Un fósil encontrado en el desierto de Gobi, en Mongolia, acaba de resolver una duda que durante décadas había mantenido ocupados a los paleontólogos. El hallazgo pertenece a Tamirkhan balcarceli, un pequeño mamífero que vivió durante el Cretácico y que tenía una apariencia parecida a la de un conejo.

Unos dientes llevaron a una conclusión equivocada
El problema comenzó porque los primeros restos de estos animales eran muy incompletos. Durante años, los científicos estudiaron principalmente dientes aislados y pequeños fragmentos de mandíbula.
Sus dientes eran bajos y redondeados, una característica que parecía relacionarlos con mamíferos que se alimentaban de plantas. Esa apariencia llevó a plantear que los zheléstidos podían estar relacionados con los mamíferos placentarios, grupo que actualmente incluye a los humanos y a la mayoría de los mamíferos vivos.
Pero el nuevo fósil permitió mirar mucho más allá de la dentadura.
El fósil que mostró algo que no encajaba
El ejemplar conserva buena parte del cráneo y del esqueleto. Además de los dientes redondeados, presenta incisivos largos que crecían continuamente y unas patas traseras alargadas.
Sus tobillos también tienen características que aparecen en otro grupo de pequeños mamíferos del Cretácico, conocidos como zalambdalestoideos. Al comparar todas esas partes, los investigadores concluyeron que los zheléstidos no eran antiguos parientes cercanos de los mamíferos placentarios, sino que pertenecían a esa otra rama evolutiva.

El paleontólogo Shawn Zack, de la Universidad de Arizona, destacó que las patas traseras de Tamirkhan presentan rasgos “inconfundiblemente zalambdalestoideos”.
La sorpresa estaba en el cuerpo, no solo en los dientes
El descubrimiento también explica por qué la clasificación permaneció abierta durante tanto tiempo. Los dientes daban una pista que parecía clara, pero el resto del cuerpo contaba una historia diferente.
Maureen O’Leary, paleontóloga de la Universidad de Stony Brook y coautora del estudio, resumió la lección al señalar que los dientes “no siempre” permiten saber cómo era un animal completo.
En este caso, las características similares a las de otros mamíferos herbívoros probablemente surgieron de manera independiente. Es decir, animales que no estaban estrechamente relacionados terminaron desarrollando rasgos parecidos porque tenían formas de vida similares.
Un hallazgo que tardó más de 20 años en ser estudiado
Giallombardo encontró el ejemplar en 2004, cuando era estudiante de posgrado, durante una expedición al Gobi patrocinada por el Museo Americano de Historia Natural. El investigador calificó el descubrimiento como “la emoción de una carrera” y destacó que el fósil estaba tan bien conservado que permitió resolver un problema científico de larga duración.
A beautifully preserved fossil from Mongolia’s Gobi Desert has solved a mystery that puzzled paleontologists for nearly 40 years. Tamirkhan balcarceli shows that zhelestids were not early relatives of modern placental mammals, despite having teeth that seehttps://t.co/8ZDQex0Gxh
— Michael W. Deem (@Michael_W_Deem) September 28, 2026
El animal medía aproximadamente entre 15 y 18 centímetros desde la cabeza hasta la cola. Sus largas patas traseras explican por qué los zheléstidos han sido llamados informalmente “conejos del Cretácico”, aunque su parentesco con los conejos actuales es lejano.
Para Michael Novacek, conservador del Museo Americano de Historia Natural y participante en las expediciones al Gobi, estos hallazgos siguen “transformando” lo que se sabe sobre la evolución de los mamíferos.
