Semana Barranquilla y Atlántico

Barranquilla está en su mejor momento: la ambiciosa transformación urbana que potencia el turismo y la economía

Tras casi dos décadas de continuidad política la ciudad se posiciona como una de las economías urbanas más competitivas del país y toda una vitrina internacional. Se trata de un modelo de prosperidad que sigue rindiendo frutos, pero que ha dejado cuentas pendientes.

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29 de octubre de 2026 a las 10:49 a. m.
Según la Alcaldía, el Gran Malecón suma más de 70 millones de visitas desde 2017.
Según la Alcaldía, el Gran Malecón suma más de 70 millones de visitas desde 2017. Foto: Alcaldía de Barranquilla - API

Barranquilla nació mirando al río y pasó medio siglo de espaldas a él. El Magdalena, la autopista fluvial que la convirtió en la puerta comercial de Colombia, quedó reducido a una ribera degradada que la ciudad dejó de mirar, mientras la economía que había crecido en sus orillas se encogía año tras año. Hoy, sobre esa misma ribera, se extiende el espacio público más visitado del país: el Gran Malecón, que según la Alcaldía suma más de 70 millones de visitas desde 2017.

Estos contrastes ilustran la historia reciente de una ciudad en ebullición, que pasó de las sombras al centro de los reflectores del mundo entero. En 2007, Barranquilla les debía a los bancos el doble de lo que recibía en ingresos y llevaba cinco años bajo la Ley 550, el régimen de reestructuración de pasivos que en Colombia equivale a una quiebra administrada. Casi dos décadas después, la misma ciudad recibe 800.000 visitantes en época de carnaval, llena estadios con Shakira y la Selección Colombia, y el presidente Abelardo de la Espriella la escogió como sede alterna de su Gobierno.

Para el alcalde, Alex Char, el giro no empezó en el río sino en un lugar menos fotogénico: las cuentas. “Barranquilla estaba quebrada, le debía a todo el mundo”, recordó sobre la ciudad que recibió hace casi dos décadas. ”Cuando llegamos en 2008 todo estaba cooptado”.

El contraste es tan marcado que el rector de la Universidad del Norte, Adolfo Meisel Roca, uno de los historiadores económicos que mejor conocen el Caribe colombiano, lo resumió con el apodo que la ciudad lleva con orgullo: “Después de más de medio siglo de retroceso económico severo, la Puerta de Oro de Colombia está de regreso”.

Por su parte, el historiador José Bedoya, director de la Corporación Luis Eduardo Nieto Arteta (Clena), creyó que “más que un milagro” lo que ha vivido la ciudad “ha sido como una continuidad de políticas”, pero que la gran pregunta es si ese desarrollo se ha convertido en progreso para todos. El reconocido economista Jairo Parada es más severo y lo sentencia como “prosperidad al debe”.

La historia de este regreso tiene varias capas: un sector privado que encontró una nueva vocación, una Constitución que les dio a las ciudades el manejo de sus recursos y una continuidad política sin antecedentes en el país. Desde 2008, Char y dos de sus herederos políticos, Elsa Noguera y Jaime Pumarejo, se han sucedido en la Alcaldía. La Puerta de Oro no se reabrió de un solo envión: fue todo un proceso.

Medio siglo de retroceso

Durante la primera mitad del siglo XX, Barranquilla fue la gran puerta comercial del país. Pero, como explicó Meisel, “desde comienzos de la década de 1950 la economía barranquillera se frenó por completo debido a la pérdida de su lugar privilegiado como el primer puerto marítimo y fluvial de Colombia”.

La crisis económica arrastró a la política. “El clientelismo, la politiquería y la corrupción se entronizaron en el gobierno local, lo cual, a su vez, deterioró las condiciones para la inversión privada”, señaló el rector. Entre 1960 y 1989, mientras el PIB per cápita de Colombia crecía a un ritmo anual de 2,03 por ciento, el del Atlántico, que corresponde principalmente a Barranquilla, cayó 0,01 por ciento por año. “Es decir, retrocedió en términos absolutos y relativos”.

Cuando Barranquilla dejó de ser una ciudad industrial, a mediados del siglo XX, para volverse una ciudad comercial, las fábricas se fueron y los servicios públicos se volvieron precarios. “La década del setenta y ochenta en Barranquilla fue desastrosa en el tema de servicios públicos”, anotó Bedoya. Y en los noventa, añadió, llegaron administraciones muy cuestionadas.

El fondo del pozo fue fiscal. En diciembre de 2002, el distrito firmó un acuerdo de reestructuración de pasivos bajo la Ley 550. Durante los siguientes 16 años pagó a sus acreedores cerca de 1,5 billones de pesos, una hipoteca que condicionó a varias administraciones y que solo se levantó por completo en 2018.

El giro

“La recuperación empezó a sentirse desde fines de la década de 1990 y más aún en el siglo actual”, precisó el rector Meisel. Para él, tres factores explican el paso del estancamiento a la prosperidad.

Lo primero no vino de la gestión pública. “El sector privado fue encontrando, un poco a tientas, una nueva vocación económica para la ciudad”, puntualizó. Esa vocación ya no era la del puerto industrial, sino la de “los servicios con alto contenido de capital humano: de salud, logísticos, financieros, comerciales, turísticos, entre otros”.

Lo segundo vino de Bogotá: el cambio del modelo nacional hacia una mayor descentralización fiscal, “fruto de la Constitución de 1991”, que les dio a las ciudades más recursos propios y más margen para decidir en qué gastarlos.

El tercer factor es el que más se asocia con el nombre de Char: “Una significativa mejoría en la calidad de la administración pública local, lo cual se ha sostenido por cerca de dos décadas”. En la lectura del rector, el buen gobierno no explica por sí solo el milagro, sino su combinación con las otras dos fuerzas. “Todos estos factores mencionados se han reforzado entre sí”, recalcó.

Desde la Alcaldía, el mismo Char describió ese tránsito con sus propias palabras: “Pasamos de ser una ciudad puramente industrial a un referente en comercio, gastronomía y turismo”. Bedoya, además, añadió una capa que suele quedar por fuera de los balances oficiales. La transformación no nació de una sola administración ni de una sola familia, sino de una tradición empresarial y comercial más larga, de la conexión histórica con el río Magdalena y de una cultura que hace parte del ADN barranquillero. También resaltó el papel de los empresarios: “Es muy importante saber ese juego que se hace entre lo público y lo privado”.

La era Char

Cuando Alejandro Char llegó a la Alcaldía en enero de 2008, su primera tarea fue ordenar la casa. Para eso reclutó a una joven economista que venía de Fundesarrollo, Elsa Noguera, como secretaria de Hacienda. Según su equipo de entonces, la deuda pasó de representar el 80 por ciento de los ingresos del distrito en 2007 al 34 por ciento en 2009.

Ese fue el primer eslabón de una cadena que ya completa casi dos décadas. Noguera sucedió a Char en 2012; Char volvió en 2016; Jaime Pumarejo, que había llegado en 2008 como uno de los jóvenes técnicos del primer gabinete, lo relevó en 2020, y Char regresó por tercera vez en 2024. Cada empalme se presentó como la continuidad de un modelo, y los electores la premiaron cada vez.

La obra pública se volvió la impronta de dicho modelo. Char emprendió una misión imposible y decidió resolver un problema que generaciones de barranquilleros consideraron históricamente irreparable: los arroyos que convertían las calles en ríos cada aguacero y que, desde 1933, habían dejado decenas de muertos. También le devolvió a la ciudad la vista al Magdalena con el Gran Malecón y preparó 13 escenarios para los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 2018, con una inversión de 450.000 millones de pesos.

“Dimos una batalla jurídica contundente, tumbamos 15 concesiones y le ahorramos a la ciudad un billón de pesos en ese momento”, señaló Char. Lo demás vino en cadena: “La gente empezó a confiar y las obras empezaron a verse, y eso hizo posible que el barranquillero empezara a pagar sus impuestos, el predial e industria y comercio”. Según la Alcaldía, el recaudo se ha multiplicado 18 veces desde su primera administración.

Esa confianza es, para el alcalde, la verdadera obra del modelo. “La suerte de Barranquilla ha sido la confianza de la gente en una administración que no arrancó hoy. Nosotros tenemos 18 años construyendo una confianza que hoy nos permite resolver nuestros problemas”. Y remató: “Nadie es mejor aliado de la gente que el alcalde”.

Las cifras de la transformación

Según proyecciones del Dane citadas por el distrito, Barranquilla genera cerca de 50 billones de pesos en valor agregado, el 64 por ciento del PIB del Atlántico. Además de que su economía crece por encima del promedio nacional: en agosto de 2025, el indicador mensual de Fundesarrollo registró un alza de 2,8 por ciento, frente al 2 por ciento del país, y la entidad proyectó un crecimiento cercano a 2,7 por ciento para todo el año.

El indicador social más destacado es el de la pobreza. Entre 2012 y 2019, el Área Metropolitana redujo la pobreza monetaria en 9,2 puntos porcentuales, desde 34,8 por ciento. La pandemia borró parte de ese avance y la llevó a niveles cercanos al 40 por ciento, pero la recuperación fue rápida: 35,7 por ciento en 2022, 29,6 por ciento en 2023 y, según el reporte que el Dane divulgó en junio de 2026, 23,4 por ciento.

Así mismo, en el trimestre abril-junio de 2026, el desempleo en Barranquilla y Soledad bajó a 9,3 por ciento, con 918.000 ocupados, y la informalidad se ubicó en 49,5 por ciento, 5 puntos por debajo del promedio nacional. Es la segunda más baja del Caribe, solo detrás de Cartagena.

La Alcaldía muestra también su carta de presentación ante los mercados. Según el distrito, Fitch Ratings le otorga la máxima calificación nacional, AAA, y el Departamento Nacional de Planeación la ubica entre las cinco capitales con mejor desempeño fiscal. JPMorgan, con el aval de Miga, del Grupo Banco Mundial, le refinanció en 2025 deuda por 83,3 millones de dólares y en junio de 2026 le autorizó otros 100 millones para el Plan de Desarrollo. Ese mismo año, Barranquilla emitió bonos sostenibles por 350 millones de dólares, y la Alcaldía aseguró que fue la primera ciudad colombiana en hacerlo en el mercado internacional.

La ciudad vitrina

El malecón fue la obra que cambió la cara de Barranquilla y ahora es el escenario de una estrategia directa: llenar el calendario de grandes eventos para llenar los hoteles.

El carnaval de 2025 recibió cerca de 800.000 visitantes de 15 países, con ocupación hotelera del ciento por ciento en los días centrales. Los dos conciertos de Shakira en febrero de ese año vendieron más de 85.000 entradas y empujaron la ocupación al 95 por ciento. La ciudad fue nominada en los World Travel Awards como destino cultural y de festivales, y eventos como el Giro de Rigo, en noviembre de 2025, superaron el 90 por ciento de ocupación.

En la Semana Santa de 2026, más de 215.000 personas pasaron por el Gran Malecón, mientras el Ecoparque Ciénaga de Mallorquín y la playa urbana de Puerto Mocho completaron una oferta que hace dos décadas no existía.

En la misma vía llegaron reconocimientos internacionales. Barranquilla se convirtió en la primera ciudad de América Latina con más de un millón de habitantes en obtener la certificación LEED for Cities nivel Gold, y el Ecoparque Ciénaga de Mallorquín, que integra la playa de Puerto Mocho, ganó en la categoría de Regeneración Urbana y Espacios Públicos del Dubai International Best Practices Award, gestionado con ONU-Hábitat.

Cuentas pendientes

El milagro, sin embargo, también viene con su factura. El modelo de grandes obras se ha financiado en buena parte con deuda. Según Fundesarrollo, la ciudad cerró 2018 con una deuda pública superior a 1,14 billones de pesos, equivalente al 90 por ciento de sus ingresos corrientes, frente al 59 por ciento en 2010. La calificadora Fitch Ratings estimó que al cierre de 2025 la deuda directa de largo plazo rondaba 3,7 billones, con el 47 por ciento en euros y dólares, y que podría llegar a 4 billones al final del actual mandato, después de que el Concejo aprobara un nuevo endeudamiento por 3 billones.

Jairo Parada, economista de la Universidad del Atlántico con doctorado en la Universidad de Missouri-Kansas City, es desde hace años una de las voces más críticas del modelo. Para él, el éxito de Barranquilla se ha fundamentado en obras de infraestructura llamativas, pero sostenidas por “casi 20 años de créditos excesivos, que han enriquecido a sus contratistas amigos”.

Parada reconoció que el Malecón y la recuperación de parques y escuelas eran necesarios, aunque advirtió que se hicieron “sin veeduría pública para examinar los sobrecostos”. Y le puso fecha a la cuenta de cobro: “El costo de este modelo es brutal, pues la ciudad está endeudada hasta 2040 o más”. Según sus cuentas, entre vigencias futuras y deudas bancarias, el compromiso ya llega a los 4 billones de pesos.

Para la Alcaldía, en cambio, la deuda es la prueba de la confianza de los mercados, y la calificación AAA y el respaldo de la banca internacional son el resultado de una trayectoria de recaudo sólido y rigor financiero. Char lo había resumido años atrás en una frase que sigue siendo su defensa: “Si invertimos en la gente, se puede pagar cualquier deuda”.

La crítica más dura no es fiscal sino social. Parada describió “una ciudad segmentada socialmente, obras para el norte y no tanto para el sur”, con una inseguridad agravada por el desempleo juvenil, y echa de menos “una política social profunda que no se limite a la dialéctica del concreto”.

En ese campo, la Alcaldía exhibió cifras como argumento: más de 100 colegios nuevos, una política de bilingüismo que llega a 153.000 estudiantes y 3.700 docentes, 13.000 jóvenes de últimos grados formándose en inteligencia artificial y análisis de datos, 40 sedes de salud pública en los sectores más vulnerables y programas como La Beca de Tu Vida, que les permite a los bachilleres escoger carrera en cinco universidades.

El actual mandato de Char termina en 2027. Con él se abre la pregunta que acompaña a todo modelo construido sobre la continuidad: si podrá sostenerse más allá de quienes lo levantaron, y con qué margen fiscal.

Para el rector de Uninorte, Adolfo Meisel, quien ha estudiado la historia económica de la ciudad durante décadas, lo que se ha logrado en los años recientes ha construido una plataforma sólida que posiciona mejor a la ciudad hacia el futuro. Las tres fuerzas que identificó, una vocación privada, una descentralización nacional y una administración local más eficiente, se potencian mutuamente, “y es por ello por lo que Barranquilla es hoy una ciudad que afronta el futuro con optimismo”.

Bedoya dejó planteada una tarea para la próxima década: “El gran desafío que tenemos acá en Barranquilla es convertir ese desarrollo en progreso”. Solo así, resaltó, la transformación podría llamarse de verdad un milagro. La Puerta de Oro volvió a abrirse y esta vez brilla de cara al río. Falta ver si por ella cabe toda la ciudad, la que mira al Malecón desde el norte y la que todavía espera en el sur.