Si algo marca la obra de la surcoreana Keum Suk Gendry-Kim es una observación sensible del sufrimiento y un compromiso absoluto con las historias que aborda y respeta, que vuelve universales desde su trazo y sus palabras. Dependiendo de lo que se proponga, Keum investiga, entrevista y también da pista a sus propias observaciones. De esas fuentes directas y de su mirada parte para concebir novelas gráficas que se acercan a la literatura tanto como se puede. Por Colombia pasó, y en el Festival Entreviñetas se encontró de nuevo con un público colombiano que aprecia profundamente y le devuelve reverencia.


Su libro Hierba la hizo un fenómeno global en 2017, y estableció que su trazo es blanco y negro como un resonante vehículo de expresión. En él cuenta la historia real de Lee Ok-Sun, una joven coreana que durante la Guerra del Pacífico fue explotada como ‘mujer de consuelo’ (el eufemismo de los japoneses para sus esclavas sexuales), y sobrevivió para contarlo. En Perros (también publicado por Reservoir Books) comparte algo del gozo de ver la vida desde los ojos de un perro, cuando al fin uno entra en su vida, pero también lo que su descuido y maltrato dice de los humanos. Más recientemente, en Mi amigo Kim Jong-un abordó esa tensión entre las Coreas desde la figura del actual líder de Corea del Norte, en un trabajo que se ha catalogado increíblemente como “un documental cercano”, con todo lo que eso implica, al abordar a un tirano.
A Arcadia le contó que su próximo trabajo, “un relato sobre la lucha y la insurrección de dos generaciones en mi ciudad natal, basándome en las vivencias de mi padre”, nace de una investigación de dos años y medio. Pero claro, comparte mucho más en este charla...

Arcadia: Háblenos de su camino, desde la infancia hasta convertirse en una reconocida autora de novela gráfica…
Keum Suk Gendry-Kim: Nací en una zona rural del sur de Corea, en un entorno humilde donde el arte no era un camino evidente, pero sí un anhelo profundo. A los 7 años nos trasladamos a Seúl y, más tarde, mi formación me llevó a cruzar océanos hasta Estrasburgo y, finalmente, a París. Allí, durante años, intenté sostenerme como escultora, pero la realidad material se impuso: la escultura exige estudios amplios, materiales costosos y una infraestructura que yo no podía costear.
Mi transición hacia la novela gráfica no fue solo una huida de la precariedad económica, sino un acto de democratización artística. Descubrí que con un solo papel y un lápiz podía narrar el mundo entero; esa sencillez técnica eliminó las barreras entre mi visión y el lector, permitiendo que mis historias alcanzaran a personas en cualquier rincón del globo. Esta economía de medios, lejos de ser una limitación, se convirtió en el cimiento de mi lenguaje visual: una búsqueda de profundidad que comienza con la sencillez del trazo y la elección radical del blanco y negro.

Arcadia: Sobre el uso del blanco y negro en la mayoría de sus trabajos, ¿existe una razón específica por la cual prescinde del color?
K.S.: Cuando comencé a trabajar en Hierba, intenté aplicar color manualmente a los dibujos. Sin embargo, pronto sentí que la policromía no armonizaba con la esencia de lo que estaba narrando. En el tratamiento del trauma, la ausencia de color no es una carencia, sino un filtro de respeto y sobriedad.
Decidí descartar el color porque el blanco y negro potencia la concentración del lector, eliminando distracciones para dirigir la mirada hacia la médula emocional del testimonio. Existe una dimensión ética en esta elección: el color corre el riesgo de “embellecer” o estetizar el horror de manera innecesaria. La sobriedad visual obliga a un enfrentamiento crudo y sin mediaciones con la verdad histórica, estableciendo un rigor que intento evolucionar en cada trazo, buscando que el silencio de la página hable con más fuerza que cualquier pigmento.

Arcadia: ¿Todavía experimenta con el trazo y las técnicas?
K.S.: A pesar del éxito que han tenido mis obras, rechazo el estancamiento. Siento un compromiso vital con la reinvención constante; me aterra la comodidad de repetir una fórmula solo porque ha sido premiada. En cada nuevo proyecto, me impongo el desafío de cambiar de materiales, herramientas y estilo. Este proceso es arduo y consume gran parte de mi tiempo, pero es el único motor de mi relevancia artística. Para mí, el arte no es la repetición de un gesto conocido para satisfacer al mercado, sino una ética de experimentación. Esa búsqueda de un nuevo lenguaje visual es lo que me permite abordar, con la seriedad que requieren, temas tan densos como la violencia sistémica y de género.

Arcadia: Hierba aborda la esclavitud sexual durante la guerra, un drama que aún resuena. ¿Cómo escogió plasmar esta realidad?
K.S.: Cuando dibujaba Hierba, no pensaba en ella como un documento estático sobre el pasado. Para mí, la historia de aquellas mujeres es una crítica activa a las estructuras de poder que persisten hoy. La violencia sexual como arma de guerra y el silencio impuesto a las víctimas no son reliquias históricas; son realidades que vemos en los conflictos bélicos actuales y en el día a día de nuestras sociedades contemporáneas.
Mi obra es una denuncia del presente; es el hilo que conecta el dolor de hace décadas con la opresión actual. Esta universalidad del sufrimiento femenino bajo la bota de la violencia es lo que me impulsa a dar voz a quienes han sido silenciadas por la historia oficial. Ese interés por los que no tienen voz ha expandido mi sensibilidad, llevándome a observar el sufrimiento más allá de lo puramente humano.
Arcadia: En Perros ilustra la relación entre humanos y animales, y revela afectos y facetas oscuras. ¿Cómo cambió su perspectiva el convivir con un perro?
K.S.: Convivir con animales transformó radicalmente mi mirada del mundo. Al vivir con perros, mi perspectiva dejó de ser antropocéntrica para convertirse en una de solidaridad y observación profunda. He aprendido a valorar la comunicación no verbal y a entender la enorme responsabilidad que tenemos como humanos hacia los seres que dependen de nosotros.
Existe una conexión sutil entre el silencio impuesto a las víctimas humanas y el silencio natural de los animales. Ambos requieren que aprendamos a escuchar sin palabras. “Mirar a la altura de los ojos de un perro” ha redefinido mi concepto de empatía, obligándome a desplazar mi ego para conectar con la alteridad desde el respeto y el cuidado. Esta apertura emocional me ha permitido conectar con públicos muy distintos al mío, como pude comprobar en mi reciente encuentro con el pueblo colombiano.
Arcadia: Con el reconocimiento internacional que ha alcanzado, ¿ha sentido la presión de crear pensando en las expectativas del público o del mercado?
K.S.: Reconozco el deseo humano de ser aceptada, pero me niego a trabajar para satisfacer al público o al mercado. Mi brújula creativa no es la fama, sino una pregunta existencial que me hago constantemente: “¿Qué es lo que quiero decir realmente antes de morir?”.
Esa búsqueda de honestidad personal es la única garantía de que una obra pueda trascender. El éxito de Hierba fue imprevisto y orgánico precisamente porque nació de una necesidad pura de expresión, no de una estrategia de ventas. Con esa misma integridad, me he volcado en mis proyectos actuales, que excavan profundamente en mi propia memoria familiar y en la historia de mi país.


Arcadia: ¿Podría contarnos en qué proyecto trabaja actualmente y qué pueden esperar los lectores en el futuro cercano?
K.S.: Tras dos años y medio de investigación, entrevistas y una inmersión profunda en mis raíces, estoy preparando el lanzamiento de un nuevo libro que se publicará simultáneamente en Corea y Francia en octubre. Se trata de un relato sobre la lucha y la insurrección de dos generaciones en mi ciudad natal, basándome en las vivencias de mi padre.
Este proyecto une el testimonio personal con el reportaje histórico, siguiendo la senda de la “microhistoria” que exploré en Hierba. Narrar la historia de mi padre es una forma de entender la identidad política de Corea desde mi posición de outsider, observando la realidad coreana contemporánea con una distancia crítica necesaria.
Arcadia: Acerca de un panorama global complejo y convulso, ¿en dónde encuentra la esperanza?
K.S.: Cuando miro hacia el futuro cercano, me es inevitable sentir un profundo escepticismo. La pregunta por la vida y la muerte me ha acompañado desde mi juventud, marcada por la pérdida temprana de familiares muy cercanos. Esa herida personal se refleja hoy en mi visión de un mundo asolado por desastres naturales, masacres y guerras persistentes.
Me resulta difícil pronunciar la palabra “esperanza” sin cuestionarla profundamente ante tal nivel de destrucción. Sin embargo, mi único punto de fuga frente a este pesimismo es la resistencia humana. El hecho de que las personas se unan, se solidaricen y se opongan a la barbarie es el único pilar que justifica seguir creando. Mi trabajo nace de esa honestidad radical, lejos de las demandas del éxito comercial.

Arcadia: Se vive un auge global de expresiones como el K-pop o las series de televisión, ¿qué reflexiones le merece ese hecho?
K.S.: Frente al fenómeno global del K-culture, me siento como una extraña en mi propia tierra. Vivo en el campo, no consumo K-pop ni K-dramas, pero agradezco que estos productos hayan puesto a Corea en el mapa global, abriendo puertas para que otros descubran la profundidad de nuestra literatura.
Invito a los lectores a mirar más allá del entretenimiento de masas. Recomiendo especialmente la literatura de testimonio y aquellas obras que exploran los derechos animales en Corea, donde existe un contraste doloroso entre la devoción extrema de unos y la precariedad de los animales en las zonas rurales. Es en esa literatura de compromiso donde reside la verdadera identidad de mi pueblo.
Arcadia: La inteligencia artificial (IA) genera incertidumbre en el gremio artístico…
K.S.: Como una artesana que aún cree en el poder del dibujo manual, observo el avance de la IA con una mezcla de realismo y resistencia. No podemos rechazar la tecnología, pero defiendo que el verdadero “encanto humano” reside en lo que la máquina no puede replicar: la angustia, la preocupación, la duda y el error.
Mi defensa frente a lo digital es el acto físico de dibujar; mi imperfección es mi fortaleza. El futuro del arte no reside en la perfección técnica de un algoritmo, sino en nuestra capacidad humana de seguir haciéndonos preguntas difíciles ante la incertidumbre del mundo.
