Lo primero: la llamada. A la pregunta de si es posible echarle un vistazo a la colección de arte colombiano que ella y su esposo, José Darío Gutiérrez, conservan en su apartamento en Bogotá y de la que se dice es una de las más excepcionales del país, Vicky Turbay respondió con un contundente sí. Antes, claro, impulsada por su gentileza y esa astuta maestría que tiene para moverse por los protocolos sociales, hizo una invitación: “Almorcemos en el club, ¿te parece?”.
A inicios de julio almorzaremos en el gran salón del sexto piso de El Nogal. Ella ordenará baby beef, papa al horno y ratatouille, y dirá divertida: “Yo sí tengo buena muela”. Será el primero de muchos otros gestos con los que Vicky Turbay demostrará parte de lo que es: una mujer ocurrente, de humor agudo e historias ingeniosas, y con una vida que ni el volumen más largo de libros podría recopilar. Luego del almuerzo y una ronda de saludos e infidencias caminaremos hasta el edificio donde vive. Subiremos por el ascensor y ahí, aguardando por nosotros, estará su pequeña gran historia de amor.
La versión oficial: la colección existe por una serie de sucesos que parten de la devoción y sensibilidad de José Darío por el arte, producto de una infancia rodeada de artistas y un linaje de fotógrafos, músicos y aficionados; pasan por las buenas inversiones que hizo desde que trabajaba como secretario del Banco Central Hipotecario y la convicción de destinar parte de su salario a la adquisición de obras de arte, y culminan con la creación de un proyecto investigativo de nombre Bachué, cuya inspiración nació de la emblemática escultura de Rómulo Rozo, Bachué (1925), y que es además la pieza central de la colección.
Esto le dijo José Darío a SEMANA en 2016: “Es difícil para mí descifrar la tendencia a coleccionar. Es como una condición mental o psiquiátrica: un deseo de control, o el placer de verse rodeado de cosas que invitan a pensar. No es una actitud muy generosa, es más bien acaparadora”.
La versión de Vicky incluye detalles más jugosos. Pero para conocerlos hay que conocer primero un poco de la historia de un apellido: el suyo. Sentada a la mesa en El Nogal, Vicky avizora la llegada de varias personas que se acercan a saludarla ante su mirada: en su mayoría, hombres y mujeres de traje.
Todo lo contrario a ella, que luce una camisa blanca arremangada, jeans deslavados y botas de cuero de punta: “Desde chiquita he sido fashionista. Siempre me gustó la moda, vestirme diferente. Lo heredé de mi abuela, a quien también le encantaban las carteras. Esta –señala la Hermès negra que carga– tiene 28 años y está usada, pero es para toda la vida”.
En sus acostumbradas pesquisas, José Darío se topó con una pintura de Norman Mejía, de quien dicen era “todo un personaje”. Vivía escondido, en un lugar muy oscuro, porque creía “que los extraterrestres iban a venir y no sé qué”, relató Vicky.
De pronto José Darío vio un cuadro y lo supo: “Ese es, ese es el retrato de Vicky”. De tonalidades oscuras, la pintura recibía el nombre de La bella está afligida pues no le cala el vestido. José le dijo: “Tengo que comprarlo, es un retrato tuyo”. Y ella pensó: “Sí, está llorando porque no le gustó un vestido”.
Hija de padre sincelejano, nació y vivió su infancia en Cartagena. Contó que su apellido viene de un pueblo del Líbano, en el Oriente Medio, por lo que muchas de sus costumbres familiares estuvieron atravesadas por creencias de aquellos lares. Incluso recordó que con José Darío se casó “contra viento y marea, con toda la oposición familiar porque no era libanés. Mi mamá después le pidió perdón y le dijo que él era ‘una persona maravillosa’, pero ellos tenían muy arraigado eso de la raza”.

En noviembre del año pasado, Vicky, José Darío y Sebastián, uno de sus hijos, viajaron hasta aquel pueblo para confirmar lo que suponían. Efectivamente el apellido se repetía aquí y allá, y hasta un monje les enseñó a un santo que cargaba con el mismo peso de ser “un Turbay”. Vicky, además, menciona el vínculo con otros de su descendencia como Paola Turbay, la actriz, o Miguel Uribe Turbay, el precandidato presidencial asesinado, a quien su hija Valentina y ella apoyaron con un coctel a inicios de su carrera política.
“A José lo conocí en una cita a ciegas. Yo, siendo de una familia libanesa, sabía que sí o sí tenía que casarme joven. Pero quería escogerlo yo, no que me lo escogieran. Así que le dije a un amigo: ‘Preséntame a alguien diferente’, y él me dijo que me presentaría a uno que me iba a poner el tatequieto. Así fue, fíjate. Me enamoré de él porque era distinto, inteligente, profundo. Un tipo centrado. En él veías a un señor”, contó.
Ocurrió en Ramón Antigua, un bar al norte de la ciudad. “Ese día presentaron a varias parejas y de ahí se casó mucha gente, entre ellos nosotros. Este año cumplimos 40 años juntos”, reveló. Cuarenta años propulsados por este “proyecto de vida, este gusto compartido” que no planearon y que sin embargo los ha llevado a dar vueltas por el mundo, pelearse en subastas con otros postores y estudiar a fondo la creación artística en Colombia. Ser, mejor dicho, la mente y el corazón de una colección de arte extraordinaria.
A inicios de la tarde, José Darío se encuentra en El Dorado –el espacio expositivo del proyecto Bachué– ultimando detalles del próximo ciclo que presentarán. En el apartamento reina un aire de solemnidad: un silencio sacro interrumpido únicamente por los tacones de las botas de Vicky. Los rayos del sol atraviesan suavemente los ventanales y acarician pequeñas partes del suelo, mientras que las obras, dispuestas a lo largo y ancho de las paredes, las esquinas y los recovecos de este doble piso que ambos llaman “su hogar”, hablan por sí solas: el monumental tríptico de Luis Caballero que da la bienvenida al apartamento, la Bachué pequeña; los cuadros de Botero, Manzur y Norman Mejía; el tótem de Nadín Ospina, el telar de José Ismael Rivera y la altísima escultura de Claudia Hakim, etcétera, etcétera, etcétera.
“Todas las obras están al servicio del país y para prestar afuera. Siempre hay obras paseando por todos lados, en los museos. El año antepasado una de Marco Ospina estuvo en la Bienal de Venecia. El curador ya sabía que estaba aquí y se llevó el cuadro. También se llevó otro de Umberto Giangrandi, que también es muy bueno, pero que ahora está guardado. La casa siempre está abierta para la gente y todo el que quiera venir es bien recibido”, detalló Vicky.
Historias, sobran. Algunas incluso van casi 40 años atrás, cuando jóvenes, José Darío y Vicky frecuentaban la galería de las Lara en Barranquilla, unas mujeres que ella describe como “estrafalarias” y “excéntricas”, y que murieron cuando varias personas todavía les debían dinero. Las Lara fueron artífices de gran parte del despertar artístico de la ciudad costera y el trío del galerismo más famoso de entonces.

En aquellos años, José Darío y Vicky les pagaban con cheques a las excéntricas hermanas con tal de alimentar su incipiente colección: “Una vez teníamos una plata para irnos de vacaciones y las Lara nos invitaron a su casa a una comida. Vimos un cuadro de Saturnino Ramírez que costaba lo mismo que las vacaciones y dijimos: ‘Vacaciones después’. Siempre ha sido una prioridad”.
Mucho después, una amiga suya entró al baño de visitas del apartamento, se miró al espejo y se reconoció a ella misma en la pared, desnuda en un óleo firmado por Leonel Góngora, el pintor: “Ella había sido novia de Góngora, quien era súper mujeriego, y se reconoció. Las pinturas fueron regalo de las Lara cuando Valentina nació. Creo que ella no sabe, no se acuerda... Ahora la va a reclamar (risas)”.
Y son ese tipo de entramados, de casualidades que llegan al punto de ser divertidas, de los que se componen la colección. “Hay una fotografía de un esqueleto que no he dejado que entre a la casa. Es importantísima, pero no quiero esos huesos en mi casa. Son unos huesos reales, se llama El hijo del hombre, de Carlos Castro. Que es el mismo de la mazorca de dientes, que a esa mazorca yo la amo”, aseguró Vicky.
O como aquella vez que una empleada del servicio renunció porque insistía en que “aquí había mucha magia y mucha brujería, y que ella oía ruidos muy raros. Yo creo que por tanta energía”. O la vez que Vicky le compró unas papas criollas a Ernesto Restrepo, ‘El Papas’, y en agradecimiento el artista le regaló una papa a ‘punto de podrirse’. La papa evidentemente era falsa, pero tal era su precisión que Luz, su actual empleada del servicio, la botó: “Ella dijo: ‘El doctor guardando papas podridas, yo boté eso’. Dime yo qué le iba a decir... Aquí cualquier cosa puede ser una obra de arte... La papa era tan perfecta que era imposible ponerme brava”.
El número de piezas aún es un misterio irresuelto. Los nombres arrancan desde la Escuela de la Sabana, pasan por Cecilia Porras y aquella generación barranquillera con genios como Grau y Obregón, y van hasta los intrépidos videos de la barranquillera Jessica Mistrani, las tumbas NN de Juan Manuel Echavarría, las livianas esculturas de Hugo Zapata, los telares de Julieth Morales, los impecables billetes de Santiago Montoya, y así.
“Una vez fuimos a una subasta en Nueva York a comprar un cuadro de Alipio Jaramillo. Era un cuadro muy especial, de la noche del 9 de abril. Sabíamos que varios iban a comprarla, pero nunca pensamos que alguien podría tener tanto interés. Los museos llegaron a su tope; solo quedábamos nosotros: el cuadro era nuestro. Cuando de pronto sale de por allá un señor y empezó a pujar contra José. Ya iban en ciento y pico mil de dólares y él se retiró. Y así como soy yo, voy y le digo a esa persona: ‘Oye, y tú por qué te metiste ahí. O sea... perdón, ¿tú crees que puedes tener un cuadro de Alipio Jaramillo”, recordó Vicky, graciosa.
Resultó que la persona, que además representaba a un fondo internacional de arte, le respondió: “No, es que a mí me dijeron que ese era el coleccionista que más sabía de arte en Colombia. Y yo dije, si él la quiere, por algo es”. La pieza, un cuadro importantísimo en la historia del arte colombiano, fue a parar al Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) y comenzó a formar parte de la exquisita colección de nada más y nada menos que Eduardo Constantini, el acaudalado empresario argentino. Vicky, por supuesto, cuenta orgullosa aquella derrota.

En medio de tantas anécdotas es inevitable no preguntarle por el futuro de la colección, a dónde irá a parar cuando ella y José Darío mueran. “Sabes que nunca hemos hablado de eso”, respondió. “Como que uno no lo quiere afrontar. No. Valentina está muy involucrada en el proyecto y conoce todo; creo que ella puede seguir gestionando. Pero no, no sé. O no sé si José tendrá algo en la cabeza que no me ha dicho, pero nunca hemos hablado del tema”. Y es por eso mismo que su reacción sobre si la muerte es algo que la atemorice hoy no causa ninguna sorpresa: “Pánico”, respondió de inmediato. Eso le genera.
Nos volveremos a reunir una semana después en El Nogal, almorzaremos. Y entre la plática sobre arte y los pequeños chismes nacionales, Vicky Turbay me contará su mayor miedo. Eso que podría pasarle a ella –y a otro millón de personas–, pero que en su cabeza es verdaderamente terrorífico. Hablaremos de otras cosas, pero aquel gesto de confianza me perseguirá. “Mi mamá es la relacionista pública de la colección; yo, la heredera de esa pasión que se convertirá en mi oficio”, le dijo Valentina a SEMANA en 2016. ¿Qué es eso que Vicky Turbay provoca en los demás? ¿Magnetismo?
Aquella tarde, luego del almuerzo, luego de la visita guiada, Vicky conducirá por la ciudad. Contará que hace no mucho que llegó de Europa con dos souvenirs: un libro de tapa dura de Hermès y una postal de su obra favorita, La joven de la perla, de Johannes Vermeer. “Si me pudiera robar el cuadro que quisiera, me robaría ese. Me fascina, no podía dejar de mirarla. Sebastián me decía: ”Ya supéralo, mamá, ya la viste. Muévete”.
Sebastián perdió la paciencia y tuvo que esperar afuera de las paredes del Mauritshuis, el museo en La Haya (Países Bajos) donde reposa el cuadro original. Vicky miraba la pintura, se iba, y se devolvía a verla. “Es su mirada, ella te mira. Es de una profunda belleza estética, la forma en cómo la perla la ilumina a ella. Simplemente no puedo... es algo que siento”. Qué decir... Esa es su felicidad.
