¿Qué tan importante es hacer teatro y llevárselo a la gente? ¿Qué tan importante es que quienes hacen la obra, el arte, se sientan respetados y remunerados? Parecen preguntas sencillas, pero resultan fundamentales ante la llegada de un nuevo ejecutivo. Porque, con subidas, bajadas y vaivenes, hasta este punto, por los últimos 30 años, había consenso en que este simple hecho, multiplicado para impactar a una población de más de 50 millones de colombianos, ameritaba apoyos y un ministerio detrás, sin importar si hacía o no dinero.

La disyuntiva no puede ser más pronunciada en el sector cultural, pero el vaivén entre miradas no es nuevo. La ejecución de los ministerios de Cultura de los gobiernos anteriores lo ilustra. Mientras que el de Iván Duque vio la cultura como un foco de emprendimiento con su enfoque de Economía Naranja (en el que la palabra cultura no aparece y el mercado prevalece como indicador principal), el de Gustavo Petro lo asumió como un vehículo de cohesión, inclusión, memoria, educación e identidad, con los retos y resistencia que esa mirada acarreaba. En ese proceso, planteó cambios que, para muchos críticos, instauraron un reajuste funcional interno que no pensó en los retos del futuro y dejó una planta débil y mal paga. Para otros, estableció el andamiaje de un ente más robusto, con menos contratistas, menos amiguismos y más empleados calificados y comprometidos.
Todo partió desde ampliar el nombre de la entidad a ‘Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes’. ¿Decisión cosmética? Para los detractores del Gobierno saliente, se trató de una promesa simbólica, demagógica, no cumplida y cargada de sesgo ideológico. Desde los hechos, en los cuatros años anteriores se amplió la cancha, se pensó de manera distinta a la tradicional y se gastó y ejecutó más que nunca. Sobre todo, se integró a las regiones y a las minorías como nunca antes en los procesos culturales y se hizo un esfuerzo por formalizar un sector que, hasta este punto, en términos de derechos laborales había sido librado a su suerte.
Lejos de ser perfectos, a los métodos del gobierno saliente se les exigió escuchar más a todas las fuentes y obedecer a una mirada autocrítica que pocas veces se vio. Una voz de oposición aseguró que, estos años, “el Ministerio dejó atrás muchos proyectos valiosos que habían construido procesos importantes en los territorios y los reemplazó por una distribución desordenada y ad libitum de recursos, sin visión de medio y largo plazo. En infraestructura cultural los avances son casi nulos: si bien terminaron algunas obras del gobierno pasado, no entregaron el teatro César Contó en Quibdó, que lleva años y años sin ver la luz”. En efecto, el escenario está en un 60 por ciento de ejecución, y ojalá vea la luz. Hay proyectos que se hace necesario seguir.

Aún a pesar de estas críticas, es indudable que el sector cultural que hoy recibe el mandatario de turno cumplió su palabra de descentralizar las posibilidades y las voces con injerencia y robusteció la legitimidad de ese ministerio (desde un rango de acción que incluso escuchó a los colombianos de la diáspora, por fuera de estas fronteras). Y si hay consenso en algo es en aplaudir avances positivos como la Ley de la Música, que apunta a apoyar en hechos reales a los talentos que tantas veces enorgullecen al país pero son olvidados demasiado fácilmente. El crítico y músico César Acevedo escribió en su columna de periódico que “si todo sale bien, esta ley tendrá un profundo impacto en la cultura colombiana”. De lo contrario, añade, “pasarán muchos años antes de que se vuelva a lograr un respaldo oficial como el que consiguieron los impulsores de esta movida, Daniel Carvalho y Juan Carlos Losada”. Es cuestión de querer, de seguir queriendo.

Una muestra ilustrativa de la mirada institucional reciente viene de lo sucedido en el Centro Nacional de las Artes (CNA) Delia Zapata Olivella, un espacio que, desde 2023, demuestra la potencia de elevar obras que venían de gobiernos anteriores (fue concebida en la administración Santos, continuada por Duque y estrenada por Petro). En su etapa reciente, el espacio, del que hace parte el icónico Teatro Colón, fue liderado por una mujer joven de pensamiento distinto como Xiomara Suescún, que se propuso hacer palpable lo que planteaba el eslógan, “La casa de todos”. No fue verso, el espacio abrió las puertas a poblaciones de todos los rincones del país para venir a la capital a mostrar lo que saben, a enseñar y aprender.

La idea de compartir el poder de decisión sobre la curaduría y el uso mismo de las salas se hizo posible y muy enriquecedora. Y se hizo palpable en múltiples eventos, como los encuentros afro, de pueblos originarios, de jóvenes, legítimos de su concepción a su ejecución y que afinó con el paso de los años. Se pensó más en comunidad que en la élite ilustrada que a todos educa; se pensó más en diálogo que en “alfabetización”. Y sí, hay mucho por mejorar, pero valió la pena ver a este espacio afinar sus miradas y procesos. Además, la intención no se quedó en la capital. Desde ese CNA se articuló también una red de teatros públicos, donde varios de los espectáculos que pasan por el Colón y las salas del CNA viajan por el país, para presentarse en escenarios que adquirieron un nuevo aire. No es menor el impacto de articular 24 teatros y escenarios en 20 ciudades, en términos de la infraestructura pública de la cultura. A esa red se sumará el teatro quibdoseño al terminarse, y debe terminarse.


Vale recalcar que en ese contraste entre visiones que se perciben opuestas, no siempre se toman pasos para desterrar lo hecho previamente (si bien es una triste constante). En el Plan de Cultura que presentó el saliente MinCulturas para el periodo 2024-2038, se respetaron las consultas realizadas por el anterior gobierno, si bien sumaron enfoques propios y se quitaron los de Economía Naranja.
El péndulo se mueve entre quienes ven la cultura como una necesidad básica y quienes la justifican solo desde la rentabilidad.
Otro foco esencial de la cultura nacional en 2026, y en los últimos años, que tiembla ante la promesa de fusionar ministerios y cerrar una institución como Proimágenes, es el del audiovisual, un sector vibrante que se ha venido profesionalizando y calificando, haciéndose competitivo y atrayendo producciones desde el extranjero. Es importante eso, pero también lo es la producción propia, fomentada desde la Ley del Cine, de 2003. Desde entonces, más de 500 largometrajes le han dado a Colombia un lugar en el mundo del séptimo arte y el audiovisual, así como una exploración de su identidad en constante proyección. El temor es fundamentado. Si algo dejan claro Argentina y Brasil es que arrasar con el cine en un país es cuestión de meses, por icónico que sea. El arte que genera alta reflexión es atacado con fuerza. Y si bien está bien plantear condiciones para que las grandes multinacionales produzcan aquí sus series, no se puede abandonar el camino de memoria y arte colectivo que representa el cine colombiano, un sector que con orgullo sacó pecho de haber producido 70 películas entre 2024 y 2025.

En las artes plásticos y visuales, Elena Salazar alzó la voz en una carta abierta al sector antes de la elección, estableciendo que “la experiencia internacional demuestra fehacientemente que las escenas artísticas vibrantes y soberanas no sobreviven exclusivamente de las dinámicas de las ferias comerciales o el coleccionismo corporativo de élite. Requieren un ecosistema público robusto que actúe como garante de la libertad de expresión y de la dignificación creadora y económica del artista”.


Quien asume ahora evaluará qué hacer con respecto a procesos patrimoniales de peso. Hay una inversión notable en la restauración del San Juan de Dios y del Materno Infantil, y la recuperación del patrimonio del Galeón San José sigue su marcha (con análisis de hallazgos varios, siguiendo y un Plan de Manejo Arqueológico que rige la investigación científica). El esfuerzo de repatriación de objetos en el extranjero ya suma mil piezas y sigue en puja por traer desde España la Colección Quimbaya y las esculturas de San Agustín en el Museo Antropológico de Berlín. Y todos necesitan voluntad. Y esta se mide con una pregunta. ¿Qué tan importante es fomentar el teatro y llevárselo a la gente?
