Uno a uno los implicados en el homicidio del precandidato a la Presidencia Miguel Uribe Turbay han venido confesando su participación en el crimen y negociando con la Fiscalía para obtener rebajas de pena.
El último de ellos es Harold Daniel Barragán, uno de los coautores del asesinato de Uribe Turbay, quien era amigo de vieja data de Elder José Arteaga, alias el Costeño o Chipi, el principal articulador del asesinato que, tal como reveló SEMANA, fue ordenado por la Segunda Marquetalia.

Producto de la negociación judicial con la Fiscalía, esta persona aceptó los delitos de homicidio agravado, concierto para delinquir agravado, uso de menores para la comisión de delitos, y fabricación, tráfico, porte o tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones agravado. En ese sentido, recibirá una pena de 21 años y cuatro meses de prisión.
Según la Fiscalía, “las pruebas obtenidas indican que Barragán Ovalle, a través de cuatro videollamadas, participó en la coordinación de las acciones previas y posteriores al ataque, entre ellas el reconocimiento del lugar donde se ejecutó el atentado”.
Asimismo, se le atribuye haber seleccionado al adolescente que disparó contra la víctima y ayudado a Elder José Arteaga, alias Chipi, a permanecer oculto y evadir la acción de las autoridades.
El testimonio
SEMANA había revelado el testimonio de Harold Daniel Barragán, que fue determinante en la investigación. En ese momento no se reveló su nombre para no entorpecer el trabajo de las autoridades. Sin embargo, lo dicho por el joven criminal fue contundente.

En su versión, el testigo señala que el Costeño se reía del atentado, se ufanaba de su estrecha relación con las Farc y hasta reconocía que se trataba de una misión suicida que al final salió mal. Por eso se estaba escondiendo y no iba a salir de Bogotá. Su cabeza tenía precio.
“Yo estaba con Chipi cuando él recibe varios mensajes por notas de voz, y le preguntaban qué había pasado, que por qué no se había ‘roto la piñata’, haciendo alusión al atentado en contra del senador. Que a él se le habían dado todos los ‘materiales’, me refiero a las armas y lo que él necesitaba para esa vuelta, que por eso ya le habían dado plata”, se lee en la declaración.

Enseguida viene una parte muy importante en la investigación, pues, como ha revelado SEMANA, todos los caminos conducen a Caquetá, lugar donde fue capturada Katherin Andrea Martínez, alias Gabriela, quien participó en el atentado y se pretendía volar internándose en la selva con las disidencias de las Farc.
“Me di cuenta de que esa vuelta venía del Caquetá, porque cuando le llegaban los mensajes a Chipi él respondía ‘ya empezaron a retacar los del Caquetá’, refiriéndose a que eran personas de la guerrilla de las Farc. Chipi decía que esa orden venía de allá (…) decía que allá hablaba o conocía a un man duro”, indica la declaración del valioso testigo protegido.

Asimismo, revela que el Costeño le había pedido como misión que se fuera para Caquetá: “Necesito que me hagas un favor grande porque yo ahora no confío en nadie. Necesito que te vayas para el Caquetá; cuando estés allá, me escribes y me envías la ubicación en tiempo real para yo saber que sí estás allá y te envío a alguien que va a llegar al punto. Yo le comparto tu ubicación, y de ahí te van a pasar algo. Es que yo estoy muy pelado”.
El testigo, fruto del acuerdo con la Fiscalía, hizo una revelación que ratificaba la responsabilidad de la Segunda Marquetalia en el crimen. Contó cuánto fue el pago por el crimen y que ahora era Chipi o el Costeño quien estaba en la lista para ser asesinado.
“Chipi me dijo que la orden para cometer el atentado viene de las Farc desde el Caquetá, y que David era el que lo estaba pullando o afanando con el tal Jhon Bayron, y le preguntaba mucho cuando le decía: ‘Por qué no se había roto la piñata’. También le advertían que ‘esos no eran juegos, que ya se había dado un adelanto’”, dijo ante los investigadores de la Fiscalía.
El menor sicario
El testigo contó el rol de cada uno de los miembros de la organización criminal y su relación con el intento de homicidio a Uribe Turbay, en particular, cuando identificó al sicario menor de edad que disparó y que ahora está en una celda en el búnker de la Fiscalía.

“No tenía conocimiento de lo que Chipi iba a hacer en contra del senador hasta cuando vi al muchachito por televisión, cuando vi noticias. Ahí mismo, reconocí al muchacho, me refiero al sicario, el que atentó contra la vida del senador. No sé el nombre, pero sí lo había visto varias veces en fiestas en una discoteca que se llama Bora Bora (…) no sé cómo se llama ese muchacho, pero sí nos dábamos el saludo a veces en la discoteca donde se la pasaba. A mí me lo presentó el Caleño, eso fue como unos 20 días atrás del atentado”, narró en la declaración a los fiscales.
El testigo cuenta las vicisitudes del Costeño escondiéndose de las autoridades en el barrio El Muelle, donde primero se quedó por unos días en la casa de una familia cristiana, pero necesitaba salir de ahí, por lo que le escribió: “Me siento muy presionado, muy incómodo, necesito otro lugar donde pueda respirar, mirar un celular y hablar con la gente que me mandó hacer esa vuelta (el crimen)”.
La relación del atentado contra Miguel Uribe Turbay con las disidencias de las Farc se mantiene a lo largo del relato. Sin embargo, para los investigadores no es claro si se refiere a Iván Márquez, de la Segunda Marquetalia, o a Iván Mordisco, de las disidencias del Estado Mayor.
Katherin Andrea Ramírez, alias Gabriela, fue capturada en Caquetá, donde el Costeño la envió para que las disidencias la entrenaran en manejo de drones mientras escapaba de las autoridades.
“Chipi alardea mucho que trabaja para ese señor, que le cuida la esposa, que van mucho a unos apartamentos en Coveñas, porque supuestamente a él ese tal Iván Mordisco le dio un apartamento a Chipi dizque en pago por escoltar a la mujer. Yo tengo una imagen de las escrituras y de ese apartamento porque Chipi me las envió”, contó el testigo secreto.
El Costeño y alias David eran los dueños y señores de la olla de Engativá, pero también habían montado la oficina de sicariato. Esta funciona de forma macabra, pues convierten en adictos a los gatilleros para que actúen a su merced a cambio de dinero y drogas.
“Chipi junto con David tienen una oficina de sicarios en Engativá, porque ellos trabajan en eso y les gusta conseguir muchos peladitos, ojalá menores de edad, para que les trabajen en esas vueltas (…) los enredan para que les trabajen matando gente y vendiendo drogas, porque David es el que tiene el control de la zona. Él incluso está relacionado con el tal Mosco, que es el que maneja las ollas y el tema de la droga en el centro de la ciudad. Ellos son los que manejan su marca de ‘Batman color azul’”, se lee en la declaración.
Por estos hechos, la Fiscalía ha vinculado formalmente a nueve personas, entre ellas Simeón Pérez Marroquín, señalado como intermediario entre los determinadores del homicidio; Katherine Andrea Martínez Martínez y Carlos Eduardo Mora González, quienes fueron condenados a penas desde los 21 años de prisión.
