Lo ha señalado ferozmente de abuso de poder, corrupción, populismo y de traicionar el mandato del cambio. Incluso lo denunció en la Comisión de Acusaciones en medio del fervor de la pasada campaña presidencial. Petro, por su parte, dijo que ella lo había traicionado siete veces. Pero como en la política está demostrado que cambiar de camiseta es muy sencillo, ahora vuelven a sentarse para hablar de una posible alianza con la mira puesta en las elecciones territoriales de 2027. El marco de esta relación deja varios interrogantes sobre la consistencia de sus posiciones políticas.
La fotografía de Gustavo Petro y Claudia López reunidos el pasado 9 de septiembre no es una imagen cualquiera. Los dos dirigentes llevan años protagonizando una relación de acercamientos, rupturas y enfrentamientos públicos.
Esta vez, sin embargo, el contexto es diferente. Petro ya no está en la Casa de Nariño y López acaba de cerrar una candidatura presidencial que, dicho sea de paso, fracasó estrepitosamente, y en la que buscó distanciarse a como diera lugar del proyecto de Petro para poderse presentar como una alternativa diferente al petrismo y a la derecha de Uribe. Aun así, ambos volvieron a sentarse para hablar de una eventual alianza política. Es una historia de traiciones que parece no terminar.
El propio Petro explicó que la conversación tuvo como uno de sus asuntos clave las elecciones regionales de 2027. El expresidente planteó que la denominada “Alianza por la Vida” debería buscar presencia en alcaldías, gobernaciones y corporaciones públicas. López confirmó el encuentro y habló de la necesidad de construir una alternativa amplia frente al nuevo Gobierno. La discusión dejó de ser, por tanto, un simple reencuentro entre dos antiguos adversarios. Hay un horizonte electoral concreto.
La escena contrasta con buena parte del discurso que López sostuvo durante los últimos años. La exalcaldesa ha insistido en que nunca fue petrista y que su proyecto político no pertenece a la izquierda. Es cierto que nunca militó en el Pacto Histórico. Pero también lo es que votó por Petro en las segundas vueltas presidenciales de 2018 y 2022, respaldos que ella misma ha reconocido y explicado públicamente. De hecho en entrevista con SEMANA dijo que estaba orgullosa de su voto y que lo haría de nuevo sin dudar. Además, su voto para las presidenciales de 2026 fue por Iván Cepeda, el representante más acérrimo del Petrismo.
En 2018, López venía de ser fórmula vicepresidencial de Sergio Fajardo. Después de que el exgobernador de Antioquia quedara por fuera de la segunda vuelta, Claudia decidió votar por Petro junto con Antanas Mockus. Ambos presentaron públicamente una serie de compromisos que Petro debía respetar si recibía su respaldo. Irónicamente, ocho años después, y luego de la primera vuelta presidencial de 2026, en la que salieron derrotadas ella y Fajardo nuevamente, el profesor de matemáticas le dio la espalda a López y le cerró la puerta a cualquier alianza con ella.
Amigos y rivales
La relación comenzó a deteriorarse con especial fuerza durante la Alcaldía de Bogotá. López llegó al Palacio Liévano en 2020 y rápidamente encontró en Petro a uno de sus principales contradictores. El Metro se convirtió en uno de los puntos de mayor tensión. Petro defendía la idea de un metro subterráneo, mientras López impulsaba la construcción del proyecto elevado que finalmente avanzó durante su administración. La disputa técnica terminó convertida en una batalla política entre dos dirigentes que ya estaban mirando más allá de Bogotá.
El Metro es quizá uno de los ejemplos más evidentes de esos virajes de la camaleónica Lopez. En 2019, cuestionaba el proyecto elevado de Enrique Peñalosa y acudió a los tribunales para demandar su legalidad. Pero llegó a la Alcaldía y la historia cambió. La misma dirigente que había cuestionado el proyecto terminó defendiendo el contrato, encabezando el inicio de las obras y presentando el Metro como una de las grandes apuestas de su administración. En octubre de 2020, incluso afirmó que no había una obra más anhelada por los bogotanos.
La paradoja alcanza también a Peñalosa. López ha sido una crítica recurrente de su administración y de buena parte de su legado, pero fue durante el gobierno del exalcalde cuando se adjudicó y contrató la Primera Línea que ella recibió y defendió como alcaldesa.
Años después, la obra que alguna vez cuestionó terminó convertida en uno de los principales logros que ella se adjudica en su paso por el Palacio Liévano. El Metro, así, pasó de ser una bandera para cuestionar a Peñalosa a convertirse en una bandera propia.
El enfrentamiento alcanzó un nuevo nivel durante el paro nacional de 2021. En medio de las protestas y los hechos violentos registrados en Bogotá, López responsabilizó a Petro de contribuir a la confrontación.
En uno de sus pronunciamientos más recordados sostuvo que “la política de Petro es la del caos” y le pidió que no incendiara más al país. La dirigente que tres años antes había contribuido a llevarlo a una segunda vuelta presidencial ahora lo señalaba como parte del problema político que debía contenerse.
La historia, sin embargo, volvió a cambiar en 2022. Petro llegó nuevamente a la segunda vuelta, esta vez contra Rodolfo Hernández. López volvió a respaldarlo. Después de la victoria del candidato de la Colombia Humana, celebró el resultado y dijo: “Al fin ganamos. Empezamos a escribir con toda ilusión una nueva página en la historia de Colombia”. Meses después, en una entrevista, afirmó que había votado por Petro y que lo volvería a hacer.
Ese respaldo resulta relevante porque ocurrió después de una de las etapas de mayor enfrentamiento entre ambos. López no estaba votando por un desconocido. Estaba respaldando nuevamente a quien había convertido en uno de sus principales adversarios durante su administración en Bogotá.
La explicación que López ha dado es que una cosa es votar por un candidato en segunda vuelta y otra pertenecer a su proyecto político. En una entrevista concedida en 2024, recordó que en ambas elecciones votó inicialmente por Sergio Fajardo y que en segunda vuelta optó por Petro “con muchas prevenciones”. También sostuvo que los colombianos habían tenido que escoger entre opciones caudillistas y populistas. Su argumento es que votar por Petro nunca significó entregarle un cheque en blanco.
El problema político para López es que ella misma celebró su triunfo y durante un tiempo presentó aquella elección como la llegada del cambio que había defendido. Después, cuando el Gobierno comenzó a acumular cuestionamientos, la distancia creció hasta convertirse nuevamente en una confrontación abierta.
Traición y más traición
En mayo de 2024 llegó una de sus declaraciones más severas. López afirmó que “lo que toca el presidente Petro lo daña, y eventualmente lo corrompe”. También acusó al mandatario de abusar del poder, de violar la Constitución y de intervenir en asuntos que correspondían a los alcaldes.
Dijo además que Petro no gobernaba, sino que “solo tuitea y hace campaña, política y polarización”. No eran críticas marginales. Eran cuestionamientos directos a la legitimidad y a la forma de gobernar de quien ella misma había ayudado a elegir dos años antes.
En esa misma época López explicó que se había arrepentido de haber respaldado a Petro por los hechos de su administración. Dijo que el presidente había incumplido uno por uno los compromisos que había asumido en 2018 y que había deshonrado la palabra. La misma dirigente que había pedido el voto por él terminó utilizando el incumplimiento de esas promesas para construir parte de su discurso de oposición.
La ruptura llegó también al terreno partidista. López abandonó la Alianza Verde en medio de una fuerte disputa interna y cuestionó la influencia del petrismo dentro de la colectividad. Sus críticas apuntaban a sectores que, según ella, habían permitido la entrada de prácticas que consideraba contrarias a la independencia del partido.
Para finales de 2023, esa distancia era todavía mayor. López describía a Petro como un “caudillo populista de izquierda” y cuestionaba abiertamente los resultados de su administración. La diferencia con 2022 era evidente. Había pasado de celebrar la llegada del cambio a presentar al Gobierno como una decepción y a cuestionar buena parte de sus principales banderas.
El punto de mayor tensión llegó en marzo de 2025. Durante el polémico consejo de ministros televisado en el que brotaron todas las fracturas del progresismo, Petro aseguró que López lo había traicionado siete veces.
Según el presidente, ella llegaba a acuerdos y después cambiaba públicamente de posición. La frase quedó registrada en medio de una discusión sobre la forma como distintos sectores habían participado en el Gobierno y sobre las dificultades que, según Petro, habían enfrentado para construir su programa político.
López respondió casi de inmediato. Dijo que el único que había traicionado verdaderamente a Colombia era Petro y sostuvo que ella había sido una de las personas que había puesto límites a sus actuaciones. El intercambio dejó expuesta una relación política difícil de explicar con la lógica de una alianza estable. Petro hablaba de traición. López respondía acusándolo de haber traicionado el cambio que millones de colombianos habían votado.
¿Petro? ¿quién es Petro?
López volvió a marcar distancia de manera todavía más explícita. En el proceso de construcción de su candidatura presidencial para 2026 sostuvo que Petro no merecía una segunda oportunidad ni continuidad porque había traicionado el mandato del cambio. Su discurso buscaba ocupar un espacio político independiente, lejos tanto del Gobierno saliente como de la derecha. Claramente buscaba sepultar el recuerdo de Petro para ella quedarse con la silla en la Casa de Nariño. No le funcionó.
Ese posicionamiento tenía una lógica electoral evidente. López necesitaba diferenciarse del petrismo para presentarse como una opción de centro capaz de recoger a los ciudadanos que no querían el regreso de la derecha, pero tampoco estaban dispuestos a respaldar la continuidad del proyecto de Petro. La confrontación con el expresidente no era entonces un asunto secundario. Era parte de la identidad con la que buscaba llegar a una elección presidencial.
“Pidiendo ¿cacao?”
Por eso el nuevo acercamiento resulta políticamente significativo. La candidata que había buscado diferenciarse del petrismo vuelve ahora a sentarse con Petro cuando comienza a definirse el mapa electoral de 2027 y cuando su capital político quedó desgastado tras la última ronda presidencial.
No se trata de una conversación sobre el pasado. Se habla de alianzas, de candidaturas y de la posibilidad de construir una plataforma común para las elecciones territoriales. Petro lo hizo explícito al señalar que su propuesta debía llegar a alcaldías y gobernaciones.
Dentro del petrismo, el acercamiento tampoco ha sido recibido de manera unánime. María José Pizarro lo celebró y sostuvo que la “Alianza por la Vida” no debía entenderse como una coyuntura electoral, sino como un proceso de largo plazo que reuniera a sectores progresistas, socialdemócratas y liberales alrededor de la defensa de la democracia.
Otros dirigentes, sin embargo, han puesto reparos. Daniel Rojas, exministro de Educación de Petro, reconoció que considera que López ha traicionado al proyecto y que es neoliberal. Aun así, sostuvo que las circunstancias políticas pueden obligar a construir alianzas entre sectores con diferencias profundas.
Gustavo Bolívar utilizó otro tono. Frente a la fotografía de Petro y López habló de una escena comparable con los músicos del Titanic y, al mismo tiempo, sostuvo que los movimientos progresistas debían unirse porque separados podrían ser derrotados. Su posición apunta a la misma idea de fondo. La alianza no tendría como fundamento una identidad política compartida, sino la necesidad de construir una mayoría capaz de enfrentar al adversario común.
Carlos Carrillo fue mucho más directo. El exdirector de la UNGRD advirtió que una fotografía entre Petro y López no podía convertirse en una orden para la militancia del Pacto Histórico.
Reclamó discusión interna, reglas claras y un acuerdo programático antes de hablar de una alianza. Su crítica incluyó una expresión especialmente incómoda para quienes promueven el acercamiento: habló de “oportunismo electorero”.
Carrillo recordó además la relación de López con el petrismo durante los últimos años y sostuvo que ella ya había utilizado una imagen de cercanía con la izquierda para después convertirse en una de las principales críticas del proyecto.
La prevención del Pacto Histórico con López está marcada por la desconfianza hacía una persona que los ha traicionado en repetidas ocasiones y que lo ha usado, en palabras de sus militantes, como una plataforma para obtener ganancias políticas y electorales. Desde las bases del patrimonio también la perfilan como una política “oportunista”. Sin embargo, en este momento pareciera que están dispuestos a tragarse ese sapo con tal de no perder en las regionales de 2027.
“López tiene derecho a cambiar de opinión”, dicen algunos miembros del Pacto. También puede sostener que sus votos por Petro nunca significaron pertenecer al petrismo y que las circunstancias de una segunda vuelta son diferentes a las de un acuerdo de gobierno. Petro, por su parte, puede reconocer errores y buscar alianzas con sectores que antes criticó. Ninguna de esas decisiones constituye por sí misma una falta política.
Lo que sí puede ser sometido al escrutinio público es la distancia entre las posiciones que se adoptan cuando una alianza resulta útil y las que se defienden cuando esa alianza deja de ser conveniente. O mejor, cuando no funcionó en términos electorales.
En el caso de López, esa volatilidad política, casi que utilitarista, no aparece por primera vez. No es rara en su forma de ejercer el poder. Está documentada en 2018, cuando respaldó a Petro después de haber sido fórmula de Fajardo; en 2021, cuando lo enfrentó durante el paro; en 2022, cuando volvió a votar por él y celebró su triunfo; en 2024, cuando lo acusó de corrupción y abuso de poder; en 2025, cuando dijo que no merecía una segunda oportunidad, y ahora, cuando vuelve a conversar con él sobre una plataforma política para 2027.
No son señalamientos sueltos y la desconfianza del Pacto no es gratis tampoco. La evidencia permite algo más sencillo y más incómodo. López ha demostrado una notable capacidad para acercarse y alejarse de Petro según el contexto político de cada momento. La defensa de esa conducta como pragmatismo es posible. Presentarla como coherencia resulta mucho más difícil.
En el caso de Claudia López, la contradicción es especialmente evidente porque buena parte de su capital político se construyó denunciando los acuerdos entre dirigentes que, según ella, se acercaban al poder sin importar demasiado las diferencias que habían defendido antes. Ahora parece no importarle su mismo discurso y, seguro, su interés por obtener espacio electoral y evitar su desaparición política pesará más que cualquier diferencia con su entrañable amigo en la sombra.