Hubo un instante, en el minuto 106 de la final entre España y Argentina, en que el mundo entero pareció contener el aire al mismo tiempo. Ferrán Torres remató de zurda un centro de Pedro Porro prolongado por Nico Williams; el arquero Emiliano Martínez no llegó a rozarlo, y ese gol sencillo en su factura y descomunal en su peso bastó para que España se coronara campeona del mundo por segunda vez en su historia, 16 años después de Sudáfrica.

Cuando el árbitro dio el silbato final aquel domingo 19 de julio de 2026 en el Estadio Nueva York-Nueva Jersey, no solo se apagaba una final: se cerraba con broche de diamante el torneo llamado por la propia Fifa “uno de los acontecimientos más extraordinarios en la historia del deporte”.

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La frase, pronunciada por el presidente Gianni Infantino la víspera de la final, podría leerse como la habitual de cualquier organismo superlativo. Pero los números –los oficiales, los que la propia Fifa puso sobre la mesa– parecían empeñados en darle la razón. Fue un torneo que se midió a sí mismo y se superó

El Mundial de 2026 nació grande y lo demostró desde su día inicial. Fue el primero organizado en simultánea por tres países –Canadá, México y Estados Unidos– y el primero en abrirles la puerta a 48 selecciones, 16 más que en cualquier otra edición, para que jugaran 104 partidos en 16 ciudades sede a lo largo de Norteamérica.

El helicóptero presidencial arriba al estadio previo a la final del Mundial entre España y Argentina, el domingo 19 de julio de 2026, en East Rutherford, Nueva Jersey. Foto: AP Photo/Julio Cortez

De manera que, antes de que rodara el balón, el escepticismo era comprensible: ¿aguantaría el público seis semanas de fútbol ininterrumpido? ¿Diluiría tanto equipo nuevo la calidad del espectáculo? Voces críticas auguraron estadios vacíos, problemas de visados, selecciones incapaces de competir al nivel exigido. Infantino les anticipó que sucedería “exactamente lo contrario”.

Los datos oficiales de la Fifa lo confirman con una contundencia casi incómoda para los escépticos. Al cierre del torneo, 6,8 millones de aficionados –más precisamente, 6.810.966– llenaron los 16 estadios de Norteamérica, con una ocupación del 99,7 por ciento, un porcentaje que constituye por sí solo un hito histórico. La cifra dejó pequeño el antiguo récord de asistencia de 3,5 millones, establecido en el propio Estados Unidos en 1994, y superó el total combinado de espectadores de las dos ediciones más recientes, Rusia 2018 y Catar 2022.

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El fervor no se quedó dentro de los estadios: más de 7,7 millones de personas habían pasado por los Fifa Fan Festivals oficiales instalados en los tres países anfitriones hacia los cuartos de final, mientras que a mediados del torneo se contabilizó la mayor asistencia total en la historia de la competición en una fase de grupos, con 281.223 aficionados en un solo día.

El fútbol dentro de la cancha respondió a la altura de las cifras. El promedio de goles por partido trepó a 2,91, muy por encima de los 2,69 de Catar 2022, y los 14 encuentros disputados desde dieciseisavos hasta semifinales se decidieron con un tanto marcado después del minuto 85, un festival de finales de infarto que desmintió a quienes temían un torneo aguado por el exceso de equipos. Cuatro debutantes absolutos en una Copa del Mundo –Cabo Verde, Curazao, Jordania y Uzbekistán– lograron anotar al menos un gol, y siete selecciones jugaron por primera vez una fase eliminatoria, entre ellas Cabo Verde, Canadá y Sudáfrica. El torneo, en definitiva, no solo se hizo más grande: según Infantino, se hizo también “muchísimo más fuerte”.

Gianni Infantino junto a Donald Trump, Claudia Sheinbaum y Mark Carney. Foto: AP Photo/Ashley Landis

La máquina de generar dinero más grande jamás construida en la historia del fútbol

Si en el campo el Mundial 2026 amplió fronteras, en las cuentas de la Fifa las hizo estallar. El organismo reportó ingresos directos del torneo superiores a los 9.000 millones de dólares, cifra que –según otras estimaciones de la propia Fifa y de analistas financieros– podría llegar a los 15.000 millones si se cuenta todo el ciclo comercial, muy por encima de los cerca de 7.600 millones recaudados en Catar 2022. Es, de cualquier forma, la edición más rentable de la historia del torneo, impulsada por la expansión comercial, un número récord de patrocinadores, la explosión del mercado de apuestas deportivas y la venta de derechos audiovisuales a un mercado que, por primera vez, incluía de lleno a Estados Unidos como potencia futbolística de pleno derecho.

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En cuanto al reparto entre selecciones, el Consejo de la Fifa había aprobado inicialmente una bolsa de 620 millones de euros (unos 727 millones de dólares) para las 48 federaciones participantes, pero terminó elevando esa cifra un 15 por ciento adicional hasta un total récord de 871 millones de dólares, con el campeón llevándose 50 millones. Aparte de esos premios deportivos, la Fifa destina otros recursos –a través de su programa Fifa Forward– al conjunto de sus 211 federaciones miembro para infraestructura y desarrollo del fútbol, aunque ese es un fondo distinto al de los premios del torneo.

El balance que Infantino defendió ante las federaciones miembro fue el de una gestión que, diez años después de prometer transparencia tras los escándalos de corrupción que sacudieron a la Fifa, deja una institución más rica, más poderosa y con un modelo de negocio transformado: el propio Mundial masculino pasó bajo su mandato de 32 a 48 selecciones, se creó una renovada Copa Mundial de Clubes y el Mundial femenino replicará la ampliación a 48 equipos desde 2031.

Aficionados se reúnen en el parque principal de Soacha para seguir, a través de una pantalla gigante, el partido entre Colombia y Suiza por los octavos de final de la Copa Mundial de la FIFA 2026. Foto: Cristian Bayona

El mundo entero, pegado a una pantalla

La dimensión televisiva y digital del torneo terminó de consolidar la sensación de acontecimiento planetario. Los canales digitales y las redes sociales oficiales de la Fifa acumularon 34.000 millones de impresiones y 2.000 millones de interacciones ya para los cuartos de final, mientras que, hasta el cierre de octavos, se estimó que 5.200 millones de personas –casi dos tercios de la humanidad– habían interactuado al menos una vez con el torneo.

En Estados Unidos, Fox transmitió los 104 partidos en inglés y Telemundo lideró la cobertura en español; solo la audiencia hispana de la final rozó los 22,6 millones de espectadores, y el total acumulado de televidentes estadounidenses durante todo el certamen superó los 60 millones, pese a la temprana eliminación de la selección local en octavos de final ante Bélgica. El dato confirmó algo que la Fifa venía apostando desde hacía una década: Estados Unidos ya no necesitaba que jugara su propio equipo para quedarse pegado a la pantalla. El fútbol, en palabras de Infantino, había conquistado finalmente el último gran territorio que le faltaba.

Mbappé, el nuevo dueño de los goles

Kylian Mbappé en el partido de Francia vs Inglaterra. Foto: AP Photo/Lynne Sladky

En medio de ese vendaval de cifras, el fútbol también dejó su propia historia de números redondos. Kylian Mbappé cerró el torneo con diez goles –incluido un doblete en la vibrante definición por el tercer puesto, donde Francia cayó 6-4 ante Inglaterra– y se llevó la Bota de Oro, convirtiéndose en el primer futbolista en ganar el premio de máximo goleador en dos mundiales consecutivos. Esos diez tantos lo consagraron además como el máximo artillero histórico de la Copa del Mundo, con 22 goles en su carrera mundialista, uno más que el registro que hasta entonces ostentaba, por apenas unas horas, el inigualable Lionel Messi.

Messi: el genio que se negó a envejecer

Alex Baena, de España, comete una falta sobre Lionel Messi, de Argentina, en la final de la Copa del Mundo. Foto: AP Photo/Seth Wenig

Porque si el Mundial 2026 tuvo un relato paralelo al de las cifras multimillonarias de la Fifa, ese relato tuvo nombre y apellido, y 39 años cumplidos en pleno torneo. Lionel Messi no llegó a Norteamérica a competir contra Argentina, ni contra España, ni siquiera contra Mbappé: llegó a competir contra el tiempo, ese único rival que jamás había podido vencer del todo. Y durante seis semanas, con una insolencia que parecía sacada de otra década, le ganó casi todos los asaltos.

El primero de esos asaltos lo ganó incluso antes de que empezara el torneo: ante Argelia, en el debut, firmó un hat-trick que devolvió al presente sus mejores años y que funcionó como declaración de intenciones. Pero fue el 22 de junio, en el partido ante Austria, cuando la historia empezó a temblar de verdad. Messi, que minutos antes había fallado un penal, apareció dos veces: primero con un zurdazo de primera tras un centro de Facundo Medina, después en una acción de rebote sobre el final. Con esos dos goles superó los 16 que Miroslav Klose había sostenido como récord desde 2014 y se convirtió, a dos días de cumplir 39 años, en el máximo goleador histórico de la Copa del Mundo.

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La marca llegó, además, tras haber anotado en seis partidos consecutivos disputados entre dos Mundiales distintos –Australia, Países Bajos, Croacia y Francia en Catar 2022, Argelia y Austria ya en 2026–, una racha que ningún futbolista había sostenido jamás a través de dos ediciones.

De ahí en adelante, cada partido de Messi fue una nueva entrada en los libros de la historia universal del deporte. Con su gol frente a Cabo Verde en dieciseisavos, se transformó en el primer futbolista de la historia en marcar en absolutamente todas las rondas posibles de una Copa del Mundo, desde la fase de grupos hasta las instancias más exigentes del cuadro eliminatorio. Con su tanto ante Egipto en octavos –que además fue el gol número 3.000 en la historia acumulada de los Mundiales– extendió a nueve la cadena de partidos consecutivos convirtiendo gol en fases eliminatorias, superando las viejas rachas de Just Fontaine y Jairzinho. Encima, en ese encuentro contra los egipcios, lo dejó a solo cinco goles de un mito que lleva 68 años intacto: los 13 tantos que Just Fontaine anotó en un único Mundial, en Suecia 1958.

El presidente de la Fifa, Gianni Infantino. Foto: AP Photo/Eric Gay

Messi no llegó a esa cifra, pero terminó el torneo con ocho goles en una sola edición, su mejor registro personal, superado en la historia de una copa individual únicamente por Fontaine, Sándor Kocsis, Gerd Müller y Eusébio.

Los números de longevidad y participación, mientras tanto, se acumulaban con la misma intensidad. Junto a Cristiano Ronaldo, Messi se convirtió en el primer futbolista en disputar seis Copas del Mundo, superando a Lothar Matthäus y a las leyendas mexicanas Antonio Carbajal, Rafa Márquez y Andrés Guardado, que hasta entonces compartían el techo de cinco. Con 39 años y 21 días, fue el jugador de campo (Dino Zoff ‘82) de mayor edad en disputar una semifinal mundialista, superando una marca que pertenecía a Fritz Walter y a Gunnar Gren desde mediados del siglo pasado. Acumuló 30 partidos jugados en Copas del Mundo, por encima de los 25 de Matthäus, los 24 de Klose y los 23 de Paolo Maldini, y llegó a la final con el récord absoluto de minutos disputados en la historia del torneo.

Contra Inglaterra, en semifinales, él se dio el lujo de repartir dos asistencias, algo que ningún futbolista había logrado en una instancia semifinal desde el comienzo del siglo. Y si alguna duda quedaba sobre su lugar en la final, quedó despejada apenas se confirmó la alineación: al ser titular ante España, Messi se convirtió en el primer jugador en disputar como titular tres finales de una Copa del Mundo, un honor que ni siquiera Cafú, presente en tres consecutivas, pudo reclamar del todo, porque el brasileño había ingresado desde el banco en la de 1994.

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La final, es cierto, no le regaló el gol que hubiera coronado el relato con la perfección de un guion de cine. Messi no pudo marcar ante España, y Argentina cayó 1-0 en la prórroga. Pero incluso en la derrota sus números quedaron blindados como un monumento: 21 goles mundialistas –solo superado por el 22 de Mbappé, logrado apenas dos días antes en el partido por el tercer puesto–, 33 contribuciones de gol en su carrera en Copas del Mundo (21 de ellos goles, 12 asistencias), la cifra más alta jamás alcanzada, por encima de Pelé, de Klose, de Ronaldo Nazário y de Gerd Müller. Es, además, el jugador con más victorias en la historia del certamen, 23, sin contar los triunfos por penales. La imagen que quedará, más allá de cualquier estadística, fue la del abrazo entre Messi y el joven Lamine Yamal tras la final: dos genios de generaciones distintas, cediéndose el destino sin decir una palabra, en la fotografía que probablemente resuma mejor que ninguna otra el paso del tiempo en este deporte.

Messi se fue sin la copa que buscaba, pero se fue, definitivamente, como el futbolista que más Mundiales jugó, más minutos acumuló, más partidos ganó y más huella dejó en la historia del torneo que él mismo ayudó a convertir en un fenómeno de masas.

España, la belleza sinfónica

Ferran Torres, de la selección de España, anota en la final de la Copa del Mundo ante Argentina. Foto: AP Photo/Matt Slocum

Frente al brillo individual de Mbappé y Messi, España levantó su segunda estrella apoyada en una idea casi contraria: la del equipo por encima de cualquier estrella. Con siete victorias, un empate, 14 goles a favor y uno solo en contra –un rendimiento del 91 por ciento–, la selección de Luis de la Fuente repitió la fórmula que ya le había dado la Eurocopa de 2024: paciencia, toque y una identidad reconocible y única. El mediocampista Rodri Hernández fue elegido, en medio de grandes discusiones, el mejor jugador del torneo, una distinción que para muchos premiaba, más que un destello individual, el engranaje colectivo que sostuvo a España partido tras partido. No fue casualidad que Ferrán Torres, autor del gol que decidió la final, dedicara su festejo a todo un país: dijo que ese gol pertenecía a 47 millones de personas, no a él.

El telón que cierra una era

Bailarines actúan mientras humo de colores se eleva sobre el estadio durante el espectáculo del descanso de la final de la Copa del Mundo. Foto: AP Photo/Matt Slocum

La ceremonia de clausura, con Post Malone y un espectáculo de entretiempo protagonizado por Shakira y BTS, puso música al final de un torneo que dejó de ser solamente una competición deportiva para convertirse en un fenómeno de alcance casi civilizatorio. Entre récords de asistencia jamás vistos, cifras de audiencia que reescriben lo que se entiende por “evento global”, ingresos multimillonarios para la Fifa, la consagración de Mbappé como el máximo goleador de la historia, el triunfo silencioso y colectivo de España y, sobre todo, la despedida imposible de ignorar de Lionel Messi –el hombre que llegó a su sexto Mundial para batir récords que parecían inamovibles y se marchó habiendo reescrito casi todos los que todavía podía alcanzar–, el Mundial de 2026 quedará en la memoria como la Copa que, más que coronar a un campeón, terminó de reescribir las reglas de lo que puede llegar a ser la magia eterna del fútbol.