El cáncer salió de su cuerpo en mayo de 2024, gracias a cinco meses de quimioterapia, una mastectomía bilateral y una fortaleza de roble para resistir el dolor, los cambios físicos y la incertidumbre sobre su futuro y el de su hija de 5 años. Pero Beatriz Mogollón no podía cantar victoria. No del todo.

La participación en el foro “Cáncer hoy, retos y fututo”, que se realizará de manera presencial, es gratuita y requiere inscripción previa mediante este enlace
Había dado el paso más tortuoso y, de hecho, lo celebró de una manera significativa. Antes de la operación, su hija le ayudó a moldear su pecho con yeso y pintaron el resultado de dorado hasta convertirlo en una escultura que todavía se puede ver en su sala como símbolo de resiliencia. Fue su manera de despedirse de los senos y de agradecerles por haber sido el puente hacia nuevos propósitos.
Sin embargo, después de la cirugía, aún no podía considerarse una sobreviviente del cáncer. “La doctora Sandra Franco, oncóloga de la institución donde me trataron, me dijo: ‘Le voy a ayudar con el 10 por ciento y usted va a hacer el 90 por ciento restante del trabajo’. La quimioterapia y la cirugía son claves para sacar el cáncer y matar las células cancerígenas, pero a uno le corresponde lo demás con sus escogencias de estilo de vida, alimentación, ejercicio y coherencia”, explicó.
Tenía muy claro que su vida tenía que cambiar para evitar la recurrencia del cáncer. Debía volverse más ligera y contemplativa, pues justamente la habían diagnosticado en octubre de 2023 en medio de un exceso de responsabilidades, mientras se posponía a sí misma: desde criar a su hija y ayudar a su mamá a lidiar con un cáncer de colon hasta cumplir con sus obligaciones laborales como científica ambiental.
“Yo digo que el cáncer fue algo emocional, aunque nunca lo sabré con exactitud. Venía de separarme después de 15 años. Luego del encierro por el covid, cambié de trabajo. Además de ser mamá, estaba tratando de ser buena hija, buena hermana, buena profesional, buena pareja. Trabajando en temas ambientales, uno a veces se echa al hombro un montón de cosas y deja de cuidarse a uno mismo. Tenía todas esas presiones y no estaba oyendo mi cuerpo”, reflexionó.
Después del tratamiento, guardó las pelucas azules, moradas y verdes fosforescentes que tanto ella como su hija usaban para mantener el ánimo arriba. Cuando volvió a crecerle el cabello, decidió dejárselo corto, casi como una declaración de intenciones: no podía volver a ser la misma de antes.
Los hábitos del pasado los cambió casi por completo en 2025, cuando cerró el Programa Destino Naturaleza, financiado por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), donde fue subdirectora encargada y asesora en biodiversidad y clima. Su sistema nervioso pedía una pausa, lejos de las pantallas y del trabajo después de la oficina.
Sembrar 1.200 especies en su finca en La Calera y disfrutar más de los cuatro nacederos del lugar le dieron pistas sobre su futuro. Esa experiencia la impulsó a certificarse como guía por la Asociación de Terapia de Naturaleza y Bosque de Estados Unidos. Si ella estaba encontrando más sanación con la tierra, ¿por qué otros no?
“Entonces ahí fue cuando pensé: ‘Nuestro sistema de salud es muy reactivo y no preventivo. ¿Y si evitamos que las personas lleguen al hospital?’. Porque estas terapias son como una meditación consciente de estar ahí. Es otra mirada hacia la naturaleza que da mucha calma y ayuda incluso a enfermos”, explicó Beatriz, hoy de 40 años.
Su nueva labor, desde que fundó al-aire-libre.com, consiste principalmente en guiar terapias de naturaleza y bosque por senderos de los cerros orientales, el Jardín Botánico, el Parque El Chicó y otras zonas verdes de Bogotá, buscando que el ritmo vertiginoso de la cotidianidad se detenga.
“Uno ve fractales en las hojas, por ejemplo, y eso hace que el cerebro cree ondas que relajan. Se bajan la presión arterial y los niveles de cortisol, que es la hormona del estrés. Hay muchísima evidencia de beneficios físicos, cognitivos, espirituales y emocionales que tiene la naturaleza sobre nuestra salud. Mi propósito no ha cambiado, pero sí desde dónde lo estoy ejerciendo; y a otro ritmo”, explicó.
Desde que empezó a enfocarse en ese 90 por ciento del que le habló la doctora que la trató, Beatriz entendió por qué decían que el cáncer podía ser un regalo de la vida. Aun así, era difícil aceptar esa mirada mientras soportaba el dolor de las quimioterapias o cuando gestionaba el miedo a que su hija quedara sin madre. Pero poco a poco le ha ido dando la razón a esa frase. “Pensaba: ‘¿Esto cómo va a ser un regalo?’. Pero ahora lo veo así. Dejé de preguntarme por qué me dio, a cambiarlo por para qué. El cáncer me ha vuelto una persona mucho más “gocetas”, me ha cambiado la manera de ver la vida y me ha dado un nuevo propósito que me está dando mucho sentido y alegría”, concluyó.
Testimonios como el de Beatriz Mogollón muestran que el cáncer no termina con el tratamiento y que la etapa de supervivencia plantea nuevos retos físicos, emocionales y sociales. Ese será uno de los temas que se discutirán en el foro ‘Cáncer hoy, retos y futuro’, organizado por Foros Semana, Serena del Mar y la Fundación Santa Fe de Bogotá, que se realizará en sus instalaciones el 18 de marzo, a partir de las 7:30 a. m.
Evento presencial y gratuito, con inscripción previa en este enlace
