OPINIÓN

Andreína García Pinto

La Guajira: un mar de esperanzas en medio del desierto

A través de 30 plantas que desalinizan el océano Atlántico, 165.000 personas en La Guajira hoy abren una llave y ven salir agua limpia por primera vez en sus vidas.
8 de abril de 2026 a las 3:37 p. m.

En el extremo más nórdico de Suramérica, donde el sol cae con la fuerza de un decreto irrevocable y el viento moldea silencios en la arena, hay un territorio que parece hecho de contrastes: sequía y belleza, rigor y ternura, carencias y dignidad. Ese territorio es La Guajira. Y yo vengo de allí.

Crecí viendo a las mujeres wayuu caminar durante horas con un pote vacío que nunca representó solo la ausencia de agua, sino la presencia obstinada de la esperanza. En mi tierra, el agua no es un recurso: es un destino. Es la medida de la vida. Y, durante años, fue también la frontera más cruel entre lo posible y lo imposible.

Cuando más de diez mil niños wayuu murieron por falta de agua potable y la Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró un Estado de Cosas Inconstitucional (ECI) en Colombia, el país entero volvió la mirada hacia ese desierto con dolor. Yo lo miré con determinación. Para entonces había estudiado ingeniería civil y entendí que tenía una responsabilidad mayor que un título: tenía una deuda con mi origen.

En la cultura wayuu, la mujer no solo cuida la vida: la sostiene. Ella busca el agua. La carga, la defiende y la lleva a casa. Esa labor silenciosa, transmitida por generaciones, es el pilar invisible de nuestra supervivencia. Por eso, cuando asumí la Gerencia General de ESEPGUA, Empresa de Servicios Públicos de La Guajira, y la coordinación del Plan Departamental de Agua, supe que mi propósito era claro: llevar a cada una de esas mujeres lo que merecieron desde siempre y les fue negado durante décadas: agua potable en su hogar.

Andreína García: la titánica tarea de llevar agua al desierto

Con el respaldo del gobernador de La Guajira emprendimos un desafío que durante años muchos consideraron una ilusión: desalinizar el océano Atlántico para convertirlo en agua apta para las comunidades más apartadas. En Bahía Hondita, donde los carros se hunden en las dunas y la geografía desafía la lógica, fueron pescadores locales quienes transportaron en sus lanchas cemento, varillas, filtros y algo más poderoso que cualquier insumo: esperanza.

Allí instalamos una planta movida por más de cien paneles solares, capaz de producir 70.000 litros diarios. El mar dejó de ser un horizonte inalcanzable y se volvió fuente de vida. De Bahía Hondita surgieron más caminos. Hoy son 30 plantas desalinizadoras instaladas y 165.000 personas que, por primera vez, abren una llave y ven salir agua limpia.

Recuerdo a los niños que nos recibieron la primera vez que llegamos a esa comunidad. No pedían nada; esperaban todo. A un lado de una de las plantas construimos un parque para ellos, porque el agua no solo devuelve la salud: devuelve la infancia. Ellos fueron la razón. Ellos siguen siendo la razón.

El liderazgo, el verdadero, nace del territorio. Nace de saber quién espera del otro lado, de entender que la ingeniería sin humanidad es apenas un plano sin construcción. Ser mujer en este campo, ser guajira al frente de una empresa pública, no es una casualidad: es una afirmación política y ética. Es la prueba de que las soluciones más profundas provienen de quienes han vivido las heridas en primera persona.

El desierto me enseñó una verdad sencilla y poderosa: donde hay voluntad, hay agua; y donde hay agua, la vida vuelve a florecer.

Hoy, La Guajira es más que un desierto: es un mar de esperanzas que sigue abriéndose paso entre la arena. Sigamos llevando agua a los rincones olvidados, a las mesas donde se decide la política pública y, sobre todo, a los corazones que aún dudan de que esto es posible.

Porque sí es posible. Yo lo he visto. Y lo seguiremos demostrando.

Andreína García, gerente del Plan Departamental de Agua de La Guajira