Ser colombiano es un acto de fe”, escribió alguna vez Jorge Luis Borges, y en la coyuntura actual se hace pertinente sumarle a tan famosa sentencia una palabra clave: “Ser artista colombiano es un acto de fe”.

Por estos días, el arte se puso de moda: la polémica que implicó la decisión del Gobierno de quitar obras de la exhibición permanente del Museo Nacional desató todo tipo de debates en medios de comunicación y en redes sociales. Algunas voces a favor aseguraron que esos afiches, pinturas, fotografías eran apología a grupos ilegales, al terrorismo y a personajes que “le hicieron daño al país”; mientras que otras opiniones defendían lo que estaba ahí como testimonio de una historia que, más allá de visiones personales, ha marcado a Colombia en las últimas décadas: desde la violencia hasta la consolidación de una nueva Constitución. Expertos, no expertos, políticos, historiadores, artistas, periodistas, profesores, sentaron sus posiciones sobre el relato curatorial del museo, sobre cómo el arte está para contar un país como es (guste o no) y cómo puede ser peligroso que la censura abra puertas innecesarias.

Por varios días, como pocas veces lo es aquí, el arte fue el foco de atención de la opinión pública. Así dejó en evidencia su poder de narración de hechos históricos, su poder de confrontación, su poder de levantar ampollas, generar opiniones y debates. Parece obviedad, pero vale recalcar que el arte es inseparable de la sociedad, indisoluble, intrínseco, así visitar un museo o una galería sea un hábito esporádico. Y claro está que la capacidad del arte de generar memoria y señalar las problemáticas de un país no se borra descolgando unas obras; si algo, esto la aviva. Y, detrás de ese debate que continúa, la gran paradoja es que su importancia es inversamente proporcional al apoyo que se le da…
En ese marco, aprovechando que esta semana comienza la 14ª edición de la Feria del Millón (FDM), un espacio que proyecta el trabajo de artistas plásticos emergentes que se la juegan por contar un país por medio de todo tipo de obras, Arcadia exploró una pregunta: ¿por qué alguien, a pesar de todo, escoge ser artista en un país como este?
“Para mí el arte es, ante todo, un compromiso”, apunta Isabella Portilla, quien expondrá en la FDM desde el jueves 5 de noviembre en el antiguo Carulla (el espacio que colinda con las funerarias Gaviria y Cristo Rey, en Bogotá). “Mi proceso como artista está constituido por dos vertientes: por un lado, la postulación a becas nacionales y distritales; y por el otro, la circulación en espacios independientes, galerías, ferias”.

“A veces siento que hay una percepción errónea de que el trabajo cultural o la creación artística son prescindibles. Sin embargo, el arte es un motor fundamental del tejido social, la memoria y la identidad colectiva”, enfatiza Portilla. “Siento que todo esto es esencial para que una sociedad crezca y, al final, vivir del arte no solo implica asumir el ejercicio de creación en un taller, sino un proyecto de autogestión de construir una comunidad y entrelazar las diferentes prácticas artísticas como la pedagogía, las exposiciones, la gestión cultural, entre otras”.


Por su parte, Stiven Vergara, maestro en Artes Plásticas y maestro en Cerámica, manifiesta que “vivir del arte en Colombia hoy en día no es fácil. Es ante todo un ejercicio de autogestión y resistencia estructural. Significa entender que la carrera de un artista no depende de una sola vía, sino de la capacidad de mantener un sistema autosostenible. En mi caso, la docencia y el taller no son solo un medio de subsistencia, sino los espacios que me permiten desarrollar mi pasión por la cerámica, conectar con otras personas y seguir creyendo en el arte como una profesión trascendental para la sociedad. Los retos son profundos”.

“Enfrentamos una precariedad profunda en los estímulos públicos, mercados de arte centralizados y una falta de valorización real en los procesos de largo aliento que exigen el desarrollo de la obra”, añade Vergara. “Sin embargo, habitar este oficio, formando a las nuevas generaciones y apostándole a la producción local, demuestra que es posible un camino digno y riguroso desde nuestras propias coordenadas”.

Ser artista en Colombia, en efecto, implica recorrer muchos caminos al tiempo para no desfallecer ante una vocación a veces menospreciada (hasta que aparecen escándalos como el del Museo Nacional). Incluso, lleva a vivir de otros oficios, pero sin nunca dejar de crear obras. Los estímulos, convocatorias y becas nacionales y distritales son el recurso que más buscan quienes quieren producir obras y no tienen el dinero suficiente para hacerlo. No solo obras que pueden circular en galerías o ferias de arte, sino también a gran escala, como instalaciones o piezas escultóricas que no se mueven necesariamente en un circuito comercial.

“Vivo del arte hace unos siete años y se vuelve una labor integral. Uno tiene que estar haciendo investigación para sus procesos creativos, pero a la par uno también tiene que volverse un poco empresario que cuida su nombre. Eso significa que tiene que trabajar en muchos frentes a la vez, como tener registros impecables de las obras, tener siempre un portafolio bien construido, redes sociales adecuadas, pero también presentar convocatorias”, dice Carolina Borrero, artista plástica de la Universidad Nacional y con una investigación en arte de la Universidad Complutense de Madrid.

“Yo, por ejemplo, hago instalaciones de producciones muy costosas y, al menos una vez al año, aplico a un estímulo económico que me permita hacer esa labor. Eso implica saber hacer renders o tener un equipo para construir estas obras. Pero también están las galerías y las ferias, y eso lleva a que uno todo el tiempo tiene que estar conectado de alguna manera con los demás agentes del gremio”, profundiza Borrero.

Sin duda, el Estado tiene una labor muy importante y, en un mundo ideal, los recursos para producir obras e investigaciones deberían ser mucho más altos. Pero también es sustancial destacar que la empresa privada ha ido entendiendo la importancia de apoyar al sector.

“Este año tenemos el Salón Colombia Itaú con la participación de 32 artistas de los 32 departamentos del país. Artistas de regiones que no tienen acceso al circuito, ni a galerías, ni a la oportunidad de que curadores vean sus trabajos. El apoyo del banco ha sido fundamental durante ocho años. Como también tenemos el Pabellón Urbano Constructora Capital, con artistas que se centran en interpretar las ciudades, el poder de la arquitectura”, dice Diego Garzón Carrillo, codirector de la feria. Ese apoyo de la empresa privada se vio en las bienales de Bogotá y Antioquia el año pasado, y en otras iniciativas donde todos ganan: los artistas y el público.

“¿Se estudia arte para buscar trabajo?”, se preguntó recientemente el portal Esfera Pública. Cada quien tendrá su respuesta. Y tal vez una de ellas sea el acto de fe, a pesar de todo y de tantas adversidades. Por esto, ahí siguen presentes los artistas, los museos y el público que los visita. Y, sobre todo, las obras que cuentan la historia. El arte no siempre se ve, pero se siente.
