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| 3/15/2020 3:10:00 PM

"No estamos listos para una pandemia": Bill Gates lo había dicho hace cinco años

"Si algo ha de matar a más de 10 millones de personas en las próximas décadas, probablemente será un virus muy infeccioso más que una guerra. No misiles, sino microbios", señaló el magnate en su momento. La charla le ha dado la vuelta al mundo.

Bill Gates había dicho hace cinco años que el mundo no está preparado para una pandemia "El covid-19 ya ha causado diez veces más casos que el SARS en solo una cuarta parte del tiempo" Foto: GETTY IMAGES
Bill Gates no solo es uno de los hombres más ricos del mundo. Su compromiso con las causas esenciales de la humanidad han puesto al magnate, fundador de Microsoft, al lado de muchos de los pensadores de este siglo. Ahora, que el mundo está en pánico por el coronavirus, sus palabras han comenzado a tener eco. En las redes sociales, comenzó a volverse viral una charla TED de hace cinco años. En ese formato de conferencias, Gates explicaba con mucha precisión un escenario muy parecido al que el mundo vive hoy. "No estamos preparados para una pandemia", dijo.
Lea el artículo principal de la portada de SEMANA 

El mundo acababa de dar una lucha voraz contra el ébola. "Esto fue pura suerte. Si hubiese llegado a muchas más áreas urbanas, el número de casos habría sido mucho mayor. Pero la próxima vez podemos no tener la misma suerte. Podría ser un virus con el que los transmisores no se sientan mal y puedan viajar en avión o ir al mercado", sentenció. Agregó que "si algo ha de matar a más de 10 millones de personas en las próximas décadas, probablemente será un virus muy infeccioso más que una guerra. No misiles, sino microbios",
SEMANA publicó en su última edición, un texto de Bill Gates en el cual cuenta su visión sobre lo que está viviendo el mundo. Sus lecciones son muy valiosas para el momento que comienza a vivir Colombia con la expansión del COVID-19.  

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"En cualquier crisis, los líderes tienen dos responsabilidades: resolver el problema inmediato y evitar que vuelva a suceder. La pandemia del covid-19 es un gran ejemplo. El mundo necesita salvar vidas al mismo tiempo que mejorar la manera en que responde a los brotes. El primer punto es urgente, pero el segundo tiene consecuencias cruciales a largo plazo.

El desafío a largo plazo –que implica mejorar la capacidad para responder a los brotes– no es nuevo. Los expertos mundiales en salud han advertido durante años que otra pandemia que equipare la velocidad y la gravedad de la influenza de 1918 no era una cuestión de “si pasaría”, sino de “cuándo”.

Ahora enfrentamos una crisis inmediata. La semana pasada, el covid-19 comenzó a comportarse de manera muy parecida al patógeno que, una vez cada siglo, nos preocupa. Espero que no sea tan malo, pero debemos asumir que lo será hasta que sepamos lo contrario.

Hay dos razones por las cuales el covid-19 es una amenaza. Primero, puede matar a adultos sanos además de personas mayores con problemas de salud existentes. Los datos hasta ahora sugieren que el virus tiene un riesgo de letalidad cercano a 1 por ciento; esta tasa lo haría varias veces más grave que la influenza estacional típica y lo ubicaría en algún lugar entre la pandemia de influenza de 1957 (0,6 por ciento de mortalidad) y la pandemia de influenza de 1918 (2 por ciento).

En segundo lugar, el covid-19 se transmite de manera bastante eficiente. La persona infectada promedio propaga la enfermedad a otras dos o tres. Esa es una tasa de aumento exponencial. También existe evidencia de que puede ser transmitida por personas que están levemente enfermas o que aún no muestran síntomas. Esto significa que el covid-19 será mucho más difícil de contener que el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS, por su sigla en inglés) o el síndrome respiratorio agudo severo (SARS), que solo se transmitieron por aquellos que mostraron síntomas y de una manera mucho menos eficiente. De hecho, el covid-19 ya ha causado diez veces más casos que el SARS en solo una cuarta parte del tiempo.

La buena noticia: los Gobiernos nacionales, estatales y locales, así como las agencias de salud pública, pueden tomar medidas en las próximas semanas para frenar la propagación. Por ejemplo, además de ayudar a sus propios ciudadanos, los Gobiernos donantes deberían ayudar a las naciones de bajos y medianos ingresos a prepararse para esta pandemia. Los sistemas de salud en muchos de estos países ya están debilitados y un patógeno como el coronavirus puede abrumarlos rápidamente. Y las naciones más pobres tienen poca influencia política o económica, dado el deseo de los países más ricos de poner a su propia gente primero.

La Alcaldía de Bogotá declaró la alerta amarilla, que incluye la cancelación de eventos y refuerzos en la higiene de las estaciones de TransMilenio.

Al ayudar a los países de África y Asia del Sur a prepararse desde ya, podemos salvar vidas y también ralentizar la circulación mundial del virus. (Una parte importante del compromiso que Melinda y yo hicimos recientemente para ayudar a impulsar la respuesta global al covid-19, que podría totalizar hasta 100 millones de dólares –unos 391.639 millones de pesos colombianos–, se centra particularmente en los países en desarrollo).

El mundo, además, necesita acelerar el trabajo sobre tratamientos y vacunas para este coronavirus. Los científicos ya lograron secuenciar el genoma del virus y desarrollar varios candidatos a vacunas prometedoras en cuestión de días, y la Coalition for Epidemic Preparedness Innovations ya tiene ocho candidatos para ensayos clínicos. Si una o más de estas vacunas resultan seguras y efectivas en modelos animales, podrían estar listas para ensayos a gran escala a partir de junio. El descubrimiento de fármacos también puede acelerarse recurriendo a bibliotecas de compuestos que ya han sido probados aplicando nuevas técnicas de detección, para identificar antivirales que podrían estar listos para ensayos clínicos a gran escala en cuestión de semanas.

Estos pasos ayudarían a abordar la crisis actual. Pero así mismo necesitamos hacer cambios sistémicos más grandes para que podamos responder de manera eficiente y efectiva cuando llegue la próxima epidemia.

Es esencial ayudar a los países de bajos y medianos ingresos a fortalecer sus sistemas de atención primaria de salud. Cuando se construye una clínica de salud, se está creando parte de la infraestructura para combatir epidemias. Los trabajadores de salud capacitados no solo entregan vacunas; también pueden monitorear patrones de enfermedades que sirven como alerta temprana para advertir al mundo sobre posibles brotes.

El planeta necesita invertir en la vigilancia de enfermedades, incluida una base de datos de casos mediante la cual las organizaciones relevantes, y bajo las normas pertinentes, exijan a los países que compartan su información. Los Gobiernos deben tener acceso a listas de personal capacitado que esté preparado para enfrentar una epidemia de inmediato, así como a listas de suministros que se almacenarán o redirigirán en caso de emergencia.

Además, necesitamos construir un sistema que pueda desarrollar vacunas y antivirales seguros y efectivos, obtener su aprobación y administrar miles de millones de dosis dentro de pocos meses, después del descubrimiento de un patógeno de rápido movimiento. Ese es un desafío difícil por obstáculos técnicos, diplomáticos y presupuestarios, así como una asociación exigente entre los sectores público y privado. Pero esas dificultades pueden superarse.

Uno de los principales desafíos técnicos para las vacunas es mejorar las viejas formas de fabricación de proteínas, que son muy lentas para responder a una epidemia. Necesitamos desarrollar plataformas que sean previsiblemente seguras, para que las revisiones regulatorias puedan realizarse rápido, y que faciliten la producción de dosis a bajo costo y a gran escala. Para los antivirales, es fundamental un sistema organizado a fin de detectar los tratamientos existentes y las moléculas candidatas de manera rápida y estandarizada.

Otro desafío técnico implica construcciones basadas en ácidos nucleicos. Estas construcciones pueden producirse dentro de las horas posteriores a la secuenciación del genoma de un virus; ahora necesitamos encontrar formas de producirlos a escala.

Adicional a estas soluciones técnicas, el mundo requiere esfuerzos diplomáticos para impulsar la colaboración internacional y el intercambio de datos. El desarrollo de antivirales y vacunas implica ensayos clínicos masivos y acuerdos de licencia que cruzarían las fronteras. Deberíamos aprovechar al máximo los foros mundiales, que pueden ayudar a lograr un consenso sobre las prioridades de investigación y los protocolos de prueba para que los candidatos prometedores de vacunas y antivirales avancen rápidamente por medio de este proceso.

Estas plataformas incluyen el Plan de I + D de la Organización Mundial de la Salud, la red de ensayos del Consorcio Internacional de Infecciones Respiratorias Agudas y Emergentes, y la Colaboración Global de Investigación para la Preparación de Enfermedades Infecciosas. El objetivo de este trabajo debe ser obtener resultados concluyentes de ensayos clínicos y aprobación regulatoria en tres meses o menos, sin comprometer la seguridad de los pacientes.

Luego está la financiación. Los presupuestos para estos esfuerzos deben ampliarse varias veces. Se necesitan miles de millones de dólares más para completar los ensayos de fase 3 y asegurar la aprobación regulatoria para las vacunas contra el coronavirus, y se requerirá más financiamiento para mejorar la vigilancia y la respuesta a la enfermedad.

¿Por qué esto precisa financiación del Gobierno? ¿Y por qué no puede el sector privado resolver esto por sí solo? Los productos pandémicos son inversiones extraordinariamente de alto riesgo, y las farmacéuticas necesitarán fondos públicos para eliminar el riesgo de su trabajo y lograr que salten con los dos pies. Además, los Gobiernos y otros donantes deberán financiar, como bien público global, instalaciones de fabricación que puedan generar un suministro de vacunas en cuestión de semanas. Estas instalaciones podrían fabricar vacunas para los programas de inmunización de rutina en tiempos normales y se reacondicionarían rápidamente para la producción durante una pandemia. Finalmente, los Gobiernos deberán financiar la adquisición y distribución de vacunas a las poblaciones que las necesitan.

Obviamente invertir miles de millones de dólares para esfuerzos antipandémicos representa mucho dinero. Pero esa es la escala de inversión requerida para resolver el problema. Y dado el dolor económico que puede imponer una epidemia –solo mire la forma en que el covid-19 está interrumpiendo las cadenas de suministro y los mercados de valores, sin mencionar la vida de las personas–, será una ganga.

Finalmente, los Gobiernos y la industria deberán llegar a un acuerdo: durante una pandemia, las vacunas y los antivirales no se venderán simplemente al mejor postor. Estarán disponibles y asequibles para las personas que están en el centro del brote y que más lo necesitan. Esto no solo es lo correcto, sino que también es la estrategia adecuada para generar un cortocircuito en la transmisión y prevenir futuras pandemias.

Estas son las acciones que los líderes deberían tomar ahora. No hay tiempo que perder. 

*Esta publicación apareció originalmente en el sitio web de The New England Journal of Medicine. Escribí allí sobre la necesidad de un sistema global de respuesta a pandemias en 2015, y sobre la amenaza que representaría un nuevo virus respiratorio en 2018.

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