NACIÓN

Ciudad Bolívar: la realidad de "los de arriba”

Un viaje a una de las zonas más deprimidas de Bogotá, donde las personas son desalojadas aunque no tenga para dónde partir. 

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20 de mayo de 2020 a las 7:40 a. m.
La localidad de Ciudad Bolívar, en Bogotá
La localidad de Ciudad Bolívar, en Bogotá Foto: Edwin Berajano - SEMANA

Este fue un sábado diferente. Iba camino a mi trabajo y me preguntaba qué era lo que iba a hacer, el periodista me comentaba que íbamos a un lugar donde la miseria está presente y en verdad sí, la miseria se respiraba en el aire, la manera en que las personas viven y su condición precaria es muy triste de ver.  Se pregunta uno ¿con qué historias me voy a encontrar acá?

Empecé a hacer mi trabajo: imagen va, imagen viene, si no lo he mencionado soy camarógrafo y fotógrafo de un importante medio de comunicación del país. Cuando las personas curiosas preguntan: ¿y ustedes qué hacen acá? La respuesta típica es: vinimos a ayudar, a darles voz y a que se puedan expresar. Se acercan por grupos a decirnos sus carencias, su falta de comodidades y, cómo no notarlo, si uno ve las condiciones en las que viven. Alegan muchos: ‘soy un padre, madre, abuelo, abuela de 3-4-5 hijos, nietos, sobrinos y cada uno de ellos con sus problemas y su vida cotidiana‘.

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Se sienten algo alegres en medio de la tragedia por las personas que llegan, desconocidos que depronto traen ayudas. No hablamos de las ayudas del gobierno, en medio del desespero muchos son desplazados por una guerra injusta, otros admiten haber caído en las drogas y por cosas de la vida quieren rehabilitarse, muchos más, porque su oportunidad de estudiar, laborar y ser alguien en la sociedad fue truncada. 

En medio de esas historias me pongo a pensar ¿cómo puedo ayudarlos? Entro en un dilema, ya que no sabe uno cómo expresarse, no sabe si dar o no, si bueno o malo, ¿que si ayuda a uno los otros qué? Es un problema moral por el cuál cual me siento frustrado. Volviendo al tema central, por lo que fuimos a hacer allá ya se había hablado del hambre, de que las ayudas no llegan, ahora lo nuevo es que a pesar de que los gobiernos local, distrital y nacional decretaron que por la emergencia no se podía desalojar, allí sí lo están haciendo. Personas que probablemente sean juzgadas por su apariencia, mas no por su forma de ser, son desalojadas sin piedad. Todos nombraban a la misma persona: Indira Caicedo. Yo me preguntaba ¿quién es esta mujer, queées lo que desea? 

Más adelante obtendría mi respuesta. Mientras nos estrellábamos con cosas que la verdad me hacían preguntar ¿en qué año y qué siglo estamos?, ¿por qué las personas aceptan esta condición? Yo, en mi completa ignorancia asumo que todos tenemos las mismas oportunidades en este país. Pero no, las personas no son tan afortunadas como algunos de nosotros, la cantidad de niños que uno ve es impresionante, muchos dirán desde la comodidad de la casa ¿por qué no se operan para no tener más hijos? ¿por qué no piensan en el futuro de estos niños? quienes dicen esto, no tienen ni idea lo que es no tener educación y lo que es tener que vivir así y entre tantas preguntas nadie tiene la respuesta. Volviendo al tema del desalojo, se empiezan a ver las caras de angustia, de cansancio, de frustración por su situación, ahora con un problema mayor. 

¡Llego la policía!, gritan, - la mayoría de la gente de “bien” dirían, llegaron a ayudarlos, pero no es así. Vienen con todo su arsenal a sacar a la gente, lo hacen de día, de noche, causando accidentes. Don Faryd, un señor de unos 58 a 60 años con pinta de ser campesino que araba la tierra en el Caquetá, una zona donde la guerra hizo lo suyo y por lo que debió dejar su tierra botada y todo su trabajo, “para llegar a la ciudad de las oportunidades”. Don Faryd llorando nos relata cómo su hijo de apenas 16 años fue atacado por el Esmad, y cómo uno de los uniformados lo golpeaba y además le disparó una lata de gas lacrimógeno que golpeó su cabeza, causándole fractura de cráneo. Le conté los puntos, más de 15. Su papá en llanto e impotencia le gritaba al joven que debían sacar a una bebé de 3 años y a su hermano de 8, mientras la policía destruía su casa de latas y madera a la que consideraba su hogar desde hace tres años. Nos cuenta cómo, cuando su hijo cayó inconsciente, él lo levantó del suelo y un policía, en medio de su prepotencía le dijo: “Deje esa mierda ahí que no sirve para nada”, se refería a su hijo que yacía casi hasta al borde de la muerte, don Faryd termina diciéndonos yo no quiero ayudas, yo quiero trabajar y darles una oportunidad a mis muchachos.

Seguíamos caminando en medio de un ambiente hostil al cual jamás me acostumbraría, ya que todo para mí era nuevo, miraba con atención sus camas, utensilios y casas precarias, muchos de ellos durmiendo en el suelo, cubiertos únicamente con una cobija y no precisamente una térmica, ¡una simple cobija ¡en una montaña donde se siente el frío a cualquier hora y en la noche debe ser peor. Aún así, con estas dificultades tratan de solucionar todo, dejamos aquella “casa” que en realidad era un cambuche de tres palos sosteniendo una teja de plástico, metidos en una cama sencilla unas cinco personas. 

El sol quemaba a esta hora del día y ya nos íbamos a retirar, creyendo que era suficiente y que con esto podríamos armar una historia, para poder mostrar a la sociedad que no hay nada como la desigualdad social. Cuando el contacto que nos llevó allá, nos insistía para hacer una última entrevista, un joven de unos 24 a 27 años que corre hacia nosotros y grita: “Miren, esa es, ella es Indira, la que me acabó de destruir mi casa”, con el rostro de quien no sabe qué hacer y lágrimas en sus ojos. ¿Recuerdan la señora que nombré anteriormente?, bueno ella es secretaria de reorganización rural de la Alcaldía de Ciudad Bolívar, nosotros nos íbamos acercando hacia donde ella estaba, desde la distancia se notaba su forma déspota y cuando nos vio mandó a la policía, colocando barricada y como una rata escondiéndose detrás de esta, a medida que nos acercábamos nos decía, en tono amenazante, - ¡Largo!, ustedes no pueden estar aquí. 

La policía iba a actuar, pero el periodista grita: "¡Somos prensa!". Cuando escucharon estas dos palabras entraron en pánico, el periodista que me acompañaba les dijo: ¿Quién de ustedes quiere hablar?, se acercó la dueña de la siguiente casa a la que iban a desalojar a pedirnos que interviniéramos a favor suyo, que vivía en el predio hace más de 14 años y que tenía los papeles en regla pero, que la señora Indira Caicedo no la quería escuchar y que simplemente quería desalojarla con sus hijos y nietos. Terminó de intervenir y el periodista dice: “Quiero que por favor una autoridad competente nos hable”, quiero tener las dos versiones, hubo un silencio sepulcral y el que asumo que es el comandante, responde: “Diríjase a la alcaldía de Ciudad Bolívar, que allá le dan la información”.

Solo lo decían para zafarnos, ya que aún no nombran alcalde local, todo esto ocurría en presencia de ancianos y niños. Yo me pregunto ¿Qué piensa un policía, al saber que sus acciones afectan a los menores?, ¿cómo carajos, es que permiten estas acciones? Son preguntas que rondan mi cabeza y no entiendo como lo hacen. El muchacho que corrió hacia nosotros nos habla y cuenta su historia, se vuelve una horrible costumbre escuchar que fue desplazado con su familia y se dirigió a esta ciudad, llegó al barrio bosa, que pagaba arriendo y trabajaba para mantener a su familia pero se quedó sin empleo y le tocó salir de la casa donde habitaba, ya que debía más de dos meses de renta, y su única opción fue armar una casita donde un amigo suyo habitaba, nos relata con lágrimas, muchas lágrimas cómo la señora Indira manda a los gestores de convivencia con unos pañales y le dice que acepten y que se van a llevar a sus niños para darles alimentación, su esposa aún desconfiando se va con ellos, al rato llega la señora Indira y dice: "¿Usted, no está con sus hijos?, ya perdió, por que vamos a destruir su choza". 

Él con angustia trata de defender su predio, su hogar, su oportunidad de poder salir adelante y lo que ella hace es destruir esa oportunidad, con lágrimas al final de la entrevista nos interrumpe una excavadora y él solo puede tomar sus cosas y salir de allí. Hoy en verdad no fue un día normal, sigo aprendiendo de todo y quiero entender la sociedad, es muy triste ver cómo la historia se repite una y otra vez, quiero entender por qué somos tan faltos de afecto y de empatía. Hoy, no sé qué pasará con toda esta gente que conocí y que será de su suerte, solo espero que tomemos conciencia y que dejemos de creer que estamos en un país “bien” y con oportunidades. Debemos agradecer lo afortunados que somos en vivir en buenas condiciones.