En materia ambiental, el fracking ha estado rodeado de dudas y controversias durante años debido a las posibles consecuencias que podría tener sobre los ecosistemas y la salud de las personas. Por eso, antes de analizar sus riesgos, es importante entender cómo funciona esta técnica de extracción de hidrocarburos.

Consiste en extraer gas y petróleo de yacimientos no convencionales mediante la inyección de grandes volúmenes de agua, arena y aditivos químicos a alta presión. El objetivo es fracturar las formaciones rocosas donde permanecen atrapados estos recursos para que puedan fluir hacia la superficie y ser extraídos.
De acuerdo con la WWF (World Wildlife Fund o Fondo Mundial para la Naturaleza), aunque esta técnica ha incorporado avances tecnológicos en las últimas décadas, continúa siendo objeto de debate por los posibles daños irreversibles que podría ocasionar al medioambiente.
Según explican, el proceso comienza con la perforación de un pozo que puede alcanzar varios kilómetros de profundidad hasta llegar al yacimiento. En algunos casos, dicha excavación también se extiende de forma horizontal dentro de la formación rocosa. Posteriormente, el hoyo se recubre con tuberías y cemento para aislarlo del entorno, y se realizan perforaciones en la roca para crear fisuras iniciales.

Luego se inyecta a alta presión una mezcla de agua, arena y compuestos químicos que amplía esas grietas, permitiendo que el gas o el petróleo atrapados asciendan hasta la superficie para su aprovechamiento.
Sin embargo, este procedimiento también implica una serie de riesgos ambientales. Uno de los principales es el enorme consumo de agua que requiere. Se estima que cada pozo puede utilizar entre 9.000 y 29.000 metros cúbicos de agua, una cantidad que se inyecta en un periodo aproximado de dos semanas. Esto puede generar una fuerte presión sobre las fuentes hídricas de las que dependen las comunidades, las actividades productivas y los ecosistemas.
A esto se suma el riesgo de contaminación de las aguas subterráneas y superficiales por la posible filtración de los fluidos utilizados durante el proceso o por el manejo inadecuado de los líquidos que retornan a la superficie, los cuales requieren tratamientos especializados antes de su disposición.

Además, diferentes estudios han advertido que el fracking podría favorecer la liberación de metano, incrementar la actividad sísmica y afectar los ecosistemas por la pérdida de cobertura boscosa, la fragmentación de hábitats y la erosión del suelo.
Estos posibles impactos son los que mantienen abierto el debate sobre la conveniencia de implementar esta técnica y sobre la necesidad de evaluar cuidadosamente sus efectos antes de autorizar nuevos proyectos.
