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Opinión

  • | 2018/08/04 18:15

    Una vergüenza

    ¿Que no considere la renuncia ahora, pues ahora no es conveniente, pero que la guarde por si acaso puede servir más adelante?

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En menos de ocho días, el expresidente Uribe ha alegado tres razones distintas para escabullirse de la justicia que trata de perseguirlo. Y qué vergüenza, sea dicho de pasada, ver a un expresidente de Colombia tratando de eludir un juicio, en una repetición de aquel episodio que la senadora Claudia López llamó de “sabandija que se escurre por las alcantarillas”, cuando Uribe salió corriendo del Senado, en donde el senador Iván Cepeda le hacía graves denuncias, para ir, según él, a denunciar a su denunciante ante esa misma Corte Suprema que ahora denuncia de nuevo como prejuiciada contra él. Aunque en realidad era solo para hacerse embolar los zapatos en las augustas escalinatas del alto tribunal ante los desconcertados periodistas. Pantomima grotesca por la cual fue muy aplaudido por sus áulicos.

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Uribe siempre le ha hecho pasar a este país muchas vergüenzas, tanto antes como después de que le comprara su título de “Gran Colombiano” a una cadena de televisión especializada en ficciones históricas.

Tres razones diferentes han sido ahora las suyas, digo, para sacarle el cuerpo en sucesivas volteretas a sus responsabilidades judiciales. Que no son leves: la Corte Suprema lo llama a indagatoria acusado de soborno, fraude procesal y manipulación de testigos, delitos derivados de la presunta creación en su finca Guacharacas de un frente paramilitar, el bloque Metro de las autodefensas, culpable de múltiples asesinatos. Organización delictiva que no hay que confundir con la también asesina de los Doce Apóstoles, al parecer fundada en otra de sus fincas, La Carolina, por algunos de cuyos crímenes está siendo juzgado Santiago Uribe, hermano del expresidente. No hay que confundir los dos asuntos, sino más bien sumarlos, a pesar de que están estrechamente entremezclados: varios de los testigos son los mismos, incluyendo a algunos que han sido asesinados. Tal vez quepa añadir que hasta ahora no hay investigaciones judiciales referidas a otras fincas de Uribe, la de El Ubérrimo en Córdoba sobre cuyas vecindades dominadas por el paramilitarismo versaban las denuncias de Iván Cepeda ante el Senado cuando la fuga aquella, ni la de Rionegro en Antioquia donde da sus conferencias de prensa. Aunque no se sabe bien en cual de todas ellas lo tumbó un caballo.

¿Que no considere la renuncia ahora, pues ahora no es conveniente, pero que la guarde por si acaso puede servir más adelante?

Tres razones distintas ha dado Uribe, repito, para disculpar sus piruetas evasivas, al tiempo que las negaba. “¡No me diga evasivo!...” –le espetó furioso a un reportero que le preguntó que por qué no contestaba las preguntas que él mismo había solicitado, y que luego había eludido siete veces–. La primera, cuando taimadamente anunció que enviaría, pero no envió, una carta de renuncia a su curul en el Senado, fue, según dijo, de índole moral. Se sentía, aseguró, “moralmente impedido” para ejercer sus funciones de senador cuando a la vez tenía que ocuparse de su defensa ante la Corte Suprema. Pero a continuación, por interpuesta persona –el presidente del Senado, Enrique Macías, quien declaró, con el tono ceremonioso de quien ha encontrado por fin el desaparecido Santo Grial, “tener en su poder” el precioso documento que en los cinco días hábiles transcurridos desde el anuncio no había conseguido viajar desde Rionegro hasta Bogotá (pero cómo, si Uribe en su gobierno eliminó los correos nacionales), pues al final no había sido mandado por Twitter, medio de comunicación favorito del interfecto, ni por correo electrónico, ni por WhatsApp, ni por paloma mensajera, sino, según parece, mediante lo que antes de la desaparición del sistema postal se llamaba “un propio”, que por lo visto se emborrachó en las fondas del camino–, por la interpuesta persona de Macías, digo, hizo saber Uribe que la razón de su renuencia a dar la cara era en realidad de índole fisiológica, y no moral: una incapacidad médica recetada de resultas de la costilla rota que le había dejado la caída de caballo sufrida en alguna de sus fincas.

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Pero de nuevo a continuación, y tal vez porque estaban a punto de vencerse los términos de la incapacidad física, y a lo mejor también se le habían agotado los volátiles escrúpulos morales, alegó Uribe una tercera razón, ya no moral ni médica: esta vez “una razón de honor” para pegar en el aire una nueva voltereta. Para pedirle a su alcahuete presidente del Senado –esta vez sí por Twitter– que ignore su renuncia, o más bien, en su sinuosa sintaxis: “Que retenga sin considerar” la carta en que se la mandó. ¿Que no la considere por ahora, pues ahora no es conveniente, pero que la guarde por si acaso puede servir más adelante? Que ignore por el momento la disculpa moral que le impedía someterse a la corte, y olvide la disculpa fisiológica que obligaba al aplazamiento, para en cambio someterse, aunque solo de manera provisional y bajo la pretendida excusa del honor, nuevamente a la corte. A la cual, entre tanto, hace recusar por alguno de entre sus muchos cagatintas, casi tan numerosos como sus guardaespaldas. Dicen que son trescientos, y no sé si, como ellos, pagados por cuenta de los contribuyentes.

Tres razones no: cuatro. La cuarta, después de la de la moral, la médica, la del honor mancillado, es la verdadera: la razón del Estado de opinión. Razón de teatro. Declara Uribe: “No he pensado en más alternativa que en dar la batalla jurídica y ante la opinión pública”. Que es donde sabe que pueden tener éxito sus dotes de saltimbanqui. Ya empezó a darla: en su rueda de prensa, en la que no contestó nada mientras aseguraba que ya lo había contestado todo, y en la campaña ya emprendida para desacreditar a la corte y recusar a sus magistrados.

Podrá salvarse del juicio. Pero no de la vergüenza.

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