A cuatro décadas del desastre nuclear de Chernóbil, el mundo observa el aniversario no solo como un recordatorio de la tragedia, sino como un punto de inflexión para la ciencia.

SEMANA habló con Diego Alejandro Torres Galindo, físico y doctor en física nuclear de la Universidad Nacional de Colombia, quien sostiene que la lección más profunda que persiste hoy no es solo técnica, sino social.
Según Torres, el desastre dejó un vacío de conocimiento que fue llenado por el temor, lo que hoy obliga a replantear cómo la sociedad se relaciona con las innovaciones energéticas.
La desmitificación del desastre: menos muertes, más pedagogía
Uno de los puntos más críticos que resalta Torres es la brecha entre la percepción pública y los hallazgos científicos recientes. A pesar de la imagen apocalíptica que persiste en la cultura popular, el experto señala que la magnitud del daño biológico ha sido malinterpretada.
“Desde el punto de vista científico, la gran lección es que hace falta mucha pedagogía (...) Definitivamente, se demonizó enormemente el tema de Chernóbil a un extremo innecesario. Fíjense que los tres grandes accidentes nucleares en la historia (Chernóbil, Fukushima y Three Mile Island) solo han producido 100 muertos”.

Incluso los temores sobre las consecuencias generacionales han sido cuestionados por la ciencia moderna. Torres menciona que estudios publicados recientemente, cercanos a la época de la pandemia, demostraron que las mutaciones genéticas en niños nacidos en los alrededores de Chernóbil estaban al mismo nivel que en cualquier otra parte del mundo, calificando antiguos documentales sobre el tema como “una completa falacia”.
“De hecho, hubo un documental que se llamaba ‘Los niños de Chernobyl’, que resultó ser una completa falacia. Y el mismo Greenpeace cambió después de que hacían demostraciones contra reactores nucleares y pintaban y hacían su show y ganaron millones de dólares haciendo consultorías a gobiernos para convencerlos de que la energía nuclear era mala”, comentó Torres.
Aunque la organización Greenpeace mantiene hasta hoy una postura crítica frente a la energía nuclear, el cambio de postura proviene de figuras como Patrick Moore, quien fue uno de los primeros miembros de Greenpeace, pero abandonó la organización en 1986. Después, Moore se convirtió en un defensor de la energía nuclear, especialmente como alternativa frente al cambio climático, una posición que no representa la postura oficial de la ONG.

El miedo como barrera para el desarrollo
Para países en desarrollo como Colombia, el estigma de Chernóbil sigue siendo un obstáculo para la inversión en ciencia nuclear. Torres explica que esta resistencia nace de una baja cultura científica, tanto en la ciudadanía como en la clase política, donde la ciencia suele verse como una carga y no como un motor de progreso.
“Tenemos miedo de lo que no conocemos y tenemos que conocer más para tener menos miedo... Mi descubrimiento con Chernóbil es que países avanzados como Estados Unidos, China, Francia, Suecia toman decisiones de continuar utilizando reactores nucleares, hacer investigación en física nuclear y sus aplicaciones porque su sociedad entiende la importancia de la misma”.

Esta falta de conocimiento llega incluso a las esferas del poder, donde, según el experto, los políticos suelen utilizar el temor de manera hábil para sus propios intereses, desconociendo conceptos básicos de física que impactan directamente el desarrollo tecnológico del país.
Seguridad e innovación: Del reactor de Bogotá a la revolución cuántica
A pesar de los nubarrones del pasado, la física nuclear ha avanzado hacia diseños intrínsecamente seguros. Un ejemplo cercano es el reactor de investigación en Bogotá (IAN-R1), un modelo tipo Triga que, por su diseño físico, es incapaz de generar una tragedia de gran escala.
Torres lo describe de forma sencilla: es como una “olla a presión inteligente” que, al calentarse, se expande y se apaga automáticamente, eliminando el riesgo de una explosión.

Mirando hacia el futuro, el legado de Chernóbil también ha impulsado la búsqueda de nuevas fronteras. Torres identifica la computación cuántica como la próxima gran revolución humana, a un nivel superior al de la llegada de la internet.
“El computador cuántico es una máquina ultrapoderosa que definitivamente cambiaría los destinos de la humanidad como nunca. Podríamos llegar a resolver misterios como qué es la vida, entender cómo funciona efectivamente el núcleo atómico y predecir el comportamiento de las personas”.
Un llamado a la ética y la divulgación
Finalmente, el aniversario número 40 de Chernóbil sirve para recordar que la ciencia no debe avanzar aislada de la sociedad. Torres insiste en que los científicos tienen la obligación de divulgar su conocimiento para evitar que el miedo paralice el progreso.
Bajo esta nueva luz, el experto es contundente sobre el camino que debe seguir el país: “Ahora sabemos que muy seguramente necesitamos urgentemente pequeños reactores nucleares en Colombia porque la demanda energética es muy alta”.
El reto para las próximas décadas no es solo controlar el átomo, sino aprender, a través de la formación ética y científica, a ser “más personas” y menos víctimas del temor a lo desconocido.
