Muchas gracias.
No pretenderán que, en un momento tan emocionante como este, me ponga a improvisar. Aquí traigo escrito lo que voy a decir.
Pero antes de leer estas palabras, quiero decir unas palabras.
Hoy, mientras releía las que voy a leer me di cuenta de un detalle: si esta ceremonia se hiciera en 2028 estaríamos matando dos pájaros de un tiro: coincidiría con los 50 años de la premier de ‘Diario de viaje’, mi primer cortometraje, que se estrenó en la Cinemateca Distrital de Bogotá el 14 de noviembre de 1978. No es una fecha que tenga tatuada en mi mente, la acabo de confirmar en IMDb.
Gracias por adelantarse, ese par de años, porque la verdad, nadie me puede garantizar que dentro de dos años yo hubiera podido venir a recibir este precioso Macondo de honor.
Valió la pena la buena oportunidad.
Y ahora sí, las otras palabras.

Esta mañana en el avión, mientras escribía recordé un viejo proverbio chino: “Si quieres llegar rápido, camina solo; si quieres llegar lejos, camina acompañado”. Y lo pensé porque recordé una época no muy lejana en que no había Academia colombiana de cine. Solo había cineastas colombianos, y por cierto, no muchos. Desde entonces hemos caminado juntos, y puedo ver que hemos llegado lejos, muy lejos.
No hay duda. Hoy existe una academia grande, fuerte y saludable, la que organiza estos premios. Y hoy además tengo la fortuna de poder regresar a casa con una prueba física, bien física de que esa gran gran Academia del Cine Colombiano sí existe.
Me gustan los premios. Y cada vez que he tenido el privilegio de ganar uno, me acuerdo de algo que con frecuencia decía un profesor de mi escuela: “Ganar un premio no es garantía de ser bueno, pero no ganarlo es mucho menos garantía”.
Gracias a la Academia Colombiana de Artes y Ciencias Cinematográficas, a sus miembros y a los académicos que con su voto me dan hoy este Macondo de Honor. Recibirlo es recibir el abrazo de mi propia casa, y no hay premio más grande que ese.
Pero debo saber y recordárselos, que este premio no es solo mío. El cine no lo hace una sola persona, y yo he tenido la suerte de siempre haber estado rodeado de gente muy terca y muy talentosa. Gracias a mis colegas.
Y gracias a mi familia: a los que me enseñaron que irse no es olvidarse, y a los que me esperaron cuando volví. Sin ustedes, estos años de exilio, de rodajes imposibles y de volver a empezar no habrían sido posibles.

Todos estos años me han enseñado algo: no hacemos películas solo para entretener. Hacemos cine para explicarnos quiénes somos. Un país que no se ve a sí mismo en una pantalla es un país que no se puede imaginar. El cine nos ha dado memoria, incluso cuando hay quienes prefieren que nos quedemos sin ella.
Hacemos cine para explicarnos quiénes somos. Un país que no se ve a sí mismo en una pantalla es un país que no se puede imaginar. El cine nos ha dado memoria, incluso cuando hay quienes prefieren que nos quedemos sin ella.
No habrá paz duradera sin relato. No habrá futuro sin imaginación. Necesitamos más películas: más diversas, más arriesgadas, más nuestras. Necesitamos que nuestros niños no solo sueñen con ser futbolistas o youtubers, sino también directores, sonidistas, guionistas, actores y actrices.
Por eso importan los premios. En un país donde hacer cine sigue siendo tan difícil, un premio le dice al joven de Pasto, de Quibdó o de Cúcuta que el esfuerzo vale la pena. Que su historia vale. Que alguien la va a ver. Un premio no es un final: es un permiso para seguir.
A esos jóvenes les dejo un consejo: sean rebeldes. Este premio me lo dieron por viejo, me lo gané por rebelde. Por no aceptar el primer “no”. Por no creerles cuando me dijeron que en Colombia no se podía hacer cine político, ni cine histórico, ni soñar en grande desde un país pequeño.

Defiendan sus sueños, incluso cuando parezcan ingenuos. Sobre todo cuando parezcan ingenuos. La rebeldía no es gritar más duro: es trabajar más horas que nadie por aquello en lo que uno cree. Yo sigo soñando con un cine colombiano libre, incómodo, alegre y profundamente nuestro.
Gracias por este honor. Gracias por dejarme seguir soñando con ustedes.
Y tranquilos: esta vez no les voy a dejar el premio pintado.
