Durante la pandemia, la periodista Vanessa de la Torre conoció el olor del fin del mundo. No fue una metáfora: fue la parosmia, esa distorsión del olfato que le dejó el covid-19 y que la acompañó mientras escribía su primera novela.
Ese proceso dio origen a su segundo libro, El olor del fin del mundo, una novela en la que convirtió la experiencia del encierro y la incertidumbre en la historia de Carmen y Antonio, dos amantes que se conocen en un supermercado y son marcados por una pasión desbordada, secreta y destructiva, que avanza al mismo ritmo que un mundo enfermo y frágil.
Escribir esta historia se convirtió para ella en una forma de concentración, de escape y de catarsis. Allí volcó tristezas, dolores y angustias. “Yo soy tan vulnerable como Carmen, como todas las mujeres”, dice. A mitad de la escritura, ese personaje se convirtió en un problema. “Se parecía mucho a mí y le cogí mucha pereza al libro”. Y es que ambas comparten el gusto por Chavela Vargas, el vino, Fito Páez, el jazz, sembrar matas y tomates, pintarse la boca de rojo. Y más.
Pero Vanessa no quería ser Carmen: una mujer a la que “la cogió un amante y la destrozó”. El personaje se le salió de las manos y la obligó a detenerse, a reconstruirlo y, sobre todo, a aceptar que Carmen es un personaje literario. “Carmen es mucho yo, mucho Vanessa, pero también es muchas mujeres”.

La historia
El olor del fin del mundo no lo escribió en orden. Empezó por la segunda parte, la más cercana y urgente: la pandemia. La escribió en 2020, mientras la cubría como periodista y mientras su propio cuerpo registraba el miedo. Todo lo que sucede allí es real: los reportajes, el encierro, la pérdida del olfato, la incertidumbre. Después llegó la primera parte, cuando Carmen y Antonio se conocen y el mundo todavía parece intacto. Ese movimiento hacia atrás es también una búsqueda del origen del desastre: el momento exacto en el que una mujer se enamora sin reservas y un hombre fascinante decide no arriesgarlo todo.
Carmen es aventurera, viajera y profundamente enamorada. Es artista, le encanta bailar salsa, leer y cree en la intensidad como forma de estar en el mundo. Antonio, en cambio, es mayor, brillante, encantador y un conversador seductor. Un reconocido coleccionista de arte contemporáneo. Es atractivo en todos los sentidos, pero también un hombre que antepone la comodidad de su vida a la posibilidad de una pasión desbordada. “Terminó siendo muy cobarde”, dice Vanessa.
Son 158 páginas que se leen como una inmersión breve e intensa al mismo tiempo. La portada funciona como una carta de presentación de ese amor oculto. Vanessa quería un cuadro, un artista, una imagen que hablara sin explicar demasiado. Eligió El beso, un lienzo del noruego Edvard Munch: dos cuerpos abrazados sin rostro, fundidos en una pasión que no necesita nombres. Como la de Carmen y Antonio.
En este libro, el amor aparece como una fuerza que desarma. También queda claro que el amor a medias, el amor a cuentagotas, el amor temporal, duele más: que es una versión que mantiene a alguien suspendido entre el deseo y la espera. “El amor nunca termina bien, porque no se hizo para que terminara”, escribe Vanessa. Es la frase con la que arranca esta historia.

Siempre periodista
Vanessa no abandona su oficio en su primera novela. El periodismo aparece incluso cuando habla del amor. En medio de la narración, se detiene a explicar lo que la ciencia sí ha logrado entender: que enamorarse es también una reacción química. Cita estudios del profesor Richard Schwartz, de la Universidad de Harvard, para describir cómo la dopamina, la oxitocina y otros neurotransmisores se disparan en el cuerpo y generan atracción, dependencia y una motivación casi irracional por el otro.
También habla del amor desde la literatura: desde Manuel Vilas, Patricia Benito, Rosa Montero, Sándor Márai. Y también Frida Kahlo, para recordar que hay cosas —como el amor— que requieren responsabilidad, cuidado y delicadeza: “Yo le duro lo que usted me cuide / Yo le hablo como usted me trate / Yo le creo lo que usted me demuestre”.
En uno de los pasajes más íntimos, Vanessa recurre a una imagen sencilla y demoledora: “Si uno fuera consciente de que está viviendo el tiempo más feliz de su existencia, lo exprimiría como a una naranja, se tomaría hasta el último sorbo y se comería los rezagos. Amaría más. Besaría más”. Pero esa conciencia casi siempre llega tarde, cuando el tiempo ya pasó y no hay forma de reversarlo.
La novela dialoga directamente con “Amor en campos de guerra”, el primer libro de Vanessa de la Torre, en el que contó la guerra colombiana a través de las historias de siete mujeres profundamente enamoradas, en esta nueva obra vuelve a usar el amor como vehículo narrativo para explicar otro tipo de horror: la pandemia. La guerra y el covid-19, aunque distintos, comparten la lógica de la devastación. En ambos encontró que el amor persiste incluso en los escenarios más extremos y que una mujer enamorada es capaz de construir, resistir, pero también de destruirse a sí misma.
El olor del fin del mundo es la historia de Carmen y Antonio, sí, pero también la del rastro de un amor que llega como un huracán y lo arrasa todo. Un amor que se escribe para sobrevivir, no para volver a vivirlo.










