Especial Medellín y Antioquia

Surikí, el paraíso natural del Urabá antioqueño que le apuesta a un nuevo modelo de conservación

En el Urabá antioqueño crece una reserva natural que pronto se convertirá en un Banco del Hábitat y emitirá bonos de biodiversidad. Sus dueños, la familia Jiménez, fueron desterrados de niños y regresaron ya adultos para sanar heridas y hacer su propio proceso de reparación. Una historia de amor y resiliencia.

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29 de julio de 2026 a las 11:00 a. m.
La reserva es hogar de jaguares, primates, aves, anfibios y reptiles de enorme valor ecológico.
La reserva es hogar de jaguares, primates, aves, anfibios y reptiles de enorme valor ecológico. Foto: Cortesía Reserva Natural Surikí - API

En pleno corazón del Urabá antioqueño, en el corregimiento de Nueva Colonia, hay un santuario natural de unas 400 hectáreas donde el bosque volvió a imponerse sobre la guerra. Aquí conviven monos aulladores, jaguares, tigrillos, cientos de especies de aves y una exuberante selva tropical que durante años pareció estar condenada a desaparecer. Se trata de la Reserva Natural Surikí, un territorio inundado de ríos, ciénagas y humedales que antes de convertirse en refugio para la biodiversidad fue el hogar de una niña llamada Enilda Jiménez y de una familia desplazada, que después de 20 años y una historia de violencia logró regresar para dejar que el bosque fuera solo eso: bosque.

Hoy, investigadores, fotógrafos, observadores de aves y viajeros de distintas partes del mundo llegan hasta esta reserva para descubrir no solo uno de los ecosistemas más singulares de Colombia, sino la historia de una familia campesina, resiliente y amorosa, que además de trabajar, cosechar y cuidar, también supo sanar. Esta es la historia del Surikí de los Jiménez, un lugar que antes de ser paraíso, fue una herida abierta.

Volver a crecer

A Enilda Jiménez y su familia los desterraron dos veces. La primera vez fue entre 1986 y 1987. Ella tenía apenas 7 años cuando la guerrilla irrumpió en la noche y los obligó a abandonar su casa. “Era la finca Nueva Esperanza. Vivíamos allí. Se metieron a la casa, la pintaron, mataron a un hermano de crianza y nos dieron 24 horas para irnos. Esa fue la primera vez que sentí el desarraigo. Aunque también teníamos a Surikí, mi papá había comprado ese pedacito de tierra cerca del pueblo porque allí había escuela y él quería que estudiáramos”, recordó Enilda.

Unos se fueron a vivir a Apartadó y otros a Turbo, y así se desperdigaron. “Con la plata que logró recuperar por la finca de Nueva Colonia, mi papá compró El Labrador aquí cerca de Apartadó. Pero era Surikí el escenario en donde a veces nos reuníamos todos y podíamos volver a ser esa familia ‘grandototota’. Era el lugar donde yo era feliz”. Años más tarde, un frente desmovilizado del EPL secuestró a su padre, y su socio les prestó el dinero del rescate a cambio de El Labrador. No se habían repuesto de ese golpe cuando en 1995 llegaron los paramilitares, mataron a su padre y les quitaron Surikí. Fue el segundo desalojo, el más duro.

Después de eso nunca más pudimos tener vida rural. Nos quedamos sin tierra y éramos un montón de hijos. Solo sabíamos que teníamos que mantener esta familia unida y eso, creo yo, ha sido la gran hazaña de esta familia, cuidar que la guerra no la destroce”, aseguró Enilda.

Siempre unidos

La familia Jiménez está integrada por 20 hermanos, todos hijos de don Samuel Antonio Jiménez Madera. Enilda es hija de don Samuel y de su esposa la Negra, con quien tuvo diez hijos. Los otros siete son hijos de quien fue su compañera y a la que todos quieren. También hace parte de la empresa Surikí. Hay más hijos, pero con todos don Samuel fue igual y nunca permitió que existieran diferencias entre unos y otros.

Esa unión se puso a prueba en el desarraigo. Enilda recuerda que los adultos hablaban en voz baja y hacían maletas, pero a ella nadie le explicaba nada. Días después llegó con su familia a una gran casa en Apartadó, que tenía escaleras y le parecía un castillo, pero solo había cuatro cuartos para 20 personas y no tenía árboles, ni animales, ni el patio donde había sido feliz: “Fue entonces cuando entendí que no íbamos a volver. Eso me rompió el corazón”.

Para apaciguar sus noches e inventarse una esperanza, soñaba que la vieja casa volaba como el Castillo Vagabundo y aterrizaba en un parqueadero cercano para que pudiera volver a correr, subirse a los árboles, saltar en los charcos. Fue un tiempo de tristeza donde empezó a reconocer otras maneras de abordar el mundo.

Antes de la muerte de su padre nunca fueron empleados de nadie, pero con el segundo desplazamiento y la pérdida total de las tierras, los hijos mayores tuvieron que salir a trabajar para la supervivencia de todos. Administraron fincas, fueron mayordomos y recogieron banano, y solo los más pequeños como Enilda pudieron estudiar.

En el centro, Enilda Jiménez, una mujer que construye paz en el Urabá antioqueño.
En el centro, Enilda Jiménez, una mujer que construye paz en el Urabá antioqueño. Foto: Cortesía Reserva Natural Surikí - API

Entre ramas

Cuando asesinaron a su padre, Enilda estaba terminando el colegio. Poco después se graduó y empezó a hacer trabajo social. Con el tiempo ingresó a la universidad, pagándose su matrícula mientras aprovechaba cualquier oportunidad para ayudar a los demás.

Desde muy joven me gustaba estar en grupos juveniles. Entré a la Pastoral Social y empecé a hacer voluntariado. Íbamos a los barrios, a trabajar con los pelados que inhalaban pegante. Yo debía convencerlos de que, aunque fuera por un rato, dejaran la bolsa y jugaran tenis de mesa, vieran una película o tocaran un instrumento. Me terminé convirtiendo en la madrina de dos de esos muchachos”, contó.

Aquella vocación llamó la atención de quienes trabajaban en la Casa de la Juventud de Apartadó. Le sugirieron estudiar psicología social y después la recomendaron para trabajar en la administración municipal. Tenía apenas 17 años y como era menor de edad, su madre tuvo que autorizar por escrito su contratación. Así comenzó una carrera de servicio público que cambiaría el rumbo de su vida.

Al lado de la entonces alcaldesa Gloria Cuartas, Enilda conoció el rostro crudo de la guerra. Recorrió veredas, acompañó comunidades, hizo escudos humanos para proteger civiles, lidió con comandantes de los distintos grupos armados y aprendió que, en medio de la violencia, también había espacio para defender la vida.

“Fue en esa época cuando entendí que disfrutaba ese rol de heroína porque una parte de mí quería ayudar a los demás, pero la otra quería morirse para irse detrás de mi papá. Me costó mucho sanar su muerte. Después quedé embarazada, y ese hijo me reconcilió con las ganas de vivir”, aseguró.

Ese renacer también marcó su camino profesional, pues se fue a trabajar con organizaciones humanitarias, el sistema de Naciones Unidas y el Consejo Noruego para Refugiados. Recorrió África, Centroamérica y Europa, acompañando procesos con comunidades desplazadas y víctimas del conflicto. Participó en la construcción de herramientas que años después servirían para la restitución de tierras en Colombia. Paradójicamente, mientras ayudaba a miles de víctimas a reclamar sus derechos, todavía no se reconocía a sí misma como una de ellas.

La herida

“El día que entendí que era víctima fue tenaz. Era 2006. Estaba sentada en mi oficina del Consejo Noruego para Refugiados, en Santa Marta, mirando la bahía por una ventana divina, cuando recibí una llamada de la Fiscalía de Justicia y Paz”. Le dijeron: “¿Usted es Enilda Jiménez? Hay un proceso en el que está vinculada porque un señor dice que mató a su papá. Usted tiene derecho a venir para que le cuenten la verdad”.

Enilda pensó que era una broma. “Pero ese día la realidad me partió por la mitad. Yo llevaba años ayudando a víctimas, acompañando procesos de restitución, trabajando para que otros encontraran justicia y, de repente, me estaban diciendo formalmente que yo también era una víctima. Así empezó mi proceso con Ever Veloza, alias HH, el paramilitar que mató a mi padre, con quien nos escribimos cartas e hicimos el perdón; con quien he aprendido a entender cómo se sana, cómo pensar y cómo seguir insistiendo en sanar esta herida tan brutal de este país”, relató.

El avistamiento de aves endémicas es una de las actividades de ecoturismo preferidas por los turistas que visitan Surikí.
El avistamiento de aves endémicas es una de las actividades de ecoturismo preferidas por los turistas que visitan Surikí. Foto: Cortesía Reserva Natural Surikí - API

La directora del Consejo Noruego le dijo: “Ahora vamos a trabajar para usted. ¿Necesita abogados? Aquí están. ¿Tiempo para las audiencias? Tómelo. ¿Los tiquetes? Nosotros se los pagamos”. Fue impresionante. “Ha sido un proceso largo que aún no termina”, añadió Enilda. “Estos procesos están diseñados para desgastar a las víctimas. Están hechos para que te rindas. Pero yo venía entrenada de una década peleando por los derechos de otros, conociendo las instituciones. Un hermano me dice ‘es que a usted la vida la alistó para esto’. Y sin embargo lo más difícil, no fueron los trámites. Fue enfrentar los recuerdos. Revivirlos”.

En medio de ese proceso alguien les hizo una pregunta inesperada. “Nos preguntaron por las tierras de mi papá y nos dijeron: ‘Ustedes tienen derecho a reclamarlas. Las perdieron por la guerra’. Yo llevaba más de diez años trabajando en restitución de tierras para otras personas y nunca se me había ocurrido que ese derecho también era nuestro”. Lo que vino después fue otra batalla: “Cuando les conté a mis hermanos que podíamos reclamar Surikí, todos se rieron de mí. Me dijeron que era una ilusa. Solo me creyeron años después, cuando la Unidad de Restitución admitió nuestra solicitud y nos llamó a la primera entrevista colectiva. Ese día entendieron que el regreso era posible”.

El viaje de regreso

El día que el propio despojador reconoció, durante una audiencia de Justicia y Paz, que Surikí le pertenecía a la familia Jiménez y que ya podían regresar sin miedo, nadie quiso esperar. “Nos dijo: ‘La tierra es de ustedes. Yo reconozco el despojo. Ya no hay nadie allá que los vaya a molestar. Pueden volver tranquilos’. Nosotros salimos de ahí y lo primero que hicimos fue buscar dos botes. Nos subimos como de a 14 o 15 personas en cada uno y nos fuimos para Surikí. Tenemos fotos de ese día. Fue una felicidad imposible de explicar”, reveló Enilda.

Ese viaje de regreso fue también un viaje hacia la infancia. Apenas se bajaron de las lanchas, los hermanos comenzaron a correr como niños por el bosque como si el tiempo se hubiera devuelto. Algunos se treparon otra vez a los árboles para bajar mangos; otros caminaron por el bosque y otros nadaron en el río donde también habían aprendido a pescar. No estaban recorriendo una finca. Estaban volviendo a encontrarse con los niños que habían dejado allí décadas atrás.

Yo siempre me había sentido rota, como desconfigurada. Eso es lo que hace el desplazamiento: te arranca una parte de ti. Pero cuando regresé a Surikí me descubrí reparada. Volví a sentirme entera, sin grietas. Tengo la sensación de que esa niña que pescaba sola en el río se quedó aquí esperándome. Vi a Marco trepándose a los árboles como cuando era niño; hoy veo a mis hermanos arreando los caballos como lo hacía mi papá. Y entonces entiendo que ellos también están aquí. Todos corrimos a encontrarnos con esos niños y esa familia que nunca se fue”.

Sin embargo, no todo seguía allí. La casa había desaparecido. También la cocina, los campamentos y los corredores donde transcurrió la vida familiar. La selva había cubierto las ruinas y convertido los antiguos potreros en un bosque inundado, hogar de aves, monos, mamíferos y otras especies que habían instalado allí su refugio. “En cambio encontramos que todavía estaban las palmas de coco y los árboles de mango que conocimos de niños. Cuando éramos pequeños les hacíamos cortecitos al tronco con un machete. Y entonces descubrimos que la palma nos había estado esperando con las cicatrices que le habíamos dejado. Todos lloramos”, recordó Enilda con una emoción incontenible.

Fue entonces cuando comprendieron que el regreso no consistía en recuperar una finca, sino en decidir qué hacer con ella. Algunos hermanos, con necesidades económicas urgentes, propusieron volver a sembrar y a criar ganado, como les había enseñado su papá. Sin embargo, mientras recorrían el terreno, las inquietudes comenzaron a imponerse: Donde antes había potreros ahora existía un bosque vivo. Tumbarlo no solo tomaría demasiado tiempo y dinero, sino que significaba expulsar de nuevo a quienes lo habitaban. “En algún momento alguien soltó lo que varios estábamos sintiendo: si tumbábamos ese bosque para volver a hacer potreros, estaríamos desplazando a miles de animales, de la misma forma violenta como un día nos desplazaron a nosotros”.

Perdonar y sanar

Con una parte de la indemnización que recibieron en la Unidad para las Víctimas, la familia contrató un equipo de biólogos para entender qué guardaba exactamente ese bosque al que habían regresado. El resultado terminó de cambiar el rumbo de Surikí.

Los estudios confirmaron que en esas 400 hectáreas habitaban más de una decena de especies amenazadas, entre ellas jaguares, primates, aves, anfibios y reptiles de enorme valor ecológico. También revelaron que aquel territorio tenía todas las condiciones para convertirse en una reserva natural y un proyecto de turismo de conservación. La Universidad de Antioquia y otras instituciones académicas se sumaron al proceso, y los primeros visitantes no fueron turistas, sino investigadores y estudiantes que comenzaron a recorrer y estudiar el ecosistema.

Pero para Enilda, la mayor transformación ocurrió en ella misma. “Yo tengo la certeza de que nosotros no llegamos a sanar la selva; ella nos sanó a nosotros, nos escogió, nos esperó y nos fue enseñando otra forma de mirar la vida. Aquí entendí que en la naturaleza no sobra nadie. Ni una rana, ni una culebra, ni una planta ni un humano. Todos cumplen una función para sostener la vida”

Hoy, cuando necesita tomar una decisión o simplemente volver a encontrarse consigo misma, Enilda navega en kayak hasta uno de sus lugares favoritos en el bosque inundado. Allí, entre el silencio, el agua y los árboles, encuentra las respuestas. Entre tanto, Surikí continúa creciendo como un proyecto de conservación y ecoturismo, que genera empleo, impulsa corredores naturales con otras reservas del Urabá antioqueño y pronto va a emitir bonos de biodiversidad y convertirse en un Banco del Hábitat. Juntos trabajan para consolidarse como un modelo de restauración ambiental y desarrollo sostenible.

Al final de la conversación, Enilda vuelve a su familia. “Lo que nosotros construimos fue una familia donde todos encontramos un lugar. Eso nos permitió cuidarnos, atravesar la guerra sin rompernos y hacer nuestro propio proceso de reparación. Regresamos, perdonamos, levantamos este proyecto con nuestras propias manos y seguimos creando y cuidando este bosque. Nos parecemos a la selva, como cuando usted corta monte y al otro día ya están brotando hongos, insectos y un tronquito nuevo. La energía se redistribuye y se reproduce. Como la nobleza de la familia a la que me tocó pertenecer”.