Orlando Ramírez Briñez, como se diría en el mundo de la televisión, entró en cuadro en 1984. Sus inicios se remontan a algunas colaboraciones en RTI, la entonces programadora de Fernando Gómez Agudelo —precursor de la televisión colombiana— y casa matriz de programas tan legendarios como Enviado Especial, de Germán Castro Caycedo, y La Abuela, novela con Teresa Gutiérrez.
Antes de cargar la cámara, Orlando desempeñó diversos cargos que le sirvieron para cimentar su carrera en el medio. Fue mensajero y asistente de cámara, una actividad que llevó con orgullo y de la cual hablaba recurrentemente en las esquinas del barrio Timiza, en el sur de Bogotá, un sector habitado, en los años ochenta, por varias familias de camarógrafos.
Desde los tiempos de asistente, Orlando mostró interés por el oficio y aprendió rápido el arte de poner a punto los equipos, doblar con precisión los cables y tener en la cabeza los planos para enriquecer el trabajo en novela y en noticias.
La oportunidad de explotar el talento que tenía llegó en el noticiero Cinevisión, presentado en algún momento por Antonio José Caballero y María Clara Gracia, al lado de un teléfono rojo.
Así, la figura maciza y la amplia sonrisa se empezaron a ver en la calle 72, muy cerca de la carrera 11, donde el informativo tenía su sede principal.
Le llegó el apodo
El 4 de diciembre de 1986, Orlando Ramírez dejó de ser Orlando Ramírez. Pasadas las 8 de la noche, al beeper de trabajo llegó un mensaje que interrumpió el tedio del turno de aquel diciembre.
En el restaurante italiano Pozzetto, a 10 cuadras exactas de la sede de Cinevisión, el excombatiente de Vietnam Campo Elías Delgado había asesinado a 20 comensales con un revólver calibre 32 y un cuchillo de caza.
Y ahí, como siempre en la mayoría de hechos noticiosos de la Bogotá de entonces, estaban Orlando y su cámara. Esta vez, parapetado en una de las ventanas del restaurante, obtuvo las imágenes de los agentes del F-2 intentando ingresar por entre los velos de las cortinas blancas. Después, el hábil camarógrafo consignó el estado en el que quedó el lugar luego de la masacre: las copas rotas, los zapatos de tacón, las sillas isabelinas...
También pudo dejar el registro para el archivo del país la salida de los cuerpos de los inocentes que esa noche de villancicos y novenas pagaron los traumas de un hombre perturbado.
De esa jornada no solo quedaron las horripilantes imágenes. Antonio José Caballero, periodista de quilates y entonces presentador del noticiero, rebautizó para siempre a aquel joven camarógrafo, al día siguiente: “¿Dónde está Pozzetto?“, preguntó Caballero, antes de felicitar a Orlando por el trabajo realizado la noche anterior, imágenes que ya estremecían a millones de colombianos.
“Antonio José fue quien le puso así. Y desde ahí todo el mundo le dice Pozzetto, menos yo, que le digo Orlando. Pero en el gremio periodístico todo el mundo lo conoce con ese mote”, bromea Norma Forero, su esposa y quien lo ha acompañado en las buenas y malas durante 37 años.

De viaje en viaje
A finales de los ochenta y con más millas como camarógrafo encima, Pozzetto inició un nuevo reto profesional, esta vez en el equipo del Noticiero Nacional, informativo en los primeros puestos de sintonía en la época y recordado por mostrar como verdadera primicia el video del atentado contra el candidato presidencial Luis Carlos Galán en agosto de 1989.
Allí, aprendió de la mano de dos grandes del periodismo que se desempeñaban como directores: Javier Ayala y Gabriel Ortiz. En el Nacional, Pozzetto hizo escuela como camarógrafo.
Se hicieron frecuentes las visitas semanales al Congreso de la República en compañía del periodista Vicente Silva. Eran los tiempos en los que el camarógrafo también vestía de saco y corbata como el periodista.
También trabajó con reconocidos reporteros como Diana Sofía Giraldo, Carmelo Castilla, Chucho Martínez, Hernán Estupiñán y Oscar Ritoré.
Con los dos últimos reporteros recorrió el país en el famoso Viajero del Noticiero nacional, un Renault 9 gama dos 1987 que llegó a donde ningún medio de televisión lo hacía en la época.

Orlando conoció los rincones de la geografía patria en ese carro blanco pintado de rayas de colores que, aunque no era un campero, fue capaz de llegar a lugares inimaginables como el Amazonas, La Guajira y Buenaventura.
Incluso, lo subieron en un planchón por el río Magdalena para hacer la ruta del banano y lo montaron en el último recorrido de los ferrocarriles nacionales, en 1989.
De la experiencia y en múltiples charlas con este cronista, Pozzetto siempre recuerda con cariño su etapa en el Viajero. “Nos recibían con papayera, reinas y pólvora. Era un acontecimiento en los pueblos donde llegábamos. En cada uno dejábamos un amigo”, contó.
La viajadera no terminó ahí y se intensificó en los años noventa durante su paso por 7:30 Caracol, el informativo estrella de las mañanas de Caracol. De esa etapa, Norma recuerda verlo poco y más bien guarda en su casa del occidente de Bogotá los regalos que le traía de los viajes que hacía.
Cubrió los mundiales de 1994, 1998 y el de Alemania 2006, y varios Juegos Olímpicos como el de Brasil 2016. Pese a la distancia, siempre estaba pendiente de sus hijos Diego Andrés y Juan Camilo. “Los llamaba desde donde estuviera y siempre fue un gran papá pese a esos duros cubrimientos”, cuenta Norma.

Un ojo histórico
Por la retina de Orlando ‘Pozzetto’ Ramírez ha pasado buena parte de la historia contemporánea del país. Norma recuerda que una de las pocas veces que lo vio llorar al llegar a casa fue tras el cubrimiento de la bomba del DAS.
El bogotano, nacido el 9 de junio de 1964, fue uno de los primeros camarógrafos en llegar a la zona del atentado que dejó más de 70 muertos y 600 personas heridas.
En 1991, documentó la Asamblea Nacional Constituyente que le dio vida a la actual Constitución y en innumerables ocasiones visitó los campamentos guerrilleros, como durante el proceso de paz con las Farc en 1999.
Esos fueron sus primeros años de labores en Caracol ya como canal privado. Allí tuvo la oportunidad de trabajar con el maestro Yamid Amat y de grabar a varios jefe de los paramilitares, algunos a los que el país nunca les había visto la cara.

En 1985, durante la toma del Palacio de Justicia y en busca de un nuevo ángulo para mostrar los acontecimientos, Pozzetto no tuvo problema en subirse a la torre norte de la Catedral Primada y mostrar desde arriba el ingreso de tanques de guerra al templo de la justicia.
Amigo y maestro de la luz
El reconocido periodista económico Ismael Enrique Medina trabajó varios años al lado del experto camarógrafo.
“A Pozzetto lo conozco hace rato. Desde antes de trabajar con él sabía quién era. Un camarógrafo a quien solo se le dice a dónde y qué vamos a hacer, y él ya sabe qué grabar”, recuerda Medina, quien de la mano de Pozzetto hizo varios capítulos de Líderes, un programa que resaltaba la trayectoria de los empresarios más importantes del país.
“Alguna vez fuimos a hacer una nota con el presidente de una aerolínea y nos reunimos en los hangares de El Dorado, y en medio de la charla un empleado avisó que ya estaba listo el avión para operar y Pozzetto preguntó: “Presidente, ¿podemos ir al avión para hacer unas imágenes? Fuimos y el presidente hizo lo que Pozzetto le pidió. Contestó algunas preguntas en la cabina y subió y bajó las escalas”, cuenta Medina.
Otros colegas también resaltan su profesionalismo. No en vano, ya son 42 años detrás de la lente, 42 años que terminan como camarógrafo de Red+ Noticias.
Un colega suyo no olvida que cuando ingresó a ese medio en 2014, como asistente de cámara, sus demás compañeros ponían de referencia a Pozzetto como uno de los mejores del país.
“Siempre me dijo que un buen asistente será un buen camarógrafo, todo a su tiempo, pero bien hecho”, cuenta Juan Carlos, con la nostalgia de a quien considera su padre en el oficio.
Otra de las cualidades en las que hay consenso es en sus conocimientos sobre el manejo de la luz. El viejo, siempre de buen humor, cargaba con paciencia las gigantescas lonas con las luces de televisión y era un verdadero mago para iluminar los sets y darles ambiente y textura a los espacios antes de las grabaciones de rigor.
“Hasta el sol de hoy es un camarógrafo que utiliza luces para todo. No se guarda nada para seguir haciendo las cosas bien, siempre le digo va dejar ciegos a los periodistas y me responde: ‘Un buen periodista aguanta todo y eso hace parte de la profesión’”, agrega.
Alexander Gómez Naranjo, periodista de larga trayectoria, también le debe uno que otro consejo y aprendizaje al reconocido Pozzetto.
“Era un excelente profesional de la cámara, con una enorme experiencia, pero también una persona solidaria, generosa y siempre dispuesta a enseñar. Tenía esa capacidad de compartir sus conocimientos sin reservas con quienes aún no teníamos toda la experiencia que él había construido durante tantos años”, asegura Alexander, reportero curtido en la calle que tuvo en Orlando a un cómplice para contar historias.
“Recuerdo especialmente mis primeros días cubriendo política”, continúa Gómez. “Estaba muerto de nervios porque iba a hacer mi primer cubrimiento en el Congreso de la República. No sabía muy bien cómo moverme, dónde buscar las noticias ni a quién acercarme para conseguir una entrevista. En medio de esos nervios, Pozzetto fue el primero que se ofreció a acompañarme. No solo fue conmigo al Congreso: se tomó el tiempo de explicarme cómo debía moverme por las comisiones, qué debía buscar, cómo identificar una noticia y cómo aprovechar también lo que ocurría en la plenaria”.
En este mes de octubre, después de más de 15.000 días sosteniendo en uno de sus hombros una pesada cámara (en el principio era así) o de portar una más ligera en los últimos años, la noticia esta vez es el mismo Orlando Ramírez, el hombre cálido y buena gente que nunca está de mal genio y que le dice adiós a una carrera de 42 años.
Con esos ‘fierros’ de la marca Sony y con la ayuda incondicional de su esposa Norma, sacó adelante a una familia: Diego Andrés tiene 34 años y es odontólogo egresado de la Universidad Javeriana. En cambio, Juan Camilo tiene 29 años y es médico de la Universidad Sanitas.
Ahora, veremos al gran Pozzetto sin el chaleco gris y paseando a su nueva pasión: su intimidante perrito Pascal.
