Economía

De la consultoría artesanal a un modelo de negocio tecnológico escalable

Al principio no había estructura, había mensajes directos. Yari Taft empezó respondiendo como podía.

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21 de febrero de 2026, 1:02 a. m.
Yari Taft
Yari Taft Foto: Yari Taft

Desarrolladores que escribían porque querían entender cómo competir fuera del mercado local. Algunos tenían años de experiencia. Otros estaban frustrados. Ninguno necesitaba aprender a programar desde cero. Lo que buscaban era otra cosa, aunque todavía no supieran nombrarla.

Yari Taft empezó respondiendo como podía. Revisaba perfiles, analizaba entrevistas fallidas, sugería ajustes. Era un trabajo casi artesanal. Tres personas en simultáneo ya representaban una carga considerable. Las conversaciones se extendían durante horas y cada caso parecía único.

Lo que terminó ocurriendo fue menos espontáneo de lo que parece. Dos de esos primeros profesionales lograron resultados que no eran habituales en su entorno. Uno incluso llegó a sostener tres contratos internacionales al mismo tiempo y, en pocos años, reorganizó completamente su situación económica. Para Yari Taft, aquello no fue solo un logro individual; fue una señal de que el proceso podía repetirse. Ahí apareció el problema real.

Si el acompañamiento dependía exclusivamente de su tiempo, tenía un límite evidente. No se trataba de sumar más alumnos, sino de entender qué estaba funcionando y cómo convertirlo en algo que no requiriera improvisación constante. Yari Taft tuvo que hacer algo que a muchos desarrolladores les incomoda: ordenar, documentar, sistematizar. Ese paso no fue técnico, fue mental.

Durante meses, reconoce, dudó en escalar. Contratar equipo implicaba costos fijos. Invertir en publicidad generaba vértigo. Exponerse públicamente también. La programación es un terreno donde el error suele corregirse en silencio. El negocio, en cambio, amplifica cualquier fallo.

Yari Taft habla de esa etapa como una transición personal más que empresarial. Tuvo que revisar creencias propias sobre dinero, crecimiento y control. Delegar no era natural. Estandarizar algo que había nacido de conversaciones directas tampoco.

Con el tiempo entendió que la improvisación no podía sostener un volumen mayor. Empezó a identificar patrones: perfiles que fallaban antes incluso de llegar a una entrevista técnica, desarrolladores que se preparaban para desafíos avanzados sin haber resuelto lo básico, profesionales que dominaban frameworks complejos pero no sabían explicar sus decisiones en inglés.

A partir de esos puntos repetidos construyó estructura. No para simplificar el proceso, sino para evitar que cada caso comenzara desde cero.

Yari Taft sostiene que el mundo developer tiene una relación ambigua con el marketing y las ventas. Durante años se consideraron conceptos ajenos a la ingeniería. Sin embargo, en el mercado global actual, la visibilidad profesional y la capacidad de comunicar valor son determinantes. La resistencia cultural a esos temas, según él, sigue siendo uno de los mayores obstáculos.

En paralelo, el contexto cambió. Empresas estadounidenses empezaron a mirar con mayor intensidad a América Latina por razones económicas evidentes. Con el presupuesto de un desarrollador senior en territorio estadounidense, pueden estructurar equipos completos en la región. La oportunidad existe, pero requiere perfiles que sepan posicionarse.

Yari Taft insiste en que la dificultad no radica exclusivamente en lo técnico. De hecho, muchas veces el código no es el problema principal. El problema es competir sin estrategia. Prepararse para la fase equivocada del proceso. Subestimar la comunicación. O asumir, antes de intentar, que ciertos niveles salariales no son posibles.

La expansión de su proyecto no fue explosiva. Fue progresiva y, en algunos momentos, incómoda. Hubo ajustes internos, redefiniciones de procesos y decisiones que no siempre salieron bien a la primera. Pero el acompañamiento dejó de depender únicamente de llamadas extensas y empezó a sostenerse en una estructura más clara.

Hoy Yari Taft habla de ampliar el alcance hacia perfiles vinculados a inteligencia artificial y data engineering. También menciona certificaciones que formalicen habilidades que el mercado ya exige pero que ninguna carrera universitaria enseña de manera directa. No lo plantea como una ruptura, sino como una consecuencia natural de lo que viene observando.

Mientras la inteligencia artificial redefine tareas repetitivas y obliga a los desarrolladores a entender sistemas en profundidad, Yari Taft considera que la combinación entre conocimiento técnico y estrategia profesional será cada vez más decisiva. No basta con saber resolver un problema. Hay que saber en qué mercado resolverlo y cómo presentarlo.

Lo que comenzó con mensajes directos terminó convirtiéndose en algo más amplio. No por ambición repentina, sino por acumulación de casos similares. Yari Taft no describe el proceso como una revolución. Lo describe como una serie de decisiones pequeñas que, con el tiempo, dejaron de caber en el formato original.

A veces el cambio no empieza con una idea grandilocuente. Empieza cuando uno se da cuenta de que tres personas ya no son solo tres casos aislados.

Y ahí es donde Yari Taft decidió que el acompañamiento individual ya no alcanzaba.

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