Tras la captura de Nicolás Maduro en la madrugada del 3 de enero, el presidente Donald Trump confirmó que el mundo, de ahí en adelante, se comenzaba a mover con otras reglas. De inmediato, el mensaje quedó claro: el multilateralismo y la diplomacia que habían tratado de imperar desde la Segunda Guerra Mundial cedieron su terreno al básico método de resolución de conflictos en el que siempre gana el más fuerte.
Al comienzo, cuando Trump aseguró, en su rueda de prensa en Mar-a-Lago, que estaba replicando con éxito la famosa doctrina Monroe y que ahora se llamaría “Donroe”, se pensaba que esa reacomodación de placas apenas alcanzaría a su patio trasero. De algún modo, no había que olvidar que fue con esa doctrina que Estados Unidos justificó por años sus políticas de intervención en América Latina.

Sin embargo, apenas pasaron unas horas quedó claro que el mundo era la cancha a la que Trump le apostaba. Y que en este también estaba quien hasta ahora ha sido su aliado incondicional por décadas: Europa. Es al Viejo Continente al que Trump desafía con su empecinado empeño de tener el control de Groenlandia.
El presidente de Estados Unidos aseguró que en esa isla, enclavada en el Ártico, pero que forma parte de Dinamarca, se juega la seguridad de su país. “Si no tomamos Groenlandia, van a tener a Rusia o a China como vecino inmediato. Eso no va a suceder”, dijo Trump el viernes, cuando citó a los dirigentes de las empresas petroleras a la Casa Blanca.

El mandatario había dicho que Dinamarca no tenía cómo proteger Groenlandia y que apenas existía allí “un trineo tirado por perros”. También ha mencionado varias veces que podría “comprar” la isla, pese a que el canciller danés ha dicho por todos los medios que eso es simplemente “imposible”.
Durante toda la semana hubo expectativa de si podía llegar a darse una conversación en buenos términos con la Casa Blanca. La cita se realizó, pero el miedo no se disipó. El jueves, autoridades de Dinamarca y de Groenlandia se reunieron con el vicepresidente estadounidense, JD Vance, y el secretario de Estado, Marco Rubio. El resultado no se tradujo en tranquilidad.

A finales de la semana, Europa ya estaba en pie de lucha. El jueves, el presidente francés, Emmanuel Macron, dejó claro lo que significa la andanada de la Casa Blanca en este lado del mundo. “Francia y los europeos deben seguir estando presentes allí donde sus intereses estén amenazados, sin escalada, pero inflexibles en el respeto de la soberanía territorial… Para ser poderoso en este mundo tan brutal, hay que ir más rápido y más fuerte”, dijo el primer mandatario al anunciar que Francia había enviado ya un equipo militar al terreno.

Alemania, Finlandia, Noruega, Países Bajos, Reino Unido y Suecia también se sumaron para defender la isla. La operación fue llamada por el ejército danés Arctic Endurance. Mientras tanto, Rusia negó, a través de su portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, María Zajárova, como un “mito” su supuesto deseo de tomarse el Ártico por esa vía.
Mientras todas esas fichas se reacomodaban, el Gobierno Trump presumía su fuerza y minimizaba lo que estaba pasando. “No creo que (el despliegue de) tropas en Europa influya en el proceso de toma de decisiones del presidente, ni tampoco tiene ningún impacto en su objetivo de adquirir Groenlandia”, dijo la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt.

Y no solo era Groenlandia. Al lado de eso, el presidente Trump también advertía sobre intervenir en el temido Irán, que vive momentos de máxima tensión en medio de la ola de protestas que han causado miles de muertos y detenidos. Por otro lado, también dijo que “Cuba está a punto de caer” y compartió una imagen en la que alguien decía que Marco Rubio podría ser el presidente de Cuba con la frase “suena bien para mí”. ¿Hasta dónde llegará?









