Bien se dice que el futuro no se predice, se produce; y en esa producción, el siglo XXI se ha consolidado como el momento histórico en el que la sociedad está más interconectada e, hipotéticamente, más y mejor informada. Las comunicaciones, el dinero y los mercados se han integrado a tal nivel que, a primera vista todo parece entendido en el sentido común, homogéneo, con el mismo nivel de impacto, y apropiado y entendido por toda la humanidad. Nada más alejado de la realidad.
El acceso y la masificación de la información ha fragmentado a la humanidad, individualizándola en su máxima expresión, frágil en su criterio social y su discernimiento. Encerrada en su metro cuadrado, en su algoritmo y en el micromundo que se habita entre el propio bienestar y la velocidad de la información y de las indignaciones que cada vez son más fugaces. Hoy lo que prolifera son las islas de grupos con pensamiento similar que construyen sus verdades a partir de sus propios conceptos -asfixiando la posibilidad de construir desde diferentes puntos de vista-. De ahí la existencia de microinfluenciadores.
La sociedad -como las personas- deben ser hábiles en desarrollar los cinco sentidos para evolucionar su capacidad de vivir en comunidad y crecer equitativamente. Se necesita de la vista para respetar el lugar individual, no atropellar al otro y anticipar cambios en el entorno, de ahí la importancia de la visión estratégica; el tacto para avanzar en el hacer, construir y crear, tender puentes en la diplomacia; el gusto para poder reflejar el presente y el futuro de lo que nos une, entender que todos percibimos bienestar y felicidad de maneras diferentes; el olfato para poder prever lo que podría salir bien versus lo que de facto “no huele bien”, pero sobre todo se necesita poder escuchar, desde la diferencia, desde la emoción y desde el deber ser, para el hoy pero también para el futuro.
La sordera colectiva ha minado la democracia. Hoy menos países tienen un sistema democrático y menos población vive en libertad tal y como se concibió en el siglo XX. Entre el 2005 y el 2025 la población que vive en países en proceso de democratización pasó del 11% al 5%, así como la población global que vive en democracia pasó del 50% al 26% en el mismo periodo, según el informe global del Instituto V-Dem, Suecia. Los ejemplos son evidentes, las democracias referente han caído a los niveles de 1965, o en Alemania cada vez más toma fuerza la extrema derecha que invita al revisionismo de la Segunda Guerra Mundial, llevando inevitablemente al autoengaño colectivo y a que si la historia no se repite, si rima.
La sordera colectiva tiene efectos nocivos y se refleja en dificultades como no tener conversaciones de valor desde la escucha consciente, no para responder sino para entender. En las familias, por ejemplo, el precio de la armonía veta temas como la política, la religión y el fútbol para que las pasiones no se tomen el ambiente familiar, un veto que destruye conversaciones de valor desde el núcleo de la sociedad. En las organizaciones, los líderes se rodean de Yes Persons -quienes prefieren seguir instrucciones-, “fingir demencia” y administrar la renuncia silenciosa, en aras de la supervivencia corporativa. Y en las sociedades la polarización, el sectarismo impide que se pueda construir para el largo plazo, con una visión amplia, desde la negociación y la convergencia sobre lo fundamental.
Y, paradójicamente entre más conectados y cercanos nos encontramos, más profunda es la disociación con los sentidos -especialmente con la escucha consciente-, la sordera que se materializa en la homogeneidad de pensamiento, en gobiernos, organizaciones y relaciones. Esa sordera que hace que el pensamiento divergente sea rechazado de las culturas organizacionales tal como hizo Goldman Sachs en los setenta con Larry Fink para después abrirle paso al creador del gestor de activos que hoy es la tercera economía del mundo. Esa sordera, que cada vez más se refleja en que la sociedad, desde sus líderes hasta la democracia, caiga en la Trampa de Tucídides.
¿Por qué en la Trampa de Tucídides? Porque se actúa desde el miedo, desde la dominancia y desde la preservación del statu quo, prevaleciendo el discurso de los derechos por encima de los deberes. El miedo se vuelve consejero, se toman decisiones que en geopolítica conducen inevitablemente al conflicto perdiendo el foco sobre lo importante.
Escuchar con consciencia y con atención, desde la diferencia, es justamente lo que construye sociedades y líderes que trascienden -y hoy parece ser que es el menos desarrollado de los sentidos-. Cada vez es más frecuente ver líderes globales y organizaciones que escuchan para alimentar su ego, para tener la razón, para reafirmar sus paradigmas o para mejorar un indicador que, los incomoda desde lo personal, pero no para construir una mejor organización o un mejor país para las futuras generaciones.
Vannessa Bautista Andrade es experta en Geopolítica y Asuntos Corporativos
