Un nuevo hallazgo científico podría cambiar lo que se creía sobre el origen y la evolución de los pulpos. Aunque el océano alberga una enorme diversidad de especies fundamentales para el equilibrio del ecosistema, aún existen dudas sobre cómo han evolucionado algunas de ellas. En este contexto, los estudios recientes aportan pistas clave para resolver estos interrogantes.

Así lo revela una investigación publicada en Science, que sugiere que el Kraken, la legendaria criatura temida por los marineros, podría tener un origen real. Si bien tradicionalmente se ha asociado con el calamar gigante, nuevas evidencias apuntan a pulpos fósiles del Cretácico que habrían alcanzado longitudes de hasta 19 metros, ajustándose mejor a la descripción de esta figura mítica.
Estos enormes depredadores se alimentaban de grandes reptiles marinos y presentaban un notable desgaste en sus mandíbulas, lo que indica que trituraban presas con esqueletos duros. Este rasgo, junto con posibles comportamientos lateralizados, sugiere un alto nivel de complejidad e inteligencia. De hecho, los científicos consideran que podrían haber sido algunos de los invertebrados más grandes conocidos, comparables en tamaño a grandes vertebrados marinos de su época.
El descubrimiento también plantea que ciertos cefalópodos evolucionaron de forma similar a los vertebrados, desarrollando características propias de superdepredadores, tanto en capacidades físicas como cognitivas. Esto desafía la idea tradicional de que los invertebrados ocupaban únicamente niveles bajos en la cadena alimentaria de los antiguos ecosistemas marinos.

En la actualidad, los pulpos son carnívoros inteligentes de nivel medio, pero su evolución ha sido inusual: perdieron progresivamente su concha externa, lo que les permitió desarrollar cuerpos blandos, mejorar su movilidad, visión y capacidades cognitivas.
El registro fósil ya había identificado pulpos gigantes del Mesozoico —algunos de más de dos metros—, conocidos como krakens, aunque su papel exacto en la cadena alimentaria no estaba claro. Para profundizar en este aspecto, el estudio analizó el desgaste de mandíbulas fósiles, una señal característica de los depredadores que consumen presas con estructuras duras.
En total, se examinaron 27 mandíbulas del Cretácico, procedentes de Japón y la isla de Vancouver, incluidas algunas descubiertas mediante técnicas avanzadas como la tomografía y el uso de inteligencia artificial. Gracias al buen estado de conservación y a estos métodos, los investigadores confirmaron que el desgaste observado es auténtico y no resultado de procesos posteriores, lo que permitió reconstruir sus hábitos alimenticios con mayor precisión.

Los pulpos se dividen en dos subórdenes: Cirrata, con aletas y habitantes de aguas profundas, e Incirrata, sin aletas y más comunes en zonas costeras. El hallazgo del fósil Nanaimoteuthis jeletzkyi amplía el registro de los Cirrata hasta hace unos 100 millones de años, lo que indica que ya estaban ampliamente distribuidos en los mares del Cretácico.
Dentro de este grupo existían formas corporales alargadas y compactas, siendo las primeras las más antiguas. El género Nanaimoteuthis, por ejemplo, presentaba cuerpos largos, similares a otros pulpos mesozoicos. A partir de estas proporciones, se estima que algunas especies alcanzaron tamaños gigantes: N. jeletzkyi medía cerca de 7,7 metros, mientras que N. haggarti podía superar los 18 metros.
