Hablar de enfermedades después de un terremoto como el que azotó a Colombia el 10 de agosto exige, para Gabriel Camero, director de la Cruz Roja Colombiana, mirar primero las condiciones que existían antes de la emergencia. Desde su experiencia, advierte que después de un desastre natural la salud pública requiere atención, pero también precisión para no convertir los riesgos reales en una fuente adicional de miedo.
Una catástrofe no crea por sí sola una epidemia. Lo que hace es poner bajo mayor presión sistemas y comunidades que ya pueden enfrentar dificultades sanitarias. “Un terremoto no es igual a una epidemia. No existe una epidemia causada por un desastre. Ese es uno de los mitos que hay que evitar. Lo que sucede es que las situaciones de emergencia o desastre se ven agravadas por las condiciones sanitarias previas”, explica Camero.


Frente a ellos, el experto explica que en las semanas anteriores al terremoto del 10 de agosto, el Instituto Nacional de Salud ya vigilaba un escenario epidemiológico que requería atención en varios de los territorios posteriormente afectados. Valle del Cauca y Risaralda presentaban una circulación de dengue por encima de lo esperado durante 2026, mientras que Chocó tenía una situación especialmente relevante en materia de malaria. También había circulación de fiebre amarilla y una carga habitual de enfermedad respiratoria aguda que, en determinadas épocas del año, aumenta.
A esto se sumaban las enfermedades diarreicas, con una situación que podía ser más compleja en territorios donde existían dificultades relacionadas con los acueductos. La leptospirosis, además, venía aumentando en Chocó, Valle del Cauca y Cauca.

El escenario previo incluía otros indicadores que Camero considera fundamentales para entender la dimensión del problema. El Instituto Nacional de Salud mantenía vigilancia sobre desnutrición, mortalidad materna y perinatal y enfermedades en menores de 5 años. Al mismo tiempo, la red hospitalaria ya enfrentaba presión. “Ya teníamos un sistema de salud con estrés”, señala.
Ese punto resulta determinante. La emergencia no llegó sobre un sistema completamente despejado, sino sobre una red que ya atendía las necesidades habituales de una población y que además enfrentaba pacientes con enfermedades crónicas, entre ellos personas con requerimientos de atención renal. Por eso, explica Camero, comprender el contexto previo permite dimensionar el riesgo real de una catástrofe sin convertirlo en una predicción catastrófica.

Después del terremoto

Después del terremoto aparece otro escenario: personas que pierden sus viviendas, familias que deben trasladarse y comunidades que buscan refugio. Para Camero, hay cuatro factores sanitarios que requieren especial atención: el hacinamiento, los daños en los acueductos, las afectaciones de las redes de alcantarillado y la acumulación de residuos.
La combinación puede favorecer la aparición o el aumento de enfermedades diarreicas y respiratorias, la contaminación fecal de agua y alimentos y una mayor circulación de vectores y roedores. También puede incrementar la exposición a enfermedades transmitidas por vectores como dengue, fiebre amarilla y malaria.
A esto se suma una dificultad menos visible: la interrupción de servicios esenciales. Si las comunidades se desplazan, pueden afectarse procesos como la vacunación y, con el tiempo, disminuir las coberturas de inmunización.

En ese contexto, la vigilancia epidemiológica adquiere un papel central. Camero destaca el trabajo del Instituto Nacional de Salud y señala que la prioridad debe ser identificar rápidamente dónde se concentra la mayor presión sobre el sistema.

Su semáforo de prioridades pone a Chocó en el primer lugar debido a la alta ocupación de su red hospitalaria. Después aparece Valle del Cauca, otro de los departamentos afectados por la emergencia. Camero también llama la atención sobre Cauca, porque pacientes de ese departamento acudían a servicios del Valle del Cauca y, ante la afectación de esa red, la presión podía trasladarse.
La prevención cotidiana, sin embargo, no depende únicamente de hospitales y autoridades. En medio de la llegada de ayudas provenientes de distintas regiones del país, la manipulación de alimentos se convierte en otro punto crítico. Camero advierte que deben extremarse las medidas de higiene desde la recepción hasta la preparación y distribución de donaciones. “Como están llegando alimentos de todo el país, esos alimentos seguramente muchos van a tener problema de manipulación. Hay que extremar las medidas de higiene en todo el proceso de recepción, preparación y distribución de los alimentos. Yo creo que el número uno para mí en estas cosas son las enfermedades gastrointestinales”, dice.

La recomendación es sencilla, pero fundamental: cuidar el agua y los alimentos. También hay que desmontar uno de los temores que aparece con frecuencia después de una tragedia: que los cadáveres causarán una epidemia. Camero es enfático en asegurar que “los cadáveres, después de un desastre, de un terremoto como el que tuvimos desafortunadamente en el país, no producen epidemias. Si la persona muere por un trauma o por un aplastamiento, su cuerpo no genera enfermedades que antes no tenía. Eso es un mito”, explica.
La presencia de cuerpos, sin embargo, sí tiene consecuencias. Más allá del impacto visual y de las condiciones propias de un escenario de desastre, existe una dimensión psicológica y social.
Las otras emergencias

La atención de una catástrofe no termina cuando se rescata a una persona o se habilita un refugio. Sobrevivientes, familiares, rescatistas, voluntarios y quienes acompañan la emergencia pueden atravesar diferentes respuestas psicológicas.
Camero describe un proceso que puede comenzar con estrés psicológico agudo durante las primeras horas y continuar, en los días posteriores, con reacciones de estrés. Más adelante pueden aparecer ansiedad y síntomas depresivos. El insomnio y las alteraciones del sueño pueden convertirse en señales posteriores, especialmente entre quienes no han podido procesar adecuadamente las pérdidas y el impacto de la emergencia.
Por eso, para el especialista, la salud mental no debe quedar relegada frente a las necesidades físicas de la emergencia. El miedo, la ansiedad, los cambios en el sueño y otras manifestaciones deben ser observados y, cuando sea necesario, atendidos por profesionales.

Pero existe otra amenaza que puede afectar la respuesta sanitaria: la información incorrecta. En una emergencia, las redes sociales pueden convertirse en una fuente de rumores que amplifican el temor. Para Camero, ese fenómeno tiene un nombre concreto: infodemia. “Las redes sociales son realmente peligrosas para hacer duelo, son peligrosas para cuidar la salud cuando no están dirigidas por un profesional”, advierte.
Rumores sobre nuevos terremotos, supuestas epidemias causadas por cadáveres o anuncios sin fundamento sobre enfermedades pueden generar miedo y desviar la atención de las medidas que realmente protegen a las comunidades. También puede ocurrir con las ayudas: enviar alimentos o insumos sin conocer las necesidades reales o el destino puede dificultar la respuesta.
En ese escenario, la información confiable se convierte en una herramienta de salud pública. No se trata de ignorar los riesgos, sino de conocerlos, verificar las fuentes y seguir las indicaciones de las autoridades y profesionales.
