No se trata de a dónde se llega, sino de todo lo que una mujer debe atravesar para abrirse paso en La Guajira. Esa reflexión es fruto de varios momentos en mi vida. Uno de ellos fue mi reciente participación en un escenario global: el IV Congreso Mundial de Mujeres Líderes 2026, organizado por Harvard University. Lo que realmente le dió sentido a ese momento no fue el lugar sino el camino que hay detrás, viniendo desde La Guajira.
Participar en el Congreso organizado por Roselin Cabrales, fue también un espacio de aprendizaje profundo. Allí entendí cómo otras mujeres del mundo transforman sus territorios desde el liderazgo colectivo, cómo se construyen redes que sostienen y potencian procesos, y cómo la sororidad, cuando es real y práctica se convierte en una herramienta poderosa para abrir caminos donde antes no los había.
Y en ese camino, el Círculo de Mujeres de la revista Semana ha sido fundamental. Ese espacio me permitió entender el poder de encontrarnos entre mujeres, de compartir experiencias sin juzgarnos y de reconocernos como aliadas en procesos que a veces parecen imposibles. De allí aprendí que trascender no es solo avanzar individualmente, sino abrir puertas para que otras también puedan hacerlo.

Ser mujer en este territorio sigue implicando abrirse paso en medio de resistencias que muchas veces ni siquiera se nombran. Yo no las aprendí en teoría; las he vivido. Están en lo que se espera de una, en lo que se cuestiona, en los espacios que durante años han sido ocupados por hombres.
Por eso, no leo esta experiencia como un logro aislado. La leo como parte de algo más amplio: el momento en el que las mujeres de regiones como la nuestra empezamos a ocupar espacios donde antes no estábamos, sin dejar de ser quienes somos ni de dónde venimos.
Durante mucho tiempo, el liderazgo femenino en La Guajira se ha construido en silencio. Aquí hay mujeres que han sostenido procesos, comunidades y decisiones sin reconocimiento, mientras enfrentan prejuicios que siguen vigentes. Avanzar, en este contexto, no es solo cuestión de capacidad: es también una forma de resistencia.
Estar en escenarios internacionales también incomoda, y está bien que así sea. Porque obliga a hacerse preguntas que no siempre queremos responder: cuántas mujeres con las mismas capacidades no han tenido las mismas oportunidades, cuántas se han quedado a mitad de camino, cuántas han preferido no exponerse para no romper con lo establecido. El machismo en La Guajira no es un discurso; es una realidad que todavía estructura muchas decisiones.
No me interesan los escenarios solo por su prestigio; me interesa lo que pueden mover en un territorio como el mío. Un espacio internacional no transforma por sí solo una región, pero sí puede mover referentes, ampliar posibilidades y, sobre todo, mostrar que hay caminos distintos en los que sin duda, dejaré huellas imborrables.
Al final, no es el escenario lo que importa, sino la certeza de que, incluso desde un territorio tan desigual como La Guajira, las mujeres estamos reclamando lugares que siempre nos correspondieron. Y eso, aunque incomode, ya no tiene marcha atrás.
Andreína García, gerente del Plan Departamental de Aguas de La Guajira
