impactos de El Niño. La coincidencia entre el fenómeno y la temporada naturalmente seca reducirá las lluvias en Antioquia, Santander, Norte de Santander, Boyacá, Cundinamarca, Tolima, Huila y el Eje Cafetero, lo que pondrá bajo presión los embalses que abastecen a las principales ciudades del país, entre ellos Chingaza. El resultado podría traducirse en racionamientos de agua, mayor riesgo de incendios forestales y afectaciones en cultivos sensibles al déficit hídrico, como el café, la papa y las hortalizas.

Región Caribe

La vulnerabilidad del Caribe parte de su propia climatología. En La Guajira, Cesar, Magdalena, Atlántico, Bolívar, Sucre y Córdoba, donde el agua ya es un recurso limitado durante buena parte del año, una reducción adicional de las lluvias puede agravar el desabastecimiento para consumo humano, aumentar la presión sobre la ganadería y afectar los cultivos de secano. A ello se sumarán temperaturas por encima del promedio histórico, con mayores riesgos para la salud asociados al calor extremo.

Región Pacífica

La costa Pacífica constituye una de las grandes excepciones del fenómeno. Gracias a que es una de las regiones más lluviosas del planeta, la disminución de las precipitaciones suele ser menos severa que en el resto del país. No obstante, la costa de Nariño presenta un comportamiento opuesto: allí El Niño favorece un incremento de las lluvias, lo que eleva la probabilidad de inundaciones y deslizamientos en un territorio especialmente vulnerable por sus condiciones geográficas.

Región de la Orinoquia

Meta, Casanare, Arauca y Vichada suelen sentir los efectos de El Niño más tarde debido a que concentran una única temporada de lluvias al año. Aunque el impacto directo sobre las precipitaciones puede ser menor que en la Región Andina, su dependencia del sistema eléctrico nacional hace que una reducción en los niveles de los embalses ubicados en otras regiones también pueda traducirse en riesgos para el suministro de energía.

Región Amazónica

La Amazonia responde de forma más moderada a los eventos débiles o moderados, pero su vulnerabilidad aumenta cuando El Niño alcanza una intensidad alta o muy fuerte. Las sequías prolongadas favorecen los incendios forestales, incrementan la mortalidad de árboles de gran tamaño y reducen la capacidad del bosque para almacenar carbono, con efectos que pueden prolongarse durante años y alterar el equilibrio de uno de los ecosistemas más importantes del planeta.