Hay una escena que se repite en muchos líderes colombianos. Son profesionales extraordinariamente capaces: han aprendido a resolver, a liderar equipos, a sostener decisiones difíciles cuando nadie más quiere firmarlas. Y precisamente por eso, cuando les pregunto quién las acompaña a ellas, la respuesta suele ser un silencio incómodo: nadie. Y es que nos volvemos muy buenos resolviendo temas que olvidamos que también tenemos derecho a ser acompañados, a levantar la mano.
Durante años nos enseñaron que ser fuertes significaba poder con todo y que pedir ayuda restaba autoridad, así como el no tener todas las respuestas ponía en duda nuestra capacidad. Sin embargo, llega un momento en el crecimiento en que seguir intentando hacerlo todo sola deja de ser una muestra de fortaleza y se convierte en una limitación, no porque seamos menos capaces, sino porque la siguiente etapa exige algo que la anterior no: otra perspectiva, otras herramientas, preguntas que todavía no nos hemos atrevido a formular. Como yo le llamo, un siguiente nivel requiere más de lo que ya sabemos manejar.
Los datos confirman lo que la intuición ya sabía: el 98 por ciento de las empresas del Fortune 500 tiene programas formales de mentoría, y no es filantropía: quienes participan en ellos son promovidos con cinco veces más frecuencia y permanecen en sus organizaciones con una tasa de retención 50 por ciento mayor, según un estudio de Sun Microsystems citado por MentorcliQ.
Sin embargo, el 56 por ciento de los trabajadores dice no tener mentor, y uno de cada tres reconoce que esa ausencia ha limitado su carrera. Entre las mujeres la brecha es aún más reveladora: el 63 por ciento nunca ha tenido un mentor formal, mientras que el 67 por ciento de las que se declaran satisfechas con su avance profesional sí lo tiene. La mentoría no es un lujo de quien ya llegó; es, muchas veces, la diferencia entre llegar o no.
Yo tuve la fortuna de encontrar mentores en momentos decisivos durante mis veinte años en el sector energético, y ninguno me dio un mapa. Lo que me dieron fue distancia. Cuando estás demasiado cerca de una situación, no ves los patrones que repites ni las opciones que descartas sin darte cuenta. Una mirada externa, respetuosa pero sin complacencia, desafía aquello que damos por sentado. Recuerdo decisiones atascadas durante meses que se destrabaron en una sola conversación, no porque alguien me dijera qué hacer, sino porque me hizo la pregunta correcta.
Ese es, para mí, el corazón de una buena mentoría: no está en recibir respuestas, sino en tener un espacio donde hacerse mejores preguntas. Un mentor que te dice qué hacer crea dependencia; un mentor que te ayuda a ordenar lo que vives y a escucharte mejor fortalece tu propia capacidad de observar, decidir y avanzar. La diferencia es sutil en la forma y enorme en el resultado.
Por eso también hay que saber elegir; un buen mentor no es necesariamente la persona más exitosa que conoces, sino alguien que ya recorrió el tramo que tú estás por recorrer, que tiene la generosidad de compartirlo sin vanidad y la honestidad de decirte lo que no quieres oír. Desconfía de quien solo te confirma lo que ya piensas. Y sé honesta contigo misma sobre qué buscas. Hay etapas que piden un mentor técnico, otras que piden uno estratégico y otras, las más profundas, que piden a alguien que te ayude a mirar tu propia historia desde otro lugar.
Como empresaria, he aprendido que esta lógica aplica igual dentro de las organizaciones, los equipos que crecen más rápido no son los de líderes más brillantes, sino los que institucionalizan el acompañamiento: la persona con experiencia que dedica una hora semanal a quien empieza, la junta que acepta un asesor externo que la incomode, el gerente que admite en voz alta que aún no tiene todas las respuestas, esa vulnerabilidad bien administrada no debilita la autoridad; la vuelve creíble.
He visto muchas transformaciones comenzar con decisiones que desde afuera parecen pequeñas, una conversación que finalmente ocurre, un límite que por fin se establece, un proyecto que deja de postergarse. Detrás de cada una hay un proceso más profundo: el momento en que alguien empieza a verse de otra manera y se permite actuar desde esa nueva mirada y normalmente hay un mentor o coach detrás.
Si hoy sientes que hay una siguiente versión de ti que quiere emerger, quizás la pregunta no sea qué más necesitas aprender o resolver por tu cuenta, más bien el cuestionamiento sea: ¿qué podría cambiar si te permitieras dejarte acompañar? Porque ascender no siempre significa llegar más lejos o sostener más, significa reconocer que no tenemos que hacerlo todo en soledad. Dejarse acompañar no disminuye nuestra capacidad, puede ser, precisamente, lo que te permita llevarla más lejos.
Alexa Oviedo, fundadora y CEO de Smart Cities
