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| 6/23/2019 12:00:00 AM

Ana Consuelo Gómez Caballero: la muerte del cisne

La primera bailarina profesional de ballet clásico en Colombia, el mismo que promovió en su academia Anna Pavlova, se despidió esta semana. Emilio Sanmiguel la recuerda en este homenaje.

Ana Consuelo Gómez Caballero, primera bailarina profesional de ballet clásico en Colombia Como bailarina, fue legendario el lirismo de sus brazos. Mantuvo su rutina con la barra de ballet casi hasta el último de sus días. Aquí, en la lente de Hernán Díaz. Foto: Foto: Hernán Díaz

Ana Consuelo Gómez Caballero falleció el pasado 18 de junio en Bogotá a los 75 años. Fue la primera bailarina profesional de ballet clásico que hubo en este país. Una verdadera excepción. Antes de irrumpir en la escena, la danza académica era una entretención de la clase alta, a la cual ella pertenecía, pero llegó al ballet por elección y por convicción.

Para conseguirlo las tuvo de cal y de arena. Por una parte, contó con el apoyo decidido de sus padres, especialmente de Ana Caballero Calderón, su madre, que la apoyó para ir a formarse como bailarina, primero a Nueva York, y más tarde a París. Sin embargo, cuando en esta última ciudad le quedó claro que sus condiciones eran lo suficientemente sólidas como para emprender una carrera profesional en la compañía de Roland Petit, fue obligada a regresar a Bogotá por decisión de su padre. Para paliar semejante embeleco y frustración, su madre creó en 1961 la Academia Anna Pavlova, en la que su hija era la primera maestra de danza y también la primera bailarina. Para Ana Consuelo la academia, que luego quedó bajo su dirección, no fue otra cosa que la manera de encubrir lo que realmente le interesó hasta el último de sus días: crear una compañía de ballet con las condiciones para presentar su trabajo ante el público.

A pesar de que muchos la imitaron y las academias empezaron a surgir en todas partes, la suya nunca tuvo rivales. Como se trataba de una compañía encubierta, que todos los años se presentaba en el Teatro Colón, no hubo alternativa: tuvo que hacerlo bien para estar a la altura de las circunstancias y del teatro. Así, por décadas, se les midió a los grandes clásicos: El lago de los cisnes, La bella durmiente, Don Quijote.

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Ana Consuelo, en la lente de Rafael Moure, a quien consideraba el mejor fotógrafo de ballet en Colombia.

Paralelamente, Ana Consuelo desarrolló su carrera como solista. Tampoco fue una empresa fácil porque no había con quién practicar los pas de deux, y tuvo que mover cielo y tierra para conseguir que bailarines extranjeros aceptaran la propuesta de instalarse en Bogotá.

Se jugó la vida para hacer de su talento una profesión, y de su academia, una compañía. Lo sacrificó todo. Porque la suya fue, demasiadas veces, una voz en el desierto. No debido a que creyera que el ballet era una de las bellas artes, sino porque estaba convencida de que la danza era una manifestación que entrañaba una de las afirmaciones más profundas del espíritu humano. Lo sabía por ser profundamente culta, y no solo en el campo de la danza. Fue conocedora de la ópera, de la música clásica, del teatro; una autoridad en historia y lectora insaciable de todos los géneros. “Me encanta Proust, nadie como él para diseccionar el amor y los celos, como quien realiza una delicada operación sobre una mariposa”, decía.

A lo largo de su carrera como bailarina, como directora y como coreógrafa, no siempre contó con el apoyo del Estado y muchas veces contempló la posibilidad de rendirse: “A veces siento la tentación de abandonar; aun así, sigo luchando el día a día, con tremendas dificultades y poquísimas ayudas. Por momentos creo que no tengo esperanzas de que algo cambie, que todo cambie para que nada cambie, como decía Giovanni de Lampedusa en ‘El gatopardo’”.

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Como bailarina fue legendario el lirismo de sus brazos; no claudicó cuando se retiró de la escena y, prácticamente, hasta el final de sus días, se mantuvo fiel a la rutina de la barra de ballet todas las mañanas, lo que le permitió conservar su figura esbelta, estilizada y la agilidad en sus movimientos. Como directora de la academia nunca eludió su responsabilidad. Sin embargo, en la coreografía desplegó su talento de manera más asombrosa. Para el montaje de los clásicos sabía exactamente qué debía hacer para poner de relieve las condiciones o lidiar con las limitaciones de sus bailarines; en sus coreografías originales tenía un enorme interés por el dramatismo del espectáculo; sin embargo, en los pas de deux su creatividad se elevó hasta alcanzar marcaciones de verdadero rango internacional. Desde luego, cuando fue invitada para coreografiar en compañías de Estados Unidos, se permitió trabajar sin nuevos límites. Debería ser labor del Ministerio de Cultura recopilar ese patrimonio coreográfico.

Ana Consuelo se enorgullecía también de sus hijos: María del Carmen Montoya, su gran apoyo, y Felipe y Jaime Francisco Díaz, que, como ella, se convirtieron en bailarines profesionales y desarrollaron carreras brillantes en Europa y Estados Unidos, ya sin las limitaciones que ella tuvo que afrontar.

En realidad era bastante escéptica del destino que pudiera tener su legado: “Solo algunos fanáticos locos de la cultura, como yo, consideran necesaria la belleza para nuestra vida intelectual y espiritual, porque no les importa, o solo les interesa desde un punto de vista figurativo o de falsa elegancia, preconcebida y arribista”. No tenía pelos en la lengua y eso causaba mucha molestia en los círculos del poder.

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