La proteína animal que millones de personas comen a diario en Latinoamérica —pollo, cerdo, pescado— depende de un grano que casi nunca se menciona: la soya, que representa buena parte del alimento con el que se cría a estos animales y cuyas prácticas de cultivo sostenible son posibles de verificar desde hace más de cuatro décadas, gracias a un sistema de auditorías independientes que certifica cómo se produce.
La soya estadounidense se ha convertido en un referente de esta discusión. Desde 1980 sus productores mejoraron en 60 por ciento la eficiencia en el uso del agua de riego, en 48 por ciento el aprovechamiento de la tierra y en 46 por ciento el consumo energético, al tiempo que redujeron en 43 por ciento las emisiones asociadas al cultivo, según datos reportados por el Consejo de Exportación de Soya de Estados Unidos (USSEC). Asimismo, en el cuidado del suelo avanzan a un ritmo de 34 por ciento al año.
Más de 20.000 auditorías independientes revisan cada año el cumplimiento de estas cifras, bajo el U.S. Soy Sustainability Assurance Protocol (SSAP), un programa que hoy reúne a más de 270.000 fincas productoras de este grano, y que además de medir agua o energía, revisa si cada finca protege la biodiversidad de su entorno, si maneja con responsabilidad sus recursos naturales y demuestra mejoras año tras año en sus prácticas de producción.
“Las empresas de alimentación balanceada en pollos, cerdos y acuicultura eligen soya sostenible de Estados Unidos porque reduce la huella ambiental de su cadena de suministro y mejora la nutrición de sus productos. Y el 94 por ciento de los productores pertenecen a empresas familiares”, afirma Luis Bustamante, líder de sostenibilidad para Latinoamérica de USSEC.

Tres industrias, un mismo insumo
La soya, sin embargo, no cumple el mismo rol en cada industria: las aves reciben hasta un 30 por ciento de soya en su dieta, la fuente principal de los aminoácidos que necesitan para desarrollar músculo y producir huevos. En los cerdos, la proporción sube a 35 por ciento de la ración y se nota en la velocidad con la que ganan peso y en cuánto alimento requieren para lograrlo. Y los peces de cultivo, uno de los segmentos de proteína animal que más crece en el mundo, dependen de sus derivados para una nutrición digerible y eficiente.
Sin embargo, el aporte no se queda en la cadena productiva. Según la Biblioteca Nacional de Medicina, “los beneficios para la salud de los productos de soya pueden deberse a sus niveles de grasas poliinsaturadas, fibra, minerales, vitaminas y bajo contenido de grasa saturada”.
El beneficio nutricional depende también de donde se cultive el grano, y sus propiedades cambian según la latitud. Otra diferencia medible está en el terreno. Frente a Argentina y Brasil, la soya estadounidense registra la huella de carbono más baja, según la base de datos Blonk Agri-footprint, que comparó la producción de los tres países durante 20 años.
Según USSEC, el patrón se repite en el uso del suelo: mientras otras regiones expanden sus cultivos de soya sobre bosque tropical, en Estados Unidos ocurre lo contrario: la tierra cultivada es mucho menor en las últimas dos décadas y el área boscosa ha crecido en ese mismo periodo. Estos resultados vienen acompañados de prácticas como captar carbono en el suelo, usar cultivos de cobertura entre cosechas para frenar la erosión, limitar el arado agresivo y reservar espacio para los polinizadores, insectos de los que dependen el 80 por ciento de los cultivos alimentarios del planeta.

¿Qué eligió Latinoamérica?
En la región, 50 compañías del sector avícola, porcícola y acuícola ya producen bajo estos estándares. Dieciséis de ellas operan en Colombia: Piscícola FishCo, Piscícola Botero, Piscícola New York, Aves Emaus, Kakaraka, Kikes, Grupo BIOS, CIPA, Hacienda, ITALCOL, SOLLA, Grupo Don Pollo, Concentrados Espartaco, NUTRIAVÍCOLA, Santa Anita Nápoles y Team Foods, marcas que llegan al consumidor final sin que este sepa necesariamente qué hay detrás de su materia prima. Justamente para superar esa brecha de información —entre lo que se produce y lo que se comunica— llevan en su comunicación corporativa o en el producto final la marca distintiva Sustainable U.S. Soy.
Lo cierto es que lo logrado hasta ahora no cierra el ciclo: para 2030, el sector fijó nuevas metas como reducir en 25 por ciento la erosión del suelo, disminuir en 10 por ciento el impacto del uso de la tierra, mejorar en 10 por ciento la eficiencia energética y recortar en 5 por ciento las emisiones totales de gases de efecto invernadero.
*Contenido elaborado con el apoyo de Grupo Albión
