Título original: The Hole in the Ground
Año: 2019
País: Irlanda
Director: Lee Cronin
Guion: Lee Cronin y Stephen Shields
Actores: Seána Kerslake, James Quinn M.
Duración: 90 min
Calificación: 3 estrellas
Las tomas iniciales de El bosque maldito recuerdan a esa gran película de la vulnerabilidad infantil y la angustia materna que es El resplandor, de Stanley Kubrick. Se ve un bosque tupido y, en medio, una carretera serpenteante, que la cámara retrata cenitalmente mientras la recorre un auto en condiciones no muy buenas.
Pero los tripulantes del auto no corresponden con los del referente: allí van una mujer y un niño, y no una familia tradicional. Se trata de Sarah O’Neill (Seána Kerslake), una madre de ojos muy grandes, y su hijo, Chris (James Quinn Markey), rubio y pálido, que están mudándose a una casona en medio de un bosque en Irlanda.
“¿Por qué nos mudamos aquí sin él”, pregunta eventualmente el niño. Pero la explicación nunca llega: “No es tan simple, cariño”, le contesta ella. “Eres una mentirosa”, insiste él, exasperado.
Estamos en ese terreno del horror familiar, explorado muy exitosamente en años recientes –entre sus ejemplos más memorables están la australiana El Babadook (2014) y la estadounidense Hereditary (2018)–. Pero esta película lo hace con un poco menos de pirotecnia y sobresaltos, y un poco más de ambigüedad.
Eso no quiere decir que se resista del todo a los lugares comunes. Hay, por ejemplo, una anciana un poco tenebrosa, que deambula por ahí y de quien se cuenta que asesinó a su hijo por no reconocerlo. Pero, en general, Lee Cronin, el director irlandés primerizo, sabe renovar estos elementos para que no se sientan tan predecibles.
Acá, como en todos los filmes de este subgénero, el problema es potente y angustioso: el extrañamiento entre adultos y niños, y el enigma que implica para los mayores ver estas criaturas indefinidas y mutantes de quienes son responsables.
Es una dinámica que se retrata en momentos en que Sarah mira disimuladamente a su hijo como haciéndose una pregunta que no puede terminar de articular, ya sea por pudor, por lo que significaría en su desempeño como madre o por simple miedo a este ser que tiene al frente.
El bosque maldito sabe aprovechar la dinámica entre los dos, y la disyuntiva de la madre que no sabe cómo evaluar eso extraño que ve, o cree ver, en el niño. ¿Es algo normal, una etapa pasajera que eventualmente superará? ¿O es algo siniestro que, por falta de experiencia, no sabe localizar?
La vaguedad es una estrategia que la película usa repetidamente y que va más allá del asunto con el padre –queda la idea de que hubo maltrato, lo que también influye en lo que pensamos sobre esas miradas de la madre a su hijo–, para extenderse a los parajes boscosos donde se ubica la casa y a un agujero enorme del que nadie habla, que parece producido por un asteroide y donde tiene lugar el desenlace.
Hay que decir que el final deja muchas más preguntas que respuestas y que es un riesgo que uno puede sentir, paradójicamente, como un halago: son raras las cintas de terror controladas y atmosféricas que confían lo suficiente en el público como para negarse a explicar completamente lo sucedido.

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