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Escapando de la violencia en el Chocó, la docente de inglés Kerlin Murillo Mena logró un puesto como profesora de bachillerato en la Institución Educativa El Rosario sin saber que ahí le esperaban rechazos y el sufrimiento de sus dos pequeños hijos, quienes quedaron marcados de por vida. - Foto: Cortesía de la familia

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“Le echaron orín en la boca al de preescolar”: los vejámenes y aberraciones que vivió una familia víctima del racismo en Boyacá

Una docente afrocolombiana y sus hijos sufrieron rechazo, golpes y hasta abuso sexual en un colegio del municipio de Paya. SEMANA habló con la protagonista de este drama.

SEMANA tuvo acceso a los informes de las consultas médicas por lesiones en ambos menores y fotografías de las heridas de la familia que vivió una experiencia aterradora de violencia por cuenta del racismo en Boyacá.

“Comenzaron por echarle orín en la boca a Keiner, el de preescolar. A meterle el pene en la boca, lo accedían carnalmente metiéndole el pene en su ano y le golpeaban. En una de las agresiones, cuando el niño no quería dejarse, le amarran el pene con una cabuya y lo tiran. Aún dice que le duelen los testículos. Lo subían a la parte alta del tobogán para tirarlo al vacío, ocasionándole una fractura en el cráneo que hasta hoy persiste. Ha deteriorado el proceso cognitivo de mi hijo”, relató la docente de inglés Kerlin Murillo.

La agresión sexual a Keiner, el hijo de 5 años, fue uno de los golpes más duros para Kerlin. El 4 de abril de 2022, el menor fue víctima de la peor agresión al haber sido presuntamente violado por otros siete menores de la institución educativa.

SEMANA conoció el testimonio de Keiner en el centro de salud en Paya, donde narra algunas de las agresiones que sufrió: “Un niño de bachillerato me lanzó al piso desde esas escaleritas y me empezó a decir ‘váyase, negro hijo de puta’. Después de que me caí, me ha dolido el brazo y me duele al moverlo”.

En la consulta, el personal médico observó una “abrasión” en la región anal y “dolorosa a la exploración”. En la zona superior anal se observó una “herida en proceso de cicatrización”.

“También tuvo que presenciar agresiones contra su hermano, cómo era golpeado por defenderlo. Le decían a Keiner ‘mi perrita’ por el tema del abuso sexual, por eso empezó a pelearse para defender a su hermano. Presentaba lesiones en las cejas, mentón, pecho y la oreja rota. Los niños no podían ni salir el fin de semana, porque esta situación se llevó a la vía pública. Los apedreaban”, dijo Murillo.

Todo sucedió en el corregimiento de Morcote, ubicado en el municipio de Paya, Boyacá. El lugar se convirtió en un el infierno para esta familia afrocolombiana. Escapando de la violencia en el Chocó, la docente logró un puesto como profesora de bachillerato en la Institución Educativa El Rosario sin saber que ahí le esperaban rechazos y el sufrimiento de sus dos pequeños hijos, quienes quedaron marcados de por vida.

A mediados de 2021, junto con su madre, Keiner Joel Córdoba (e 5 años) y Keyler Yojackson Córdoba (de 9), se matricularon en la institución educativa. De inmediato, según afirmó Murillo, recibieron el rechazo del cuerpo de profesores.

“Nos atacaron por pertenecer a la población negra y afrodescendiente. Por la pigmentación de nuestra piel fuimos agredidos de todas las formas, hasta el punto de que mis hijos fueron abusados sexualmente”, contó Murillo en conversación con SEMANA.

Según testigos consultados por este medio, la comunidad recibió amablemente a la familia. Todo iba bien hasta que se terminó el aislamiento y tanto estudiantes como profesores volvieron a las aulas.

“Cuando decidimos entrar a la presencialidad, efectivamente no les caí bien simplemente por mi pigmentación de piel. Desde ese momento iniciaron conmigo una segregación social y racial, además de acoso laboral. No sé cómo lo resistí”, agregó.

De acuerdo con la madre de familia, esa discriminación no tuvo efecto en ella y por eso asume que los agresores decidieron afectar a sus hijos. “Me dieron en el talón de Aquiles, mis niños”, dijo.

Los niños de Ligia Cataño siendo atendidos en un centro médico local.

Ligia Cataño, madre de un estudiante del colegio, aseguró que ser negra no fue el único motivo del ataque. “Ella se dio cuenta de que ese colegio no les estaba dando a los niños el trato que merecían y que ellos no tenían por qué estar pagando cosas”, dijo. Y añadió: “Ella entró a hablar por eso y se echó de enemigos a los profesores, rector y secretaria, todos se fueron contra ella. Incluida la familia de un concejal, Jorge Tabaco Largo, pues su hija es la secretaria y el nieto estudia ahí”.

En ese momento, los profesores habrían mostrado desdén por su colega afrocolombiana y sus hijos. “La comunidad no es racista, pero los profesores empezaron a mirarla mal, se reían. Hay una profesora que se llama Paola Duarte, que le cogió como odio, a toda hora le decía ‘horrible’ y ‘terrible’”, contó una antigua estudiante de la institución.

Con el ejemplo de los profesores, los niños habrían empezado a maltratar a los hijos de Murillo hasta el punto de propinarles duras palizas, que llevaban a los menores a centros asistenciales para ser atendidos.

Heridas de los niños que fueron abusados y maltratados en un colegio en Boyacá.

Habla el rector

La madre reiteró que los padres de familia y directivos de la institución ordenaban estos abusos: “No hacían absolutamente nada, negaban los hechos y tergiversaban la información. Querían hacerme pasar por loca; a mi hijo mayor, como un niño agresivo; y al menor, como un mentiroso. Es un caso de negligencia, falta de atención”.

También señaló directamente a Jorge Humberto Cuy Niño, el rector de la institución, de ser quien estuvo detrás de las agresiones: “Él ordenaba los ataques”.

SEMANA se comunicó con el rector, quien negó las acusaciones de Murillo, al tiempo que calificó como “blasfemia” las acusaciones en contra suya por direccionar ataques para perjudicar a los menores.

“Nosotros cumplimos con activar la ruta externa de atención. En el tema del racismo, mi persona y los docentes fuimos de los que más vinculamos a esta señora a nuestra institución, con aprecio, con respeto y con mucho cariño, como siempre lo tenemos”, dijo.

El rector aseguró que la profesora “no buscaba la solución a los conflictos”; por eso, ella era quien comenzaba las rencillas con otros funcionarios.

Sobre los niños, aseguró que el mayor tenía situaciones de “mala convivencia” y los otros estudiantes “reaccionaban”. “Eso le pareció que era violencia y que los estaban atacando por ser de color”, agregó el rector.

Además, aseguró que los golpes podrían no ser propinados por los demás estudiantes, sino por peleas entre hermanos y por la madre al corregirlos.

“Esta señora Kerlin corregía y castigaba a sus hijos de una forma muy violenta. Son testigos los profesores de que llevó a los niños al colegio, cogió una vara y les dio una muenda”, denunció el rector. Finalmente, dijo que la responsabilidad de los estudiantes en el acceso carnal violento es motivo de investigación y que no comentaría sobre el tema más allá de afirmar que no ocurrió en el colegio.

Después de un año en el municipio, en septiembre la Personería de Paya logró el traslado de la familia al municipio de Chita por medio de un procedimiento para el restablecimiento de derechos de los menores afectados.

En la Escuela Normal Sagrado Corazón, de Chita, como profesora de inglés, Kerlin conoció a la profesora Yenifer Payares. La mujer, también afrocolombiana, recibió a Murillo y a sus dos hijos en su casa, donde se alojaron por un tiempo.

Payares negó por completo que Murillo tenga actitudes conflictivas dentro de la institución educativa y aseguró que no corrige a sus hijos con golpes. También descartó que existan actitudes violentas entre los hermanos por encima de lo normal.

“Eso es mentira, doy fe de que la profesora es una mujer sabia. No es conflictiva, es madre y docente. No era conflictiva, iba a reclamar como madre. Los rectores van a tratar de dejarla a ella por el piso para quedar bien. Quieren tapar algo que no se puede tapar”, dijo la mujer.

Mientras se investigan los hechos, Keiner se adapta mejor a su nuevo colegio, mientras que Keyler sigue siendo golpeado por sus compañeros. Lo que no cesa es el dolor de una familia por la violencia que han tenido que enfrentar.

El padre de los menores falleció hace pocos meses y Kerlin descubrió recientemente que padece cáncer de mama y de cuello uterino. Los menores, medicados con fuertes fármacos contra la ansiedad y depresión, deben sobrellevar el trauma. Sin ganas de comer y sin la alegría que los caracterizaba, los niños solo quieren ser libres de aquello que los llevó a vivir el infierno que padecieron en tierra boyacense.

“Ya no quieren tener la piel negra, me dicen que quieren untarse de barro para no ser negros y que los dejen de atacar”, confesó, entre lágrimas, la docente Payares.