EN MÁS DE 130 horas de grabación se soporta el robusto catálogo de cantos, testimonios de vida y relatos tradicionales llamado Repositorio de Lenguas Nativas de Colombia (puede consultarlo en este enlace, en la página repositoriolenguas.caroycuervo.gov.co), una plataforma virtual que nació para salvaguardar el patrimonio lingüístico de los pueblos originarios de este país (que tanto los suelen minimizar y que tan enormes nos hace).


Este archivo digital propone un territorio que reconoce sus 65 lenguas indígenas, dos criollas y el romaní, y aparece como respuesta urgente ante una realidad que preocupa: según la Unesco, cada dos semanas desaparece un idioma en el mundo, una pérdida irreparable para la memoria de la humanidad, acelerada aquí por el conflicto armado, el desplazamiento urbano y la discriminación.
El repositorio cuenta con contenidos de las lenguas miraña, inga, kamëntšá, murui, cacua, nukak, nasa yuwe y namui wam, y es el resultado del Programa de Documentación de Lenguas Nativas, una iniciativa del Instituto Caro y Cuervo que en 2026 avanza en el registro de 15 idiomas.
DESDE EL TERRITORIO
Quizá el aspecto innovador y determinante de esta plataforma es que se construyó integrando a seis investigadores de distintos pueblos indígenas: Mónica Jansasoy, del pueblo inga; María Antonia Narváez, del kamëntšá; Luz Dary Flórez, del murui; Elio Miraña, del miraña; Marina López, del cacua; y Andersson Causaya, de los pueblos nasa y misak. Ellos lideran los procesos de documentación en sus regiones, con el acompañamiento de Yaty Urquijo y Katherine Bolaños, investigadoras del Instituto Caro y Cuervo.


Habiendo formado parte en su creación, los participantes del proyecto ya expresan el impacto del repositorio en sus entornos. “Nosotros, los miembros de los pueblos indígenas, también podemos investigar y registrar nuestra lengua. No necesitamos que vengan de afuera”, dijo Mónica Jansasoy en el Alto Putumayo. Para ella, el idioma es un cordón umbilical con el conocimiento de los mayores; “significa poder entender el mundo en el que vivo y comprender a las mamitas y a los taitas”, cuenta orgullosa a esta revista. Este repositorio es un paso en ese sueño de entendimiento mutuo.
En el Amazonas, Elio Miraña comparte esa visión. “Cuando hablo mi lengua, no estoy solo. Hablan conmigo los mayores que la cuidaron. En cada palabra habita una memoria del territorio”, asegura, entendiendo su labor como un escudo contra el desarraigo. Elio reconoce que la migración a las ciudades debilita la transmisión oral, a veces por la creencia de que el español es el único idioma que abre camino fuera de la comunidad.
Por su parte, Luz Dary Flórez, desde el cabildo Tiwa, en Leticia, comparte su mirada: “Documentar nuestra lengua es defender nuestra cultura y enseñarles a los jóvenes que hablar murui no es motivo de vergüenza, sino de orgullo”.


El repositorio también respeta la intimidad y la gobernanza de las comunidades, que fijan distintos niveles de acceso a los contenidos presentes. Mientras que algunos materiales son de consulta abierta para sensibilizar a la ciudadanía, otros están restringidos a los miembros de los pueblos e investigadores autorizados, protegiendo así la circulación de sus saberes ancestrales.
Actualmente, la plataforma cuenta con los materiales de ocho lenguas recopilados durante 2025 y se seguirá nutriendo progresivamente para cobijar la totalidad de los idiomas nativos de Colombia. Para la investigadora Yaty Urquijo, la tarea de preservar estas lenguas no es exclusiva de quienes las hablan: “Existe una profunda ignorancia en el país sobre nuestra diversidad lingüística. Revitalizar una lengua también implica transformar la mirada de toda la sociedad”. Así, el Repositorio de Lenguas Nativas prueba ser, a la vez, el eco de nuestros orígenes y la ventana para entender que cada palabra pronunciada es un acto de dignidad y resistencia.
