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| 4/28/1997 12:00:00 AM

NORIEGA CONTRA ESTADOS UNIDOS

Un polémico libro con las memorias del general Manuel Antonio Noriega busca revaluar los motivos de la invasión de Estados Unidos a Panamá.

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Para muchos de los periodistas que cubrieron el juicio contra el depuesto general Manuel Antonio Noriega en Miami no hay dudas de que este proceso fue en gran parte una farsa judicial. Son pocos los defensores de la veracidad de las declaraciones de una legión de testigos utilizados por el gobierno con el acicate de la rebaja de penas y pocos también los que tienen una explicación convincente de cómo fue que el jurado, a pesar de las contradicciones y los vacíos probatorios, halló culpable a Noriega de cargos de narcotráfico en 1992.
Entre los periodistas que siguieron paso a paso los fiascos de ese juicio se encontraba Peter Eisner, corresponsal para América Latina del periódico Newsday. Antes de sentarse en la sala de la Corte Federal de Miami, Eisner había sido testigo directo de la sangrienta y estruendosa invasión de Estados Unidos a Panamá, ordenada por el presidente George Bush con el único fin de capturar a Noriega, un ex empleado suyo cuando era director de la CIA.
"La muerte, la destrucción y la injusticia cometidas en nombre de la lucha contra Noriega -y las mentiras que rodearon esta empresa- fueron una amenaza para los principios básicos de la democracia de Estados Unidos", sostuvo Eisner. Cuando las luces de las cámaras y las grabadoras se apagaron y el caso del general quedó archivado, Eisner llegó a la cárcel de Miami, donde está preso Noriega, y empezó a reconstruir con él la historia subterránea de la invasión y el juicio.
Durante tres años el periodista visitó a Noriega, examinó de nuevo los papeles del proceso, entrevistó testigos y fuentes de inteligencia para, finalmente, escribir The memoirs of Manuel Noriega, America's prisoner, que tiene la virtud de ser la primera obra, en inglés, en dejar sin pedestal la historia oficial norteamericana de la invasión a Panamá y del juicio al general.
El gran hueco negro del libro es que Noriega no explica el origen de su fortuna. En una rápida referencia dice que gran parte de la misma fue producto de los pagos que los gringos le hicieron por operaciones de inteligencia, pero esa versión no encaja ante las evidencias no desvirtuadas de que el ex militar tenía depósitos de por lo menos 20 millones de dólares cuando fue arrestado.
Noriega niega cualquier vínculo con el narcotráfico e insiste en muchas oportunidades en que él fue fundamental en varias batallas ganadas por Estados Unidos en la guerra contra los narcotraficantes. Una de ellas fue en 1984, dice, cuando Panamá le entregó información a Estados Unidos de las actividades de Jorge Luis Ochoa y Gilberto Rodríguez. Como resultado de esta información, sostuvo Noriega, ambos narcotraficantes fueron arrestados en España.
Otra de las victorias reclamadas por Noriega se dio cuando el gobierno de Panamá canceló la licencia de operación del First American Bank en Ciudad de Panamá después de que se halló que era usado por el cartel de Cali para lavar dinero. En tono irónico, Noriega señala que el abogado del banco, Rogelio Cruz, fue nombrado procurador general de Panamá después de la invasión y que uno de sus directivos era Guillermo Endara, el hombre a quien los estadounidenses pusieron como presidente.
Noriega ridiculiza un supuesto encuentro suyo con líderes del cartel de Medellín en Colombia en 1983, sobre el cual testificaron los colombianos Robert Striedinger y Gabriel Taboada. Ambos dijeron que los narcos querían que Noriega les ayudara a importar un carro deportivo. Dice el depuesto general que era imposible ir a cualquier parte en Colombia sin notificar a los servicios de inteligencia o ser detectado por las fuerzas armadas o por los periodistas.
"La idea es estúpida: pensar que el cartel de Medellín, con sus miles de millones de dólares, me iba a pedir que le ayudara a conseguir un carro que ellos pueden conseguir en cualquier embajada del mundo".
Noriega sostiene que el ex jefe de inteligencia del Ejército colombiano Manuel Mejía y el general Manuel Samudio estaban preparados para rendir testimonio acerca de estas circunstancias, pero las presiones del gobierno norteamericano los forzaron a desistir de sus declaraciones.
Las memorias de Manuel Noriega muestran la cercana relación que llegó a tener el militar con Bush cuando éste era director de la CIA. Noriega relata cómo, en 1976, puso en marcha un plan diseñado por la CIA bajo la dirección de Bush para colocar bombas inofensivas en el Canal de Panamá con el fin de agilizar las conversaciones sobre el tratado de entrega de la zona del canal. Las bombas se pusieron y produjeron el efecto esperado. El embajador norteamericano William Jorden, que no había sido informado de la operación de la CIA, protestó ante el ministro de Relaciones Exteriores de Panamá, quien a su vez pidió a Noriega que se pusiera en contacto de inmediato con la CIA. Noriega viajó a Washington y se entrevistó con Bush en una reunión que terminó siendo una pantomima, pues ambos habían participado en la operación.
"Mi primer encuentro cara a cara con Bush fue una charada -dice Noriega-, en el que ambos conocíamos lo que el otro no podía revelar".
Siendo vicepresidente Bush le pidió a Noriega respaldo para los pilotos que la CIA había contratado para dar apoyo a los contras en Nicaragua. Entre ellos se encontraban Jorge Canalias, Floyd Carlton, César Rodríguez y Teófilo Waston. Todos ellos, explica Noriega, se convirtieron años después en empleados al servicio del narcotráfico que llevaban armas a Centroamérica y regresaban con cocaína a Estados Unidos.
Dos ex presidentes latinoamericanos son blanco de despiadados ataques de Noriega en sus memorias. Uno es el ex presidente de Costa Rica y premio Nobel de la Paz Oscar Arias, y el otro Carlos Andrés Pérez, quien lo visitó en compañía de Alfonso López Michelsen y Carlos Pérez Norsagaray. Arias y Carlos Andrés comparten la misma traición, según Noriega, pues trabajaron junto al gobierno de Estados Unidos para sacarlo a la fuerza del poder y patrocinaron la invasión en la que murieron cientos de panameños inocentes.
Noriega sostiene que le donó a Arias miles de dólares para su campaña y que después de ganar las elecciones continuó pidiendo más.
"Arias llamaba a mi secretaria Marcela Tason cuando él necesitaba plata, e insistía en que Marcela se la llevara personalmente a su casa".
El gobierno de Estados Unidos presionó a Arias para distanciarse de Panamá. "El nunca fue un mediador o un pacifista. El estaba para la venta, era otro presidente centroamericano, como muchos otros, dependiente de la demagogia del nuevo orden internacional de Bush".
A lo largo del libro Noriega no se cansa de culpar de la invasión a la alta sociedad panameña, que lo odiaba y quería verlo fuera del poder. "Esos patricios que hablan inglés y han sido educados en Estados Unidos, que le hicieron sentir a los norteamericanos que ellos podían hacer lo que quisieran en Panamá y convertir a Panamá City como cualquier otra cuidad de Estados Unidos".
Más allá de la inocencia o la culpabilidad de Noriega, para quienes no se han cansado de coleccionar las hipocresías y falsedades del gobierno de Estados Unidos en la lucha contra las drogas, las memorias del general pueden convertirse en un interesante catálogo de cabecera.

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