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Los norteamericanos se van a sorprender con la personalidad desabrochada, irreverente y calurosa del nuevo embajador, que enfrenta serios retos

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Pacho Santos, nuestro Boris Johnson

Al igual que el canciller inglés, el embajador en Washington, Francisco Santos, consolida su reputación como una de las figuras más polémicas tras anunciar el regreso del glifosato.

Pacho Santos es un personaje peculiar: desabrochado, irreverente, mal afeitado y lengüilargo. Esos rasgos de su personalidad hicieron que su nombramiento en la embajada de Colombia en Washington no hubiera estado ausente de críticas. Algunos interpretaron la noticia como si hubieran nombrado en el puesto diplomático más importante del país a un personaje sin criterio, mérito ni experiencia. Esa apreciación, sin embargo, es injusta.

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El nuevo embajador no solo fue vicepresidente de la república por ocho años, sino también editor del diario más importante del país. Además de eso, se apersonó –mediante su Fundación País Libre– de la causa de los secuestrados. Pero adquirió la formación requerida para su nuevo cargo en sus ocho años como copiloto en el gobierno de Álvaro Uribe. No hay mejor plataforma para conocer de cerca los problemas del país que ese puesto. Eso incluye no solo las relaciones internacionales, sino también la realidad del narcotráfico.

Boris Johnson

Por lo anterior las críticas a Santos provienen más de su personalidad y de sus salidas en falso que de su hoja de vida. En cierta forma, el nuevo embajador guarda cierta similitud con el popular y muy controvertido político inglés Boris Johnson, exministro de Relaciones Exteriores de Reino Unido. Al igual que Pacho, el excanciller británico tiene un aspecto desarreglado, una personalidad descomplicada y una lengua no solo larga, sino a veces imprudente. Aun así, Johnson es hoy por hoy uno de los tres políticos más importantes del Reino Unido y el principal arquitecto de la salida de la Unión Europea (brexit). Por eso, sería un error reducir a Pacho a su imagen de ser solo el simpático, irreverente e irresponsable de los Santos.

Todos y cada uno de los rasgos de su temperamento ambientaron esta semana su primera controversia después de conceder una entrevista a Juan Roberto Vargas en Noticias Caracol y otra a Vicky Dávila en la W Radio. Con desparpajo el nuevo embajador expresó de forma poco diplomática el viraje que dará el país en su política antidroga y anticipó el ineludible regreso de las fumigaciones con glifosato. Sin pelos en la lengua, dijo que “no hay otro producto” en el mercado que “sea así de efectivo”.

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Pero no solo Pacho y el gobierno que representa creen lo que dijo, sino también el de Estados Unidos. Con más de 209.000 hectáreas de coca reportadas en el último año, el nuevo embajador no solo comienza a maniobrar para tratar de desnarcotizar la relación con ese país, como se lo encomendó el presidente, sino para mostrar resultados rápidos. Y es que a imagen y semejanza de lo que ocurría hace un par de décadas, en el gobierno de Donald Trump la cooperación internacional se redujo a la obtusa obsesión con el tema de las drogas.

La presión se siente por todos lados. Los cultivos y el consumo crecen, mientras los países buscan una política que sirva de antídoto al narcotráfico. Esta semana cuando Colombia exploraba vías para mitigar el impacto del uso del glifosato, el presidente norteamericano se mostró “profundamente preocupado porque los cultivos ilícitos se expandieron y alcanzaron niveles récord”. Aunque Trump reconoció en su memorando los esfuerzos del país, no le parecen suficientes. No en vano el mandatario anunció que visitará a Colombia en noviembre. Como el encuentro versará especialmente sobre el tema de la seguridad y las drogas, el gobierno de Iván Duque se mueve con rapidez para tener una política clara con la vieja fórmula de “combinar las formas de lucha”.

De ahí los anuncios virulentos de Pacho, como “combatir con mano dura”, “volver a las fumigaciones” y “evitar volvernos un narcoestado”, interpretan a un sector que pide mano dura frente a un flagelo que se salió de las manos. Ahora bien, está probado que la fumigación por sí sola no sirve y que para contener los sembrados a largo plazo es necesario intervenir en forma integral los territorios. Esto sin contar con que la aspersión con glifosato se traga una cantidad importante de recursos, y no elimina la mata, sino que retrasa su producción.

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Tampoco el gobierno, en busca de una solución rápida, puede perder de vista que para la Corte Constitucional las aspersiones deben cumplir al menos cuatro requisitos: 1) Consulta previa con las comunidades. 2) Investigación científica que certifique la ausencia de daño. 3) Regulación del uso de glifosato. 4) Monitoreo. Si bien en Colombia no está prohibido, en caso de que “la evidencia científica no sea concluyente se debe aplicar el principio de precaución”.

Falta ver si con un cambio en el tono y la redirección hacia una política convencional ajustada a los estándares de la región, el Boris Johnson colombiano conseguirá allanar el camino para recuperar el volumen de ayuda económica y técnica que necesita el país. Y de paso convencer a Washington de que por sí sola ninguna vía es suficiente y que Colombia requiere apoyo para todos los frentes, el del garrote y el de la zanahoria.

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